Cochabamba, jueves 21 de marzo de 2019

Lazzaro felice o el lobo hombre que mira

Una lectura de la película dirigida por la italiana Alice Rohrwacher, que se estrenó en el Festival de Cannes de este año, de donde se llevó el premio al mejor guion, y que actualmente se puede ver en Netflix, con el título de Happy as Lazzaro.
| Santiago Espinoza A. | 23 dic 2018



Alguien tiene que hacerle una estatua a Netflix. Si en años pasados nos dio chance de acceder a algunas de las series más atractivas que se viene produciendo de un tiempo a esta parte, este 2018 se terminó de ganar a la cinefilia mundial. Como para taparle la boca a Cannes (y sus acólitos), que vetó sus estrenos tras el berrinche de los distribuidores franceses por el pase en el festival de Okja y The Meyerowitz stories, el gigante del streaming se mandó este año unos golazos antológicos: la presentación de la versión “reconstruida” del –por ahora- último filme de Orson Welles, The other side of the wind; el estreno en Venecia (su festival aliado, donde también se lanzó la obra de Welles) de The ballad of Buster Scruggs, la más reciente joyita de los Coen; el lanzamiento de Roma, de Alfonso Cuarón, con León de Oro incluido en Venecia y el posterior beneplácito de un sector mayoritario de la crítica mundial, que la ha entronizado como la mejor o una de las mejores cintas del año. Por si fuera poco, este diciembre que se acaba ha agregado a su grilla Lazzaro felice, el celebrado tercer largo de la italiana Alice Rohrwacher, estrenado –y premiado con la Palma al Mejor Guion- en Cannes, consagrado también como uno de los mejores filmes de este 2018 (para el suscrito, el mejor). Aunque, a diferencia de las obras de Welles, los Coen y Cuarón, que Netflix produjo para exhibición en su plataforma, previo pase reducido en salas, la cinta italiana no fue realizada por y para el servicio on-demand, lo cierto es que a ella le debemos el haberla visto relativamente pronto y sin necesidad de mayor esfuerzo del mercado pirata para conseguirla en alta calidad y con subtítulos decentes. Así que gracias, amigos de Netflix, por haberse tomado finalmente en serio al cine.

Esta aparentemente innecesaria muestra de zalamería con Netflix solo puede explicarse en la medida en que Lazzaro felice es una película que cabe agradecer a diestra y siniestra. Estamos ante un acontecimiento que ocurre cada vez menos: el descubrimiento de una obra que, de tanto bien que hace, uno no se cansa de agradecer. Lo dijo ya la crítica tras su estreno en Cannes y hoy lo suscribimos: la película de Rohrwacher es un monumento al humanismo más genuino que tanta alergia provoca en el cine autoral más canonizado, entregado a desgranar y hacer escarnio de las miserias del hombre. Y no es que la joven cineasta italiana (que esta semana cumplirá 37 años) rehúya de la disección de los males que han corrompido y siguen corrompiendo a los individuos, sus comunidades e instituciones. Al contrario, como sus anteriores dos largometrajes (Corpo celeste y La meraviglie), Lazzaro… se erige como una fábula social de elevada carga política, que arremete sin medias tintas contra el capitalismo salvaje y uno de sus aliados más útiles, la religión (en este caso, la Iglesia católica); pero sin pecar de condescendencia con sus víctimas, los pobres y desheredados de siempre, a los que captura en sus pequeñas proezas, pero sin escamotearnos sus cuitas, que tampoco hacen mella en su dignidad. Lo que ennoblece, y se agradece del cine de Rohrwacher, es que, como bien lo sentenció el crítico Manu Yáñez, es capaz de armarnos del arsenal afectivo para hacer frente a ese estado de cosas descompuesto y perverso en el que vivimos. Lo suyo no es solazarse estéticamente de la podredumbre humana, sino mirarla con inocencia y bonhomía hasta ahuyentarla.

