Cochabamba, viernes 22 de febrero de 2019

Quillacollo, espacio vital en la existencia de Víctor Hugo

Vivencias con el escritor paceño Víctor Hugo Viscarra, fallecido hace 13 años y de un amplio legado vigente hasta hoy.
| Félix Jemio Saavedra | 13 ene 2019



En 1986, un grupo de jóvenes irreverentes y apasionados por el arte y la cultura, embriones de escritores, tomamos por asalto los ambientes del teatro Municipal Teófilo Vargas Candia, al que denominan “La Casa de la Cultura”, que por dejadez de la Alcaldía se había convertido en nido de ratas.

Quillacollo, hasta ese momento, estaba sumergido en la ciénaga de la soledad, donde unos bandoleros encaramados en el poder de la Alcaldía hacían de las suyas abandonando todo lo referente a la cultura.

La Casa de la Cultura se convierte en el centro de operaciones culturales más importante de Cochabamba: recitales, teatro, cine independiente, exposiciones de pintura, tertulias, coloquios, etc. Todo lo que un pueblo aletargado necesitaba para resucitar. La presencia de escritores, poetas, pintores, compositores, periodistas y artistas de distinto rubro alimenta a diario con ideas, propuestas o simplemente amistad y apoyo moral.

Este grupo de jóvenes se consolida como Movimiento Cultural Itapallu, bajo el lema “Tres k’ajchazos de itapallu para la impotencia cultural”. Abre un nuevo espacio para conocer y dialogar con personalidades en torno a una jarra en el Chernobyl u otros lugares similares. Es así que conocimos a Alfredo Medrano, columnista de Los Tiempos con el seudónimo de Urbano Campos, y es quien nos presenta a Víctor Hugo Viscarra, famoso por su libro Coba, lenguaje secreto del hampa boliviano.

A pesar de estar acostumbrados a nuestra informalidad e irreverencia por lo convencional, nos sorprendió su presencia tremendamente sencilla, humilde y chispeante, mirada y sonrisa franca, lenguaje picante y mordaz. Nosotros nos identificamos plenamente y nos asumimos como hermanos.

Ahí comenzó nuestra historia fraternal de tardes y noches infinitas de bohemia. Su aprecio por el Movimiento Cultural Itapallu permitió conocer su vida. Entre lágrimas, risas y cascos atómicos, nos contó que su infancia, niñez y juventud fueron miserables, solo tuvo el calor del alcohol, de los “artilleros” consuetudinarios, de las solidarias prostitutas que lo acogían en noches de tormenta entre sus piernas, o simplemente en los puestos de venta de trasnoche donde el alcohol redimía hambre, sed y amor de familia.

No todo fue malo

Sin embargo, según él no fue todo malo, así como había un mundo oscuro y cruel, había otro donde las personas, a pesar de su miseria económica y vicios humanos, lo apoyaron y le permitieron crecer salvándole de la muerte en sinfín de ocasiones.

Guardaba un gran cariño por las vendedoras de “t’irillos”, por las prostitutas que más que deseo daban pena, pero tenían un gran corazón; por los homosexuales o maricones que eran bien machos para enfrentar su realidad y eran capaces de extender su mano para tocar “no lo que les gusta, sino el corazón”. Así lo manifestaba lanzando una carcajada después de un tutumazo. De los que siempre tuvo una imagen lacerante fue de los policías, quienes maltrataban y extorsionaban a los más pobres sin medir si era niño, anciano o inválido, como hay muchos en este mundo olvidado de Dios, como decía normalmente.

Sábados de tertulia

Estas tardes se fueron repitiendo sábado tras sábado, a veces durante la semana con duración de varios días. Si bien vivía en la casa de Alfredo Medrano en la ciudad, por la hora y el estado luminoso en el que nos encontrábamos, prefería quedarse en la casa de algunos itapallus, en especial en la de Walter Gonzales Valdivia, que lo cobijó en varias oportunidades hasta prácticamente vivir por largas temporadas.

Víctor Hugo no cambiaba su forma de ser ni sano ni ebrio. Él era así, burlón, grosero, irrespetuoso con varones y mujeres. Según él, no hacía daño, nosotros disfrutábamos de sus ocurrencias, pero las esposas no tenían esa paciencia y no necesariamente comprendían las bromas picaronas cuando las aludían. Él mismo nos contó, en una tarde de chicha, manzana y Kjarkas, que al amanecer había tocado la puerta del dormitorio indicándole que le tocaba estar con la esposa del amigo. Fue suficiente para que esa misma mañana saliera disparando llevándose unas cuantas ropas del colgador ya que, según él, la ropa de su hermano también era de él.

