Cochabamba, sábado 20 de abril de 2019

Aliens

El cantautor y poeta orureño Vadik Barrón reflexiona acerca de la gestión cultural boliviana, sus eternas y mezquinas disputas, y su trunca relación con el Estado del “proceso de cambio”.
| Vadik Barrón | 03 feb 2019


Hace unos días posteé en el Facebook una retahíla de ideas en voz alta acerca de la necesidad o, mejor dicho, urgencia de un cambio en el Ministerio de Culturas. Curiosamente, la mayoría de las –previsibles– críticas no proponían alternativas al contenido mismo de esa diatriba (por otra parte, sin pretensiones), sino que expresaban un desencanto  generalizado y abúlico. Es un discurso manido que ya conocimos –y confrontamos– desde nuestros abuelos: el arte es para ilusos, soñadores, románticos. Por mi parte, yo he hecho del arte mi trabajo, y dudo que hubiese conseguido sobrevivir dos meses seguidos solo con sueños e ilusiones. Pero me preocupa ese nihilismo, esa lectura liviana de la realidad y sobre todo esa molicie a la hora de encarar nuestro papel en el engranaje social y político. 
¿De dónde creen que vienen los políticos?, ¿de otro planeta? No. Son criados en nuestras escuelas, con los mismos valores católicos, hipócritas y arribistas que nosotros. Responden, verdaderamente, a intereses económicos privados y a una seria adicción al poder. Les guste o no en este país se ha producido un giro, si no un cambio, el 2006 (para algunos olvidadizos, el año en que se inventó oficialmente la corrupción). La ascensión al poder de un partido popular desenmascaró el clasismo y racismo latentes en este país. 
El divorcio histórico entre sociedad civil y Estado de pronto fue reemplazado por una democracia mucho más representativa y horizontal que, ahora, lo sabemos, degenera en inconsistencias, desaciertos y en los viejos vicios de la megalomanía y el prorroguismo, que –lo reitero– tampoco son extraños para la política boliviana. Pero, como ahora los protagonistas del poder y sus excesos son indios, parece ser imperdonable. Este es un tema profundo e intrincado en el que no demoraré más en este escrito y solo apunto como antecedente contextual. 
En este sentido, desde el ampuloso rótulo de Revolución Democrática y Cultural, muchos nos permitimos concebir y avizorar un nuevo rumbo para al arte y la cultura bolivianos, al menos en lo que atañe a su relación con el Estado, o más bien dicho, a la obligación de éste con aquellos. 
Pero, la interpretación de Culturas (el plural no ayuda si no se ejerce) del Proceso resultó en una reducción antropológica, en una ensalada folklorista y exotista que no nos ha llevado, hasta a hora, a ningún lado.  Trece años después, estamos casi en las mismas: tenemos un proyecto de Ley de Culturas empantanado en reuniones infinitas, que jamás llega al Senado, gastos discrecionales en apoyos específicos a artistas, lagunas (pozos sin fondo, en realidad) en la formación artística y en general (a excepción del tendencioso, pero perfectible Premio Eduardo Avaroa) cero políticas y fondos culturales institucionalizados.
Pero, a su vez, el sector artístico-cultural, si es que hay uno, ha quedado totalmente a contramano de una historia que ciertamente aceleró su marcha. Formados en la cultura del rockstar, de la estrella, de la celebridad, enfermos de competitividad y de manías de glamour, nunca entendimos nuestro papel en este nuevo orden de cosas. 
Y continuamos quejándonos de la falta de apoyo estatal, pero no hemos sabido hacer lo suficiente para conseguirlo. Desde la visión proselitista y estratégica del gobierno se entiende –obviamente no se comparte– que se postergue al sector cultural: no somos una amenaza, no somos un movimiento social capaz de desviar el curso de una votación, no golpeamos policías, no tenemos dinamita, no marchamos con wawas, no quemamos viceministros. 
Y así nos ven: como a inofensivos aliens, como a jailones desempleados, como a ciudadanos con menor grado de bolivianidad porque, en vez de zapatear el nuevo falsoinvento del salay, hacemos jazz, poesía o artes visuales.
En este país –lo confirma la historia reciente– toda conquista social se ha dado a través de la movilización efectiva de los trabajadores. Grupos cohesionados con las mismas demandas y propósitos. Grupos compactos pero también verticales, caudillistas, con mecanismos coercitivos arraigados a su dinámica interna. Tanto así que incluso este fenómeno ha degenerado en sectores enriquecidos por el Proceso que se han vuelto reaccionarios y chantajistas: “beneficios por votos, si no quieres bloqueos, convulsión, muertos”. No es de extrañar que cada sector vele por sí mismo. 
En ese ámbito, como sector cultural andamos absolutamente atomizados, es una competencia de egos que se queja del escaso respaldo estatal pero que no se une ni articula. En los últimos años he participado con entusiasmo de reuniones y congresos e intentos de asociaciones pero tristemente no se ha conseguido nada. La gente parece más interesada en cuestionar la legitimidad de quienes asumen la ingrata labor de organizarnos que en aportar. 

