Cochabamba, viernes 22 de febrero de 2019
[El Nido del Cuervo]

Deshacer la memoria

| Ana Cecilia Ballerstaedt | 27 ene 2019

En búsqueda del tiempo perdido titula la gran obra del literato francés Marcel Proust. Compuesta en total por siete volúmenes y escrita, según se especula, hacia el final de la vida del autor, debe su inauguración al apartado Por el camino de Swann, protagonizado por un hombrecito de agitadas noches, a quien las horas del sueño persiguen desde el atardecer. A diario, sin que lo advierta, este personaje cae dormido mientras lee, y sólo despierta unas horas después, cuando la oscuridad es ya evidente. Desorientado, pues, intenta adivinar en medio de aquella penumbra su paradero, “¿dónde estoy?”. Sus manos, con ansias, recorren el lecho en el que yace y les resulta extraño, como si estuviera excluido de cualquier lazo afín a su persona. Ese dormitorio en el que ahora despierta, ya entrada la noche, no parece configurarse en su memoria como algo propio, y en ese instante es incapaz de reconocerlo. Su imaginación, sin embargo, se obstina en recordarlo, y, curiosa, escarba entre los sucesos de su pasado, deseosa de hallar una coincidencia entre las múltiples posibilidades que se le aparecen a medida que avanza en su búsqueda; en un intento desesperado por frenar la angustia que le provoca aquella nada en la que súbitamente se ve sumido al despertar.

Como fotografías, sus recuerdos emergen en su mente acelerada. Las alcobas donde antaño pernoctara vuelven con fuerza, en todo su esplendor y realismo; y la sensación de despertar en ellas arremete junto con aquellas imágenes. Pero la duda persiste, y el curioso personaje aún no sabe dónde está, a pesar de haber hurgado infinitamente en su memoria. Un recuerdo se resiste a ser suyo. Recostado en el lecho, advierte que ha olvidado esa habitación, ese cuarto, esa casa. Aquel sueño abrupto y prematuro le ha arrebatado precisamente esa memoria, y todo intento de reconstruirla es inútil. Su casa, como dice un verso de Federico García Lorca en Verde que te quiero verde, no es más su casa (“Pero yo ya no soy yo,/ ni mi casa es ya mi casa”). Una familiaridad lúgubre y desinteresada persiste. Un lazo conecta aún al hombre con su hogar, con su morada, pero de una manera mecánica y superflua; una suerte de memoria desafectada, un casi olvido, la bruma de un suceso que se desdibuja ante nosotros, como si anheláramos en realidad desconocerlo. Aquel recuerdo no puede, en efecto, recordarse, sino tan sólo intuirse, como una presencia ramificada con imprecisión en nuestra conciencia, que se abstiene de cualquier detalle o delimitación, pero que, muy a pesar de ello, mantiene con nosotros el vínculo poderoso de la proximidad.

El hombrecito proustiano sabe que esa habitación en la que despierta debe ser, obviamente, su habitación, o al menos una habitación conocida, que él haya determinado como adecuada antes de rendirse a soñar en ella, o sea, un lugar seguro, en el que le fuera posible dormir a gusto. Pero ahora, aunque sospecha su familiaridad, es incapaz de reconocerla. Y así, sin poder ubicarla claramente en su memoria, él mismo parece desconocerse en aquel cuarto, alejado de toda cronología presente y perdido en el mundo del ayer y sus recovecos, como si la actualidad fuera una composición de ellos, una mera repetición, más o menos idéntica, de lo ya acontecido. En busca de su presente, el protagonista acude al pasado, y cuando se sumerge en él lo sorprende ajetreado, movilizado por el anhelo de aquel encuentro. Mientras, el hoy día se agota en una suspensión, impasible a la anterioridad de aquellos lapsos pasados que luchan por configurarlo en el imaginario de un cuasiamnésico humano; como si el presente fuera totalmente nuevo en el despertar, y como si el sueño eclipsara por completo esa habitualidad con la que nos acercamos de manera inadvertida a la morada de la somnolencia: el cuarto, la casa, el lugar donde despertamos, que conocemos, casi siempre, ya de memoria. Sin esa visceralidad de lo propio, es decir, de lo que es mío y siento como mío, la memoria, dada esta terrible deficiencia, intenta recuperar aquello que le es tan amado, y que parece haber perdido a lo largo de las horas, en un imperdonable y momentáneo descuido. El lugar donde se esconde lo perdido es el corazón mismo del olvido, camuflado por una infinidad de recuerdos que el individuo debe recontar antes de llegar a él; en una constante reelaboración de la memoria que se desecha luego de haberse completado a totalidad.



Filósofa- acballerstaedt@gmail.com



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