Cochabamba, lunes 22 de abril de 2019

El Tata rodante

Una crítica de La mula, el más reciente filme de Clint Eastwood, que aún está en cartelera del cine Norte de Cochabamba. A sus 88 años, el venerable cineasta produce, dirige y protagoniza esta cinta en la que vuelve, con sensibilidad, lucidez y desparpajo, a sus obsesiones de siempre: la vejez, el heroísmo, la justicia y la redención.
| Santiago Espinoza A. | 03 feb 2019


Hace varios años que una película de Clint Eastwood (San Francisco, California, 1930) no se estrenaba precedida de tanta pompa celebratoria como ha ocurrido con su más reciente –y ojalá no última- hechura, La mula (The mule). Probablemente, la última vez que pasó algo parecido fue con Gran Torino (2008), no por nada la anterior cinta en la que, además de abocarse a la dirección y producción, se dirigió a sí mismo como actor. La presencia en pantalla del viejo Clint siempre aporta una dosis adicional de interés y morbo. El espectador de turno sabe que está viendo a una de las mayores leyendas vivas del cine e intuye que puede ser la última vez que lo haga, teniendo en cuenta su avanzada edad (88 años). Al margen de su aparición delante de cámaras, La mula se emparenta con Gran Torino también por su gran recepción de crítica, que ha elevado la expectativa en torno a esta cinta que, como la otra, remite a la vida personal de Eastwood: un viejo conservador, solitario, justo y gruñón, anclado en su propia ley y reacio a adaptarse a los nuevos tiempos, que, aun sin buscarla, encuentra su última oportunidad de redención personal. Por si fuera poco, ambas son películas que, pese al gran éxito de crítica y de público, han sido olímpicamente ignoradas por los premios de la industria, un hecho que, a estas alturas, no sorprende ni indigna ni empaña una carrera hace ya tiempo consagrada por Hollywood (dos Oscar a mejor película incluidos), sino que afianza una lealtad perruna por el casi nonagenario realizador.
Algo que también comparten estos dos filmes es su guionista: Nick Schenk. No es casual. Ambas narran la lucha de un anciano orgullosamente desadaptado ante un mundo moral y materialmente diferente al que lo hizo hombre, pero para el que, eso sí, guardan algunas lecciones esenciales que legar. Si en Gran Torino Clint le pone cara a Walt Kowalski, un jubilado y veterano renegón que aprende a convivir con unos indeseables vecinos asiáticos, a los que procura salvar del clima de violencia al que están condenados; en La mula se llama Earl Stone, un viejo floricultor que debe reinventarse como transportador de droga (de ahí el título del filme) para sobrevivir sus últimos años y recuperar a su familia, a la que siempre relegó por su devoción/dedicación a los lirios. 
El guion de Schenk tiene como punto de partida el descalabro del negocio floricultor de Stone, precipitado por la irrupción y consolidación de internet. El descalabro es simultáneo al distanciamiento de su familia, en especial de su esposa e hija, que han padecido la indiferencia crónica del viejo. A punto de quedar en la calle, al protagonista lo salvan dos jóvenes: su nieta que aún le tiene fe y un desconocido que le recomienda buscar a unos amigos que necesitan ejemplares conductores de carretera para llevar unos misteriosos encargos. Sin saber en principio cuál es el negocio que le paga tan bien solo por llevar en su camioneta unas maletas desde Texas hasta Illinois, donde vive, pronto descubre que es una “mula” que trabaja para unos rudos narcos mexicanos de un poderoso cártel, del que, con el tiempo, se convierte en su mejor cargador. La posibilidad de recuperar a su familia, no preocuparse por el dinero, vivir en la carretera y disfrutar de sus pequeños regalos (la música que le gusta, el paisaje americano, la buena comida y bebida, y las mujeres bellas que acompañan sus noches en moteles de ciudades intermedias) lo empujan a seguir en el negocio, aun a pesar de los reparos morales y los riesgos reales que entraña. Su inusitado éxito como traficante de cocaína, atribuible a lo poco sospechoso de su perfil (un anciano blanco estadounidense que nunca ha recibido una multa de tránsito), pronto despierta la atención de sus jefes, los capos del cártel que lo miman a medida que transporta paquetes más grandes; pero también de la DEA, que monta una operación especial para dar con esa “mula” excepcional a la que sus colegas ya han bautizado con un alias insuperable: el Tata. La investigación la conduce el agente Colin Bates (un Bradley Cooper al que cada vez cabe más respeto), acompañado de Trevino (Michael Peña, un clásico en estos papeles para latinos), pero no ofrece resultados inmediatos dada la cualidad huidiza de Stone. Mientras, el viejo se congracia pagando las fiestas y estudios de su nieta (Taissa Farmiga), acercándose de nuevo a su exesposa (Dianne Wiest) y haciendo méritos para ser perdonado por su hija que no le habla (Alison Eastwood). Eso, sin contar sus “inversiones” para reactivar su granja floricultora y reabrir la sede social del club de veteranos de la Guerra de Corea al que siempre ha pertenecido. En el camino se permite trabar amistad con narcos y policías, y regalarles consejos que ya hubiera él querido recibir. Sin embargo, algunos cambios en el cártel para el que trabaja (encabezado por un Andy García que parece directamente sacado de Narcos, una serie para la que, no por nada, Schenk escribió algunos episodios), el acorralamiento policial y contratiempos familiares lo ponen nuevamente en aprietos.
