Cochabamba, domingo 21 de julio de 2019

Buenas tardes a las cosas de aquí abajo

Ofrecemos, a modo de “aperitivo”, un adelanto del primer libro de ensayos de Rodrigo Hasbún, intitulado Las Palabras, publicado en nuestro país por la editorial El Cuervo.
| Rodrigo Hasbún | 20 ene 2019



Llevamos siete años seguidos mudándonos de casa, ella y yo. Solo ahora, tras la séptima mudanza, he empezado a preguntarme si debajo de ese movimiento constante habrá algo enfermizo, un síntoma incomprensible, una rara adicción. En cualquier caso, los motivos suelen ser razonables (un nuevo trabajo en otra parte, un apartamento más amplio y barato), y nosotros los aceptamos de buena gana.

Mudarse de casa, claro, es también hacerlo de barrio y de ciudad, aun cuando la ciudad siga siendo la misma. Sin siquiera empezar a desempacar, nosotros recorremos las calles aledañas en busca del café más cercano y de alguna señal de cómo serán nuestras vidas ahí. Supongo que nos hace felices experimentar el asombro del recién llegado, la ilusión y el consuelo de la novedad, aunque sea una novedad cuestionada a fondo por nuestra presencia, y también por las cosas que llevamos con nosotros: los muebles y los libros, o esos tres o cuatro cuadros a los que en los días siguientes vamos encontrándoles lugar y que, en medio de lo todavía extraño, nos ofrecen cierto sentido de continuidad.

Cuento esto porque a menudo pienso a la escritura en términos parecidos. También me voy a vivir a un libro cuando lo estoy escribiendo, y cada uno de ellos tiene ventanas que dan a barrios y ciudades diferentes, y cada uno de ellos está habitado por personajes con los que convivo el tiempo que haga falta, hasta conocerlos en serio y saber qué los mueve. No creo que haya nada más difícil que evocar con palabras muertas personajes que estén vivos, y últimamente siento que eso es lo que más diferencia a los buenos novelistas. En ese sentido, uno de los peores males de la escritura de manual, es decir de buena parte de lo que se publica ahora, es la insistencia en la “caracterización”, ese concepto esquemático y empobrecedor. Un personaje no es nada más una manera de hablar o vestir, no es la suma de dos o tres rasgos de personalidad, no es un recuerdo traumático. Lo que sale de esa amalgama son caricaturas discretas, criaturas inofensivas y predecibles que no se quedan con nosotros cuando dejamos de leer. La persistencia de un libro responde para mí al tipo de vínculo que establece con la vida (“el arte es lo que hace que la vida sea más interesante que el arte”, decía Robert Filliou), y donde mejor se establece ese vínculo es por medio de los personajes, de sus matices y contradicciones y silencios, de sus maneras de habitar el presente y el pasado y de lidiar con los otros y consigo mismos, de sus formas secretas de hacerse visibles o invisibles.

Para acercarme a los míos lo que mejor me funciona es pasar el mayor tiempo posible a su lado. En la práctica esto quiere decir que a veces tengo que escribir diez escenas (que no van a ser parte del libro) para empezar a entrever algo de ellos. O que a veces sigo escribiendo una escena que ya ha dado todo lo que podía dar solo para saber cómo actúan los personajes entonces, cuando la fiesta se ha acabado y los invitados se han ido ya. Sé de muchos cineastas que trabajan siguiendo este mismo impulso: ruedan decenas de horas o repiten una misma escena cien veces, esperando la llegada del momento luminoso que justifique la enorme cantidad de material que será desechado. Es un método económicamente catastrófico, el menos eficiente de los métodos, pero es el único que entiende a la espera y los desvíos y la pérdida de tiempo como parte esencial del proceso. Quizá por eso me gusta tanto. La vida, además, está hecha de esas mismas cosas.

En cuanto a los libros pensados como casas, un poco en sintonía con lo anterior, lo que más hace falta para construirlos, y para habitarlos mientras los construyes, es una buena dosis de paciencia y convicción. Se necesita además una diversidad de materiales que felizmente se diluyen en la unidad final: ladrillos y cañerías y cemento y fierro y agua y todo lo demás, es decir el deseo y la memoria y la imaginación, las historias de los otros y las historias propias y la deformación de esas historias, la curiosidad y la insatisfacción, la certidumbre de que el tiempo hace estragos, el miedo y la rabia y el amor. No existe una fórmula evidente, medidas justas de esto o lo otro. Cada escritor dosifica a su manera y en esa dosificación apreciamos los contornos de su entendimiento y su sensibilidad. Las casas de unos son austeras y las de otros están llenas de adornos y recovecos cuestionables, las de aquí son oscuras y las de más allá lo contrario, a algunas se les nota que se van a desmoronar tras la primera lluvia, algunas otras se parecen demasiado entre sí.

Nuestra última mudanza fue hace unas semanas. Que no haya más en un buen tiempo, dijo ella y yo, que venía pensando lo mismo, asentí. Venía pensando también que ya es hora de irme a vivir a un nuevo libro. Tengo una pequeña pila de ellos, una montañita de casas, sobre la mesa. Quería revisarlos mientras escribía esto. Están Elizabeth Costello de J.M. Coetzee, un volumen de ensayos de Rebecca Solnit, uno de poesía de Claudia Rankine y Buenas tardes a las cosas de aquí abajo de Antonio Lobo Antunes, el único que no he leído y al que, sin embargo, me gustaría robarle el título.

Ahora mismo lo imagino como una especie de mantra que podría recitar cada vez que estoy por sentarme a escribir. Buenas tardes a las cosas de aquí abajo, podría decir entonces. Buenas tardes a las horas libres por delante, al dolor de rodillas, a la taza de café. Buenas tardes a las cosas que se pierden y a las que se rompen pero también a las que perduran. Buenas tardes a los oficios inútiles, a lo milagroso que es poder mover las manos todavía. Buenas tardes a los detalles diminutos de los que están hechos los libros inmensos. Buenas tardes a las historias que se renuevan y multiplican y bifurcan y que nos revelan, a veces, las posibilidades de lo humano. Buenas tardes a esos personajes que muestran su cara o la ocultan, y a los que nos cuestionan a fondo. Buenas tardes a la primera palabra que trae consigo otra y, luego, una más. (2017)

Escritor



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