Cochabamba, sábado 20 de abril de 2019

Recorrido por la plástica nacional, desde lo local (II)

Después de un poco más de tres meses, la Sala  de Exposición Permanente de Obras Contemporáneas Premiadas (1938-2018) rota sus piezas, con una exposición que abarca toda la década del 70. La muestra estará abierta para el público desde este lunes en la Casona Santiváñez.
| Caio Ruvenal | 03 feb 2019

“Carro de mano”
La primera muestra de la Sala de Obras Premiadas comprendía una etapa que abarcaba desde 1938 hasta 1971, este largo periodo encuentra su razón en la irregularidad del concurso Salón 14 de Septiembre, convocado en primera instancia por la editorial Los Amigos del Libro y celebrada de manera inconstante. Es hasta 1965 que el certamen se desarrolla de manera anual, sin interrupciones. Por ello, los 14 cuadros que hacen parte de esta segunda exposición pertenecen en su totalidad a la década del 70, el más antiguo data de 1972 y el más reciente es de 1980.
En aquella primera exhibición, pudimos ver la creación de las corrientes pictóricas cochabambinas en la primera mitad del siglo XX, como es el paisaje valluno, reflejado en obras de Victor Arze Góngora y Raúl G. Prada (haciendo falta la participación de Mario Unzueta en el concurso). Esta tendencia fue independiente de lo que ocurría en el resto del país, donde la producción era monopolizada por el indigenismo estilizado de Cecilio Guzmán de Rojas.
Los especialistas Teresa Gisbert y Pedro Querejazu señalan que la segunda mitad del siglo pasado concibió a los pintores sociales (inspirados ideológicamente en la revolución del 52), los abstractos (presididos por Maria Luisa Pacheco) e independientes, que no pertenecían a ninguno de los dos grupos, enmarcándose en un realismo social y que estuvieron representados en la anterior exposición con Gíldaro Antezana, Ricardo Pérez Alcalá y Erasmo Zarzuela. En esta nueva muestra, existen pocas reminiscencias de los abstractos y sociales, y alguna obra de los independientes. Sin embargo, destaca la aparición de una nueva línea que es el realismo costumbrista y la transformación del paisaje en óleo a acuarela.
Del paisajismo en óleo queda “Totora” (1971) de Fernando Prada, quien fue más premiado por sus acuarelas. Es un cuadro que intenta simular una puesta de sol en ese paraje colonial, donde predominan los  naranjas sobre un dibujo abocetado, donde poco queda el detallado manejo de planos de la anterior generación. La primera escuela de la acuarela encuentra sus rastros en obras de Jorge Meleán y Gíldaro Antezana, en la primera mitad de la década del 60. En la segunda, aparecen Pérez Alcalá, el mismo Fernando Prada y Daniel Claure. A propósito de ese último, son interesantes sus experimentaciones en sus cuadros, donde explora la expansión del pigmento en el agua y su transformación por la disolución y el secado, como es el caso de “Programa Vikingo” (1976). Resulta curioso que no exista mucha información de este artista, siendo premiado en tres ocasiones y cuyo estilo no se ha vuelto a repetir.
Es la década del 70 la que recibe mayor proliferación del paisajismo en acuarela. Refuerza el argumento otra “Totora” (1973) de Washington Vargas (peruano que vivió en Cochabamba desde los 21 y se formó en los talleres de Unzueta y Arce Góngora). Contemporáneos a este y seguidores de la anterior generación son José Rodríguez Sánchez y Alfredo Nina, quienes a pesar de haber ganado ediciones en esta época, no cuentan con obras expuestas. Oportunamente, contigua a la Sala de Obras Premiadas está una exposición que alberga las piezas ganadoras del último Salón de Verano de Acuarela. Haciendo una rápida comparación, se puede identificar que los contenidos son los mismos (me refiero a vistas panorámicas de zonas coloniales, portones antiguos, puestas de sol, escenarios lluviosos, ahora con más presencia del indigena), mientras que en lo técnico, actualmente se exalta más el manejo de los focos de luz y el contraste entre claros y oscuros. 
Paralelo a la consolidación de la acuarela, aparece el realismo costumbrista con expositores que son referencia hasta el día de hoy, como Amadeo Castro y Ruperto Salvatierra. Castro está presente en la exposición con “Carro de mano” (1973),  donde se puede apreciar a un niño carguero campesino que duerme sobre su carretilla. El dibujo es proporcionado y los colores se mantienen entre los ocres, causando sentimiento de soledad y desamparo. Por el lado de Salvatierra, está “El Charco” (1978), en el que retrata a mujeres cholas en una especie de pantano, asombradas ante unos insectos gigantes. Sobresalen los azules y violetas que contribuyen al misticismo, temática poco recurrente en él. En esta línea están retratos de calles y mercados de José Castro. 
Tanto Castro como Salvatierra son precursores de esta tendencia que sigue vigente al día de hoy. Caracterizada por reproducir escenas cotidianas de su entorno (a veces con mirada crítica), principalmente con motivos relacionados al campesino o a la migración campo-ciudad. 
Si se sigue la representatividad del Salón 14 de Septiembre en la producción pictórica local, se puede concluir que la abstracción caló poco en la ciudad. En las pocas representaciones está presente “Abstracto gris” (1972) de Fernando Rodríguez Casas. Es un estudio de la degradación del color de un primerizo destacado pintor y filósofo, quien para la época, aún no había comenzado sus estudios en Estados Unidos, país donde reside. Rodríguez Casas es dueño de un estilo único y singular, desafiando el espacio visual y la percepción; sus obras remiten a ángulos de ojo de pez, pero con una perspectiva distorsionada. Hace falta la inclusión en la muestra de su dibujo de 1972 “Autoretrato con espejo pequeño”, donde ya se veía seducido por esos conceptos.
“Los litigantes” (1973) del potosino Mario Vargas Cuellar es uno de los cuadros que no se puede inscribir en las corrientes mencionadas. Un sugerente dibujo gestual con un mensaje sobre el sistema judicial. No obstante, Vargas Cuellar se abocó por el indigenismo en sus exposiciones individuales. También sin poder adherirse a alguna tendencia, se encuentra “Homenaje a Martín Cárdenas” (1973) de la reconocida Agnes Franck, cruceña que desarrolló su arte en Cochabamba y después España y Suiza. Acá Franck hace uso del juego imagen-concepto para rememorar la muerte en aquel año del célebre botánico, naturalista y agrónomo cochabambino. 
Para finalizar, preocupa la exclusión de algunas obras. La mayor ausencia es “Espera” (1977) de Raúl Lara, orureño que marcó un antes y después en la plástica nacional ,dejando de lado la fijación en el campo, mirando a la ciudad y cómo el mestizo se dispone en ella. En “Espera” trabaja uno de sus temas predilectos: el transporte público. Ojalá se incluya junto a los otros ausentes en la próxima exposición
Periodista- caio.ruvenal.257@gmail.com



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