No deja de agregarle mayor atractivo al relato el que esté basado en una historia real, la que se publicó hace algunos años en el New York Times sobre el octogenario Leo Sharp, un veterano de la Segunda Guerra Mundial que se volvió traficante del Cártel de Sinaloa. Se trata de un argumento a la medida del viejo Clint, que, no por nada, se calzó los pantalones de un Earl Stone dicharachero e irreverente, en cuya “verdadera historia” ha encontrado el terreno ideal para destilar sus propias fijaciones. Es que el cine de Eastwood se ha mostrado, de un tiempo a esta parte, particularmente interesado en eventos reales y próximos, de esos que aparecen y desaparecen en los diarios y noticieros sin mayores visos de perdurabilidad. En esa línea se inscriben filmes como The 15:17 to Paris (sobre un frustrado atentado terrorista en un tren europeo), Sully (sobre el piloto que evitó una tragedia al aterrizar de emergencia un avión comercial sobre el río Hudson), American Sniper (sobre la vida de un soldado estadounidense durante y después de su paso por la Guerra de Irak) o incluso Hereafter (una de cuyas historias es sobre una sobreviviente de un tsunami en Indonesia). Bien podría suponerse que el cineasta toma estas historias casi al azar, sin mayor meditación, pero lo cierto es que, vistas en conjunto, revelan conexiones entre sí y hablan de preocupaciones temáticas y estilísticas recurrentes en su obra. 
Acaso la más notoria de estas preocupaciones es la compleja y contradictoria naturaleza del heroísmo. Fiel a la tradición del western, en la que se curtió como actor y director, el viejo Clint se sigue cuestionando sobre los límites morales de la épica humana. No es casual, pues, la predilección del octogenario cineasta por esos eventos de la realidad cercana, casi inmediata, en los que advierte las mismas dificultades de siempre -de hace 30, 50, 100 o 1.000 años- para distinguir lo correcto de lo incorrecto, lo heroico de lo criminal, lo mundano de lo extraordinario. En ese debate se sumen incisivamente Sully y American Sniper, la primera cinta echando sombras sobre una figura proba (el piloto salvador) y la segunda echando luces sobre una figura reprochable (el francotirador habituado a matar iraquíes). Y a ese terreno vuelve con resolución La mula, una pieza que es capaz de mirar con igual ingenuidad, humor y sabiduría -nunca indulgencia- a narcos mexicanos y policías estadounidenses. 
En estos tiempos de corrección política casi totalitaria, no puede menos que agradecerse y celebrarse la indiferencia e irreverencia que destila el director de Los imperdonables ante esa manera de ser y pensar. Stone se ríe, pero sin ridiculizar, del llamado “lenguaje inclusivo”, en el que las lesbianas, los afroamericanos y los latinos son llamados de formas cada vez más impronunciables. El Tata trata a todos con la misma vara y, si parece un cavernícola que llama a las personas y cosas por los nombres que les conoce, no es por xenófobo u homófobo, sino porque ese es el lenguaje en el que se educó. No es un gringo inocente, pero tampoco un yanqui asesino. Es un hombre que ha trabajado duro toda su vida para solazarse ante la belleza efímera de las flores y entregarse a los pequeños placeres de una vida disipada, aunque, por eso mismo, ha terminado abandonando a su familia y está solo. Es un anciano orgulloso de sus arrugas, que no le teme a los bravucones de turno y que respeta a quien también le muestre respeto, más allá de su color de piel, género, origen o idioma. Le gustan las fiestas, la música y el baile. Es un mujeriego incurable. A la vez sufre por haber fracasado como padre y esposo. Cree que si algo puede enseñar es a cuidar los lazos familiares y a no privarse de los goces terrenales, dos maneras de vivir que más de uno podría encontrar contradictorias. Su historia es un canto, a la vez hondo y alegre, a la vitalidad y dignidad de la vejez. Y es, cómo no, un llamado a asumir la vejez y la vida toda con una apertura sin edad ante el disfrute.
Vaya uno a saber si de forma premeditada o no, el director estadounidense firma en La mula una declaración inequívocamente política, en la que reivindica la tolerancia, la solidaridad y la generosidad de una buena porción de la población de su país; una posición a contracorriente de la política del odio que han impuesto Trump y sus epígonos, con sus proyectos de murallas, deportaciones y otros de orden segregacionista. Aun siendo un octogenario conservador y resueltamente republicano (que hasta llegó a ser alcalde), Eastwood compone en este filme una lección irreprochable de civismo e integridad. Lo suyo no es hablar del “respeto por el otro” o de la “interculturalidad”, esa nomenclatura eufemística que disfraza las violencias y las convierte en objetos de estudio, en lugar de combatirlos en la cancha, como lo hace Stone, como lo hace Eastwood. Al igual que sus personajes, siempre parcos y activos, la honorabilidad del director de Million Dollar Baby no se manifiesta tanto en las palabras como en sus obras. Su humanidad está en su cine, es su cine.
