Cochabamba, viernes 15 de febrero de 2019

Historias para escribas cortados a tijera

Sobre la lectura de la conquista de un cronista holandés y sus sucedáneos actuales.
| Antonio Rivera Mendoza | 03 feb 2019


Del desorden de la mesa, tomo un periódico al azar para acompañar el café de la mañana. Es una parte de El País de Madrid, sobreviviente de un viaje, de hace meses. Lo abro y aparece una página de cultura. Está bien, es mi sección preferida. El artículo principal es la entrevista a un poeta, cronista y otras cosas, holandés, de nombre imposible -o, por lo menos, arduo- para cualquiera, pero más para el  conserje que tuvo que anotarlo cuando se registró en el Hotel Copacabana, en los años avanzados de los 60 del siglo pasado: Cees Nooteboom. Entonces, el país no estaba para bombas, con el cadáver del Che todavía con restos de carne, Debray preso en Camiri y Barrientos campante.  
Me entero de que este holandés es un escritor errante que tiene un libro de hermoso título, Hotel nómada, y, dentro de él una crónica: “Bolivia Amarga”. En la hoja de El País está solo esa referencia, ya se sabe que Bolivia para ese diario casi no existe. Busco en internet alguna mención a “Bolivia Amarga” y sólo encuentro una entrada en Google Books, en la que lanzan el anzuelo de una parte de un libro, saltándose páginas, para que lo compres. A mí me basta con lo que ofrecen gratis: hay suficientes descripciones y opiniones del cronista holandés, para las curiosas coincidencias que descubriría esta mañana. Hace algún juicio eurocentrista y descripciones que muchos bolivianos evitan por pudor, vergüenza o conveniencia, de la Bolivia de aquellos años, y a la historia de la invasión española y se detiene un momento en la captura de Atahualpa y a Dios, que lo condenó:  
“Esta vez el avión es de la Braniff. Pintado de un color naranja chillón, es un plátano obsceno en un aeropuerto vacío. El mar. A continuación, el desierto. Después, los Andes. Todo árido y yermo. El abandonado imperio de los incas. Una masa de piedra  fantasmagórica y trágica, no se ve más que esto. De repente aparece ante mi vista el lago Titicaca, de un azul aterrador, (…) Empezamos a descender hacia el Altiplano boliviano. Una luna habitada por los indios a más de 5.000 metros de altura. Una piedra parda infinita. Tomamos tierra en el aeropuerto más alto del mundo, en uno de los países más pobres y tristes del mundo (…) en el que un minero no vive más que treinta y cinco años.(…) Un país en el que más de la mitad de los alimentos deben ser importados y donde han tenido lugar ciento setenta y cinco revoluciones en ciento veintiséis años. Dos tercios de la población vive en el Altiplano, donde la esperanza de vida es de treinta y dos años. De modo que yo llevo ya tres años muerto cuando bajo (…). 
¿Por qué eligió el Che Guevara este país?  ¿Por la vulnerabilidad de sus fronteras con otros países? ¿Por su miseria total, de una desolación más intensa que en cualquier otro lugar? (…) Conociéndome, sé qué me atrajo de este país. No hay lugar más mal parado. Ni más pobre. Ni más alto. Toda la historia de Bolivia es un via crucis violento de crueldad, gestos ridículos, esperanza perdida, apatía y ansias de poder. Un malentendido. (…)
El camino que unía las fronteras del imperio (Inca) fue el más largo de la historia, más largo aun que la vía romana militar entre Escocia y Jerusalén. Cada 2 kilómetros, los chasquis tenían su garita. Tiempo de transmisión de un mensaje: ¡2.000 kilómetros en cinco días!
En aquel imperio de fabulosos monumentos, con una agricultura planificada y una rigurosa organización, aparece Pizarro con ciento treinta soldados de infantería, cuarenta hombres a caballo y dos cañoncitos. El último Inca, Atahualpa, se encuentra en Cajamarca haciendo una cura de baños caliuebtes de azufre. Ha vencido a Huascar -su hermano y rival- , ejerce de Dios en su reino y se prepara para una entrada triunfal en Cuzco, la capital. Pizarro toma Cajamarca en ausencia del inca y envía un mensajero con una invitación para Atahualpa. Éste se presenta con seis mil hombres desarmados, y en treinta y tres minutos se hunde un reino de siglos. El divino Inca, portado en su silla gestatoria de oro, se dirige a la plaza mayor de la ciudad. Alrededor de su cuello luce un collar de esmeraldas. Entonces hace su aparición el eterno malentendido: el cristianismo. En esta ocasión será un fraile dominico, De Valverde, quien mantenga en alto el cruento símbolo de nuestra religión occidental. El fraile cuenta una larga historia de la que el Inca no comprende palabra, y así se anuncia el comienzo de la enésima masacre. Dos mil incas, desarmados, pierden la vida. El propio Atahualpa es apresado por Pizarro.
La afirmación de que ciento sesenta y siete españoles y cuarenta caballos vencieron al Inca sólo es válida para nosotros. A ojos de él, fue vencido por animales con pies de plata, animales que al mismo tiempo eran hombres y que de noche perdían su fuerza”. 
Atahualpa me trae a la memoria el bello y trágico poema de Pablo Neruda; para aguzar la memoria alzo mi mirada inútil, logro recordar, no los versos, pero sí que del estante sale la amarillenta página de la RAMONA de Opinión, el pasaje de “Las agonías”:
“El joven Atahualpa, estambre azul,
árbol insigne, escuchó al viento
traer rumor de acero.
Era un confuso
brillo y temblor desde la costa,
un galope increíble
-piafar y poderío-
de hierro y hierro entre la hierba.
Llegaron los adelantados. 
El Inca salió de la música
rodeado por los señores.
Las visitas
de otro planeta, sudadas y barbudas,
iban a hacer la reverencia. 
El capellán
Valverde, corazón traidor, chacal podrido,
adelanta un extraño objeto, un trozo
de cesto, un fruto
tal vez de aquel planeta 
de donde vienen los caballos.
Atahualpa lo toma. No conoce
de qué se trata: no brilla, no suena, 
y lo deja caer sonriendo.
«Muerte, 
venganza, matad, que os absuelvo»,
grita el chacal de la cruz asesina.
El trueno acude hacia los bandoleros. 
Nuestra sangre en su cuna es derramada”.
Dos papeles viejos hablando del origen, reveladores y rebosantes de pensamientos y emociones y un mezquino escaparate de internet. 
Hasta aquí la literatura; desde aquí la incorrección política: Durante largos meses, un batallón de escribas escribe el mismo artículo, como en la pesadilla kafkiana. Abres los diarios y aparece puntual y el ubicuo texto, firmado por puentes, dagrones, sorucos, archondos, kempfs, callas, arias, toros, echalares y otros de ese contingente de idénticos, bien (uni)formados en el ala diestra. El artículo calcado refiere una fecha y un referendum ¡como el gran hito de nuestra historia!
Las alusiones de Nooteboom y Neruda ¿no suenan, acaso, como un timbre despertador para los que se precian de intelectuales, los hacen dejar  su muletilla y los devuelve a la reflexión… intelectual?

Periodista y escritor - arivera133@gmail.com



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