Cochabamba, viernes 22 de febrero de 2019
[Nido de Cuervos]

La mirada divina de los desterrados

| Rodrigo Beltrán Galdo | 13 ene 2019



“Life’s but a walking shadow, a poor player

That struts and frets his hour upon the stage

And then is heard no more: it is a tale

Told by an idiot, full of sound and fury,

Signifying nothing”.

(Macbeth. Acto 5, escena 5)

De manera particular, Benjy siempre me ha parecido el mejor de los personajes, el más comprometido con su papel en el mundo; Candance siempre quiso escapar de él, Quentin (el hermano) deseaba otro (uno en el que no fuera hermano de Candance) y Jason se propuso cambiar el curso de la obra. Cada personaje responde a una manera de ver el tiempo y de afrontarlo, pero Benjy es alguien que carece de tiempo, es ajeno a él, como Dios.

En 1929, William Faulkner publica una de sus más grandes novelas, The sound and the fury, en la cual relata los últimos años en decadencia de una familia tradicionalista del sur de estados Unidos. A partir de los versos de Shakespeare, Faulkner construye personajes arquetípicos que representan uno u otro aspecto de esta familia en decadencia (la codicia, el deseo, el temor, la vanidad, el vicio). Cada integrante de la familia Compson vive entregado a sus propias pasiones, ajeno al mundo cambiante que les rodea. Más allá de tratarse de un reflejo de su tiempo, donde el sur tradicionalista era amenazado por ideas liberales y progresistas, la novela abarca la perspectiva de cuatro de los integrantes de la familia: Benjy que padece retraso mental, Quentin que está enamorado de su hermana Candance, Jason que está obsesionado con su propio bienestar y Daysi, sirvienta negra que ha mantenido la casa desde el comienzo de su historia, es la observadora pasiva y patética del desmoronamiento del clan.

Todos cumplen roles, todos menos Benjamin. Su discapacidad lo aísla del curso frenético de los acontecimientos que se desarrollan durante sus 33 años de vida. Es un agente activo en el desenvolvimiento de los hechos ya que todas las acciones y deseos de los demás personajes están condicionados por la presencia de Benjy en la casa; pero al mismo tiempo, nada de lo que los demás hagan logra alterar su ser: sin importar lo que ocurra o cuánto tiempo pase, él sigue permaneciendo con retraso mental, sigue asimilando todo como un niño de tres años.

Es en esa “inocencia” donde Benjy construye sus esquemas mentales y configura la historia de su familia (desde esa perspectiva comienza a narrarse la novela) y esa misma perspectiva es el contrapunto que fija el ritmo de todos los eventos que se desarrollarán más adelante. Benjy, en su manera de entender las cosas, es ajeno al mundo y todos los hechos que han tenido lugar a lo largo de su vida se suceden sin orden, sin fechas, sin inicio ni final. Todo ocurre en un mismo momento dentro de su mente, por eso es que ocasiones en las que él llora sin que haya una causa evidente que lo justifique y es que en su mente de niño todo está ocurriendo una y otra vez, como un bucle o una cicatriz.

Es su manera de ver las cosas lo que también nos permite ver el alma de los otros personajes, como si se tratase de un espejo que reflejara a nuestros ojos la naturaleza de sus hermanos, sus padres y todos los que habitan en la casa. Al leer la novela, uno no puede evitar prestar atención a la intensidad con la que Benjy percibe los colores o las formas, el rojo en los labios de Candance o de los ojos Jason, así como la sensación del fuego o la hierba. El está condenado a pasar su vida siendo tratado como un niño, pero lo cierto es que solamente a nosotros lectores se nos es permitido ver el verdadero alcance de su mirada divina, aquella que revela el alma de los personajes y y de sus inevitables destinos.

Escritor- beltranrodrigo@hotmail.com



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