A nivel estilístico, aun siendo reconocido como el último cineasta clásico, Eastwood se viene permitiendo en sus más recientes filmes jugar con los límites de la ficción. Hay dos gestos muy decidores de esa apuesta: uno es su renuencia a los más depurados artificios cosméticos de recreación de sus personajes y el otro es su curiosidad por los efectos de la interacción entre lo real y lo recreado. La mula ofrece muestras contundentes de ambos. Como ocurría en J. Edgar, Jersey Boys y Sully, este nuevo trabajo se esfuerza poco en recrear con verosimilitud el paso del tiempo en sus personajes: sus rudimentos de maquillaje y prótesis son tan toscos o inexistentes, que a estas alturas debe estar fuera de duda que eso se deba a un mero descuido. El Earl Stone de 2005 y el de 2017 se ven prácticamente iguales, lo cual advertimos tan explícitamente, que ya intuimos que es un recurso consciente. Al director de Un mundo perfecto le interesa revelar las costuras del artificio cinematográfico, mostrar las huellas del ejercicio creativo, a sabiendas de que la verdad de su obra radica en otra parte, en lo que dice, y no en la fidelidad del procedimiento representativo. 
Del otro gesto habla La mula con recursos similares a los que empleaba en sus tres cintas inmediatamente anteriores, American Sniper, Sully y The 15:17 to Paris: introduce grabaciones de los hechos y personas reales que ficcionaliza, y hasta los pone delante de cámaras para participar de la puesta en escena de sus vivencias. Lo real interactuaba abiertamente con lo recreado en The 15:17 to Paris, cuando el californiano hizo actuar a los mismos hombres que evitaron un atentado terrorista en un tren europeo en la película que reconstruye ese evento. Incomprendido o minimizado por gran parte de la crítica, ese procedimiento reaparece de una manera muy sutil en La mula, donde Eastwood se apropia de la vida de Stone para exponer y expiar sus propias miserias (ha sido un esposo y padre ausente) ante Iris, su hija en la ficción, que es interpretada por Alisson, su hija en la vida real, una de sus ocho descendientes que nacieron de seis diferentes mujeres. En ese ejercicio especular entre lo real y lo representado, bien podríamos leer la voluntad del director por compartir sus pecados y faltas, purgarse de ellos y, por qué no, aspirar a ser perdonado. 
A mitad de camino entre Elia Kazan y Woody Allen, Eastwood se aprovecha del cine para encontrar en las vidas ajenas la propia, la experiencia personal y, acaso, una posibilidad de redención. Y lo curioso es que lo consigue filmando películas que ni siquiera escribe para sí. Director de los de antes, como Hitchcock o Ford, el autor de Cazador blanco, corazón negro no necesita escribir sus guiones para conferirles autoría a sus películas. Hay en sus obras, esas que produce y dirige desde Malpaso Producciones, un sello tan distintivo que solo puede asociarse al viejo Clint: la puesta en escena clásica, arcos dramáticos convencionales, una partitura amable muy deudora del jazz (que también compone e interpreta, aunque en este caso corre a cuenta del celebérrimo cubano Arturo Sandoval), personajes con más zonas grises que transparentes, una fotografía afecta a los claroscuros, desenlaces agridulces…
Sn embargo, este envoltorio tan distintivamente accesible esconde un cine que está lejos de ser simplón o frívolo. Al contrario, en su naturalidad narrativa, La mula, como todo el cine de Eastwood, se vuelve infinitamente complejo por la riqueza de sus personajes y situaciones, esa que habita en sus contradicciones: un anciano que cultiva flores, pero que también es capaz de traficar cocaína; un ciudadano que es solidario con los extraños, pero que es indolente ante su familia; un hombre que ama a su mujer y la madre de su hija, pero que no renuncia a divertirse con jovencitas. Y como ocurre en la vida, el cineasta no suele decantarse por resoluciones armoniosas ante esas contradicciones a veces insalvables, sino que les encuentra desenlaces que siempre dejan daños y víctimas. No hay impunidad ni inmunidad moral en el cine de Eastwood. Hay, eso sí, una fe en la belleza de las pequeñas cosas, como esos lirios que cuida Earl Stone con tanto escrúpulo durante meses para verlos florecer por apenas un día.  Y hay, cómo no, un sentido innegociable de lo que cree justo y no. El realizador confía ciegamente en ese sentido como un camino al perdón. 
Eastwood no cree en los milagros. Cree en el cine como su personal tabla de salvación. Expurgando sus pecados y cuitas, y cazando la belleza que depara su exposición, el autor sigue buscando en el cine la salvación que difícilmente ha de concederle la vida. A sus 88 años, este Tata rodante –que en esta película podría ser también danzanti- sigue en la carretera, a veces buscando, a veces escapando, pero siempre rodando para salvarse y salvarnos a los que seguimos creyendo en él y en su cine.
Periodista – santi.espinoza@gmail.com



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