Esa mirada cándida y generosa es la de Lazzaro (Adriano Tardiolo, el descubrimiento actoral del año, solo equiparable al de Yalitza Aparicio, la Cleo de Roma), un joven sin edad, con el cuerpo recio de un campesino y el rostro de un querubín caído del cielo, que vive y trabaja sin prisa ni pausa en la hacienda aislada de la Marquesa de la Luna, donde hace de todo, desde cargar a la abuela hasta trillar la paja, pasando por cuidar a las gallinas, tocar la gaita para la serenata de un amigo, esconder en su refugio al insufrible hijo de la patrona o colaborar sin saberlo en hurtos. Solícito y desprendido, el joven no reclama por nada ni juzga a nadie. Todos son iguales ante su mirada prístina y amable, hombres y mujeres, pobres y ricos, niños y ancianos. De su diligencia se aprovechan los hacendados y su capataz, pero también sus iguales, su familia y sus compañeros de trabajo. Pero, él ni se escapa ni se rebela. Solo ayuda, obedece y escucha. Y mira, vaya que mira. De tanto en tanto se abstrae y mira a la nada, para jolgorio de sus semejantes, que lo creen bobo o un animalillo extraviado. Entra en comunión con la naturaleza, que, en forma de viento, lluvia o un árbol perdido en medio de la ciudad, lo hipnotiza y no hay cómo despertarlo. La escena inicial es muy decidora del espíritu de Lazzaro, el joven que mira hasta perderse. Un plano general lo sorprende contemplando la penumbra, en medio de una noche cerrada, hasta que llega un hombre que lo despierta para acompañar el rito de cortejo de un amigo. De ahí en más acompañamos al protagonista y sus compañeros campesinos, que viven bajo un régimen semifeudal, trabajando sin derecho a sueldo ni educación, convencidos de que son de propiedad de la marquesa y de que nunca serán libres. Nadie se cuestiona ni se emancipa, menos Lazzaro, que observa con genuina delectación el nacimiento del romance de unos amigos medio de un campo de tabaco o que se vuelve en el “medio hermano” del hijo de la patrona una vez que este lo anima a aullar juntos y dialogar con los lobos de los alrededores.

Este relato sin tiempo, que bien podría pertenecer al siglo XIX, solo se rompe con la llegada del mundo moderno a la hacienda La Inviolata, una inflexión que parte la película en dos y coincide, cómo no, con la muerte y resurrección del protagonista, que no por nada le debe su nombre al personaje bíblico. La narración oral de una leyenda popular, acompañada por una serie de tomas aéreas (a ver si los cineastas locales le echan un ojo y se hacen una idea de lo que se puede hacer a nivel cinematográfico con un dron, más allá del alarde del “aparatejo”) que encarnan una suerte de mirada celestial, funciona como un conmovedor y deslumbrante prólogo de la segunda parte del filme, en la que lo mítico y lo fantástico se imbrican con el verismo imperante hasta ese momento en la historia. Los personajes de la leyenda son un lobo viejo y hambriento y un santo en busca de una tregua, que se persiguen en la palabra hasta encontrarse en la imagen: el animal da con Lazzaro, pero, en lugar de devorarlo, lo huele y descubre algo insólito, un hombre bueno, así que solo lo despierta y se marcha. De ahí en adelante, la película camina –literalmente, con su personaje principal- hacia la ciudad, donde Lazzaro se reencuentra con los suyos, tanto o más sojuzgados que cuando trabajaban en el campo para la marquesa, ahora convertidos en habitantes de los márgenes de una ciudad en la que sobreviven como indigentes y ladrones de medio pelo. El joven santo sigue sin juzgar ni reclamar a nadie, pero el hallazgo del hijo de la patrona le descubre que todo ha cambiado, que incluso su “medio hermano”, el otrora poderoso, ha devenido, como su familia, un paria más de una urbe gobernada por los nuevos patrones, los bancos. En una de las escenas más bellas del filme –y de todo el cine habido en 2018- , el joven puro y sin edad comprende que ni siquiera le es permitido escuchar la música que emana del órgano en una iglesia, de donde él y sus zaparrastrosos compañeros son expulsados por las monjas, pero no sin antes –aunque no porque así lo quiera- “robarse” la música sacra que encarna el santo y pertenece a los suyos. Entonces, solo entonces, en ese momento de desgarradora epifanía, los ojos de Lazzaro dejan de mirar y lloran, lloran por vez primera. La imposibilidad de resignarse a la injusticia que le rodea lleva al protagonista a tomar el único arma que tiene –su inocencia- para buscar que el viejo orden de cosas se restituya, en la última secuencia del filme –lo dije antes y lo ratifico: el mejor final de una película en este año y uno de los mejores desenlaces que me ha regalado el cine- que, aun queriendo, no (se) podría contar jamás con palabras con la contundencia dramática y la belleza plástica con que lo hace Rohrwacher con imágenes en movimiento. El final de Lazzaro felice solo se puede ver una y otra vez, sin asomo de agotamiento, acaso con los ojos infinitos que el protagonista ha vuelto nuestros.