Hasta pocos meses antes de su partida, recordó que los meses que vivió en casa de Walter fueron uno de los mejores momentos por el cariño recibido por la familia, por la oportunidad de disfrutar de “su” biblioteca, por los proyectos literarios de escribir y publicar. Aunque no se cumplieron como estaba planeado, le permitieron editar posteriormente, porque siempre recibió el ánimo y la confianza tal como era él.

La broma la recordamos y la disfrutamos hasta hoy. En otra oportunidad, tuve que llevarlo a mi casa cerca a la medianoche, después de dos días de chupa cultural, hablando de poesía, novelas y cuentos. Él leía bastante y tenía una biblioteca ambulante. “Mis libros están en los estantes de mis amigos”, decía nombrando a varios autores bolivianos y universales. ¡Cómo no disfrutar de esa mezcla de submundo y luz universal! En casa tuvo que dormir en un colchón de la precaria cocina, al amanecer tocó la puerta llamando a mi esposa para que le prestara la plancha para su pantalón, quería secarlo porque se había orinado. No contento con la travesura que él mismo nos contó a la hora del desayuno, se acercó a mi estante de libros, unas cajas de manzana, y sacó de allí el libro de Pablo Neruda Confieso que he vivido, memorias. “Ajá, aquí lo había dejado mi libro”, dijo, se lo metió bajo la chamarra sin darme tiempo a reaccionar y salió de la casa sin rumbo conocido.

Sus geniales ocurrencias

Tres semanas después, lo encontré por la Aroma saliendo de un alojamiento y acompañado de una dama con la cara desfigurada por las batallas de la vida. Corrió hacia mí para pedirme que le devuelva un dinero que me prestaría cuando le paguen en la Alcaldía. Metió su mano en el bolsillo de mi camisa y encontró sólo diez bolivianos, y antes de irse sacó dos libros de grueso calibre. Uno era mi Confieso que he vivido, memorias. Me alegró que aún lo tuviera y me mostró que estaba por la mitad. “Qué capo es este chango”, dijo sobre Neruda. El otro libro era En nombre de la rosa de Umberto Eco. Señaló que lo había recuperado de una biblioteca privada, pero que no lo leería por el momento porque estaba encantado con Neruda, así que me lo dio. “Te presto para que te culturices”, dijo, y se fue Ayacucho abajo. Hasta hoy lo conservo en mi estante.

Nuestras biblias

Uno de los temas recurrentes de nuestros encuentros era la lectura de fragmentos de Felipe Delgado de Jaime Saenz, y de La tumba infecunda de René Bascopé. Felipe se convirtió en nuestra Biblia porque gran parte de los lugares del bajo mundo paceño él los conocía. Había pasado gran parte de su niñez y juventud, las callejuelas, los pasajes, los locales donde las copas estaban encadenas. La botella de alcohol costaba un boliviano, los cuchillos zumbaban en las peleas por una prostituta y los maricones te tocaban los huevos por diez lucas. “Es un encanto cada paraíso”, nos decía evocando su tierra paceña que Saenz, si bien la contextualiza en los años 20, no cambió nada.

Cuánto conocimiento de ese mundo misterioso e idealizado por nosotros, es así que una noche nos llevó a La Cancha para tomar uno “t’irillos” en el puesto de su casera. Nadie ocultó su miedo, pero más fuerte fue nuestra curiosidad, y nos largamos a ese espacio que sólo en los libros conocíamos.

Cuando llegamos, la mujer, acurrucada frente a una olla caliente y rodeada de caras prohibidas por la sociedad, nos sirvió una ronda de vasitos de trago. Al solo olerlos, se estremecieron nuestros cuerpos, pero no podíamos fallarle a Víctor Hugo. Le echamos de golpe y sentimos recorrer lava ardiente por nuestra garganta. El miedo, la curiosidad y el alcohol caliente se fueron adaptando a nuestro cuerpo hasta el amanecer. Nuestro Felipe Delgado estaba con nosotros y debíamos estar a su altura.

Los años posteriores, Víctor Hugo había consolidado su estado fraternal con el grupo y con quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo, aceptarlo y hoy enorgullecerse de haber sido parte de su vida, convirtiendo su manera de ser, de vivir y de morir, en un lenguaje maravilloso que nos enseña a descubrir la vida. Gracias, hermano Víctor Hugo. Eres nuestro arcángel guardián que nos meas con chichita todas las veces que nos reunimos para disfrutar de tu arte.



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