Pros y contras
Personalmente creo que uno de los despropósitos más tristes es el de definirse por oposición. No estar a favor de nada pero sí en contra de algo o, peor, de todo. Parafraseando a Charly García, un punk milennial podría preguntarse: “¿contra quién canto yo entonces?” Se ha hecho una (o)posición común y cómoda: “estoy en contra del gobierno así que todo lo que haga estará mal”. Pero esta, nuevamente, es una postura que asume a la política como externa y ajena. Si realmente creemos en la democracia, como ciudadanos votantes tenemos el derecho a exigir que las cosas mejoren. Pero eso también supone trabajo, discurso, organización, solidaridad, consecuencia. Estar en pro de la cultura viva antes que contra un poder  o un partido político.
Si uno no quiere pertenecer al establishment o al canon, todo bien. Pero, ¿cómo oponernos a algo que ni siquiera está plenamente constituido?, ¿cómo ir contra la Academia cuando ésta no tiene ítems ni otorga títulos válidos? En otras palabras, un artista tiene todo el derecho a mantenerse al margen de la cultura oficial pero también a beneficiarse de ella, de las oportunidades de formación, proyección y difusión que le pueda ofrecer. Son éstas últimas las que necesitamos que se mejoren o, de plano, existan. 
Es una deuda del Proceso de Cambio el fomento real y sustentable del arte y de la cultura, cosa que si han hecho con éxito países con políticas socialistas y mucho menos recursos (financieros) como Cuba. Es una contradicción ideológica seria no haberlo logrado de manera coherente y decidida hasta ahora. El Ministerio de Culturas actual recuerda más a la Secretaría de Festejos a la que jugábamos en el colegio, dedica recursos y esfuerzos a eventos pomposos que más bien evocan el papel superfluo y elitista que tenía la cultura antes del 2006, solo cambiando el smoking por aguayos. Es más, quisiera saber cuál será la excusa para la falta de fondos este año que no hay Dakar. 
En este, y en todos los gobiernos previos, la elección de un ministro para cualquier cartera es atribución exclusiva del gobernante, pero ya es hora que quien sea elegido para esta tarea represente –por fin– al sector cultural y conozca nuestras demandas y necesidades desde dentro, a diferencia de las últimas dos gestiones que en verdad fueron de un aporte mínimo o nulo. Espero que pronto tengamos a alguien trabajando para el arte y la cultura. 
Y por nuestra parte, viene siendo tiempo de organizarnos, no para tener reuniones secretas para financiamientos privados a nuestros proyectos sino para exigir del Estado un fomento al arte al que todos puedan acceder, para ser incluidos de manera digna en este país. Trabajemos para que sin importar quién esté arriba se garantice algo muy básico: la responsabilidad que tiene todo Estado con su cultura y arte. Si esta es una revolución democrática y cultural nos lo debemos.
Músico y escritor - vadikastronauta@gmail.com



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