Como suele ocurrir cada vez con menos frecuencia, por no decir casi nunca, Lazzaro felice es una experiencia cinemática que depara el descubrimiento de eso que Werner Herzog ha dado en llamar una “verdad extática”. Porque la mirada de Lazzaro, que es la de Rohrwacher, es la de un ser puro y noble que se entrega y conmueve ante lo que ve, ante la belleza arrebatadora que le regala la naturaleza, a la que devuelve una versión más digna y humana de aquello que contempla. Una versión única y nueva y noble de la realidad. En sus poco más de dos horas, el filme ensaya un relato reivindicativo sobre la generosidad subversiva de la mirada, en tanto gesto para aprehender lo verdadero y lo bello, pero también para plantarse ante la impostura y lo obsceno. En esa medida, Lazzaro es también una obra que reflexiona sobre el ejercicio de la mirada cinematográfica, tan dada en el último tiempo a regodearse en la sordidez humana y erigirla como la única verdad que cabe observar y exhibir.

Acaso, una buena parte de la humanidad que desprende Lazzaro felice se deba a la libertad creativa con que su directora asume su realización. Es cierto que en la cinta convergen filmes y autores imprescindibles de la tradición filmográfica italiana. No pocos ven en ella ecos del Pasolini de Edipo Rey, del De Sica de Milagro en Milán o del Ermanno Olmi de El árbol de los zuecos. A su influencia no confesa se le atribuye esa simbiosis sin complejos entre cierto “neorrealismo mágico”, la fábula fantástica y sobrenatural, y el registro desacomplejado del campesinado italiano. A mí se me antoja que en su retrato del lumpen de la Italia actual hay, asimismo, un guiño al gran Ettore Scola de Feos, sucios y malos, que no maquilla ni se compadece de las bajezas de la clase más pobre, sino que se ríe de ellas, pero sin satanizarlas. Me resultan particularmente deudoras de ese tratamiento socarrón de la pobreza las escenas de los ladrones en los que Lazzaro reconoce a los suyos ya “adaptados” a la voracidad de la gran ciudad.

Pero, por sobre todas estas referencias probablemente ciertas o caprichosas, hay en la cineasta una libertad sin ataduras que se reconoce como propia, más aún en su convicción por filmar una historia sin coordenadas espacio-temporales precisas. Esta noción de un no tiempo ni espacio se traduce en su apuesta por el “arcaico” formato de 16mm, con su grano tan evidente, del que se sirve para poner en escena un contexto campestre protocapitalista, iluminado en algunas de sus escenas más notables con los únicos focos que deben turnarse sus protagonistas para alumbrar sus casuchas. También se hace patente en sus elipsis arbitrarias, que se saltan tiempos y lugares que solo intuimos, y que hasta se alternan en una misma escena, como aquella conmovedora en la que, otra vez merced a un miserable foco enroscado en su socket para dar y quitar luz a un cuartucho, los personajes viajan entre el pasado rural y el presente periurbano de forma milagrosa (un pasaje que a los bolivianos nos remite, cómo no, al plano secuencia integral de Sanjinés). Y esa libertad innegociable de la directora y guionista se manifiesta, desde luego, en la comunión de fuentes y géneros dramáticos en apariencia inconciliables, como el relato bíblico (Lazzaro), la tradición cristiana más amplia (la referencia a San Francisco y el lobo es obvia, al punto que el personaje remite al santo que recreó Zeffirelli para el cine), las cruzadas (Tancredo, el nombre del hijo de la marquesa) o las leyendas populares. Lazzaro felice confirma, en definitiva, que estamos ante una cineasta inclasificable, muy personal y compleja; adjetivos que, sin embargo, no son en este caso análogos a la hostilidad discursiva ni al rebuscamiento estilístico a los que suelen asociarse. Por el contrario, en Rohrwacher esos calificativos se materializan en un cine amable y gentil, que no simplista ni fácil.

Como el santo “muerto” que encuentra el lobo viejo y hambriento, Rohrwacher “huele” y se siente como una cineasta noble y, sobre todo, una buena persona. Una rara avis para estos tiempos perversos y cínicos, de imágenes corrompidas y corrompedoras, a la que, como el depredador redimido ante Lazzaro, habrá que seguir buscando y olfateando, escuchando y respondiendo a sus aullidos, hasta encontrarnos nuevamente en sus ojos benignos. Habrá que seguirla para no ceder a la tentación de ser un hombre lobo más y, en su lugar, aspirar a ser un lobo hombre. El lobo hombre que mira. El lobo hombre que mira con (com)pasión.

Periodista – santi.espinoza@gmail.com



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