Cochabamba, domingo 24 de marzo de 2019

El camino a Roma

Crítica de la cinta del mexicano Alfonso Cuarón, ya disponible en Netflix, que está a la cabeza de algunos de los más prestigiosos rankings de cine de 2018, postula al Globo de Oro a Mejor Película Extranjera y apunta con fuerza a los Oscar.
| Alba Balderrama | 23 dic 2018



Dicen que “todos los caminos conducen a Roma”, uno de ellos, el más transitado, es el que está pavimentado por la memoria. Ese camino es el que el cineasta mexicano Alfonso Cuarón decide tomar en su última película, Roma, para llegar a las mujeres que lo criaron, amamantaron y cuidaron -su nana y su madre- , tal como lo hiciere la loba Capitolina cuando amamantó a Rómulo y Remo, fundadores de Roma, catorce siglos atrás. Pero Cuarón toma el camino hacia otra Roma menos conocida, menos ostentosa, menos grandiosa, menos antigua y se va al barrio de Ciudad de México donde creció en los setentas y que, por esas casualidades extrañas de la vida, también se llama Roma.

Para transitar ese camino de la memoria, ese retorno a su infancia, Cuarón filma su película con una cámara digital Alexa de 65mm en blanco y negro, logrando una textura sedosa y nostálgica en la imagen que recuerda al neorrealismo italiano, pero también a las más recientes películas intimistas del coreano Hong Sang-soo o a las amorosas historias del francés Philippe Garrel. Como un indicio más de que el blanco y negro en el cine contemporáneo marca tendencia al momento de otorgar a la intimidad la necesaria dosis de sombras, lugares oscuros, ancestrales, pesados y pasados de donde surgen los estados luminosos y las más de las veces, cegadores. Hay en el blanco y negro ese peligro, de quedar deslumbrados por la estética y hermosura de la imagen, encandilados por la luminosidad y estremecidos por la sombra.

Roma es un hermoso y vívido recuerdo de infancia en blanco y negro. Un recuerdo del barrio y la casa de Alfonso Cuarón cuando era un niño y, como sabemos, cuando recordamos tiempos hermosos tendemos a idealizarlos. Como cuando visitas nuevamente tu casa de infancia en la que has sido feliz, decenas de años después y todo en ella es pequeño, incómodamente pequeño. Con algo de esa idealización y nostalgia, Cuarón comienza su película, hermosamente filmada, vemos a Cleo limpiar con agua y jabón el piso del garaje de la casa de clase media alta acomodada donde trabaja. La familia está conformada por el padre (Fernando Grediaga), un doctor; la madre Sofía (Marina de Tavira), una bioquímica que se dedica a la casa y no trabaja, la abuela (Verónica García) y cuatro pequeños, tres niños y una niña, entre ellos Pepe (Marco Graf) que sería el personaje que interpreta al Cuarón niño.

El recuerdo de Cuarón es tan grande e imaginativo como el del pequeño Pepe que todo lo recuerda como algo ya vivido en el futuro. “¿Sabías que cuando yo era más grande era marinero? ¿Yo fui un piloto?”, le cuenta a Cleo. Y ese recuerdo se presenta con grandes y largos planos, planos que no dejan de moverse lentamente en la acción, un movimiento inacabable que nos lleva por entre los dormitorios de la casa, en las calles de la ciudad de México por las que transita Cleo sola, con amigos, con los niños. Roma es así un ejercicio de memoria en que los acontecimientos, por íntimos que sean, son grandes hazañas. Cleo, en el medio de las escenas, instalada como una gladiadora del circo romano, venciendo a las bestias gigantes para salvarlos y tenerlos seguros bajo su regazo. Bestias como los temblores tan típicos de ciudad de México, o las olas gigantes y furiosas del mar que quiere tragarse a los niños, el divorcio y caída de la familia, el impresionante incendio que se desata en la noche en los campos que rodean la lujosa casa/hacienda de familiares de la madre –una de las tomas más bellas del film junto con la del mar-, la Masacre de Corpus Cristi de 1971, la cantidad de excremento del perro que tiene que levantar y lavar cada día. Cleo marca el movimiento que es el movimiento interno de la memoria de Cuarón y la historia de su barrio y de México en esos años. Y lo marca con su propio movimiento corporal, nunca para, Cleo está siempre haciendo algo, lavando, planchando, fregando, tapando con una tela la jaula de los pájaros, respondiendo el teléfono, llevando refrescos a la familia que ve la televisión, siempre de un lado a otro, hablando poco, pero estando presente. El único momento que la vemos quieta y serena es cuando, dejando de lado la ropa que está lavando en la lavandería del techo de la casa, se bota de espaldas junto a Pepe y ambos juegan a hacerse los muertos. Ese movimiento de Cleo es el que está en el centro mismo de las elecciones de movimientos de los planos que pasan ante nosotros como algo que nunca se detiene, como la historia, como los recuerdos.

Imposibilitados de parar en esa corriente casi onírica de los acontecimientos de la historia de Roma, a momentos se nos hace difícil preguntarnos por la voz de Cleo que en más de una entrevista aparece como aquella que contaba historias a raudales a Cuarón sobre su padre, sobre su pueblo, sobre su vida. En la película aparece como alguien que casi no habla, solo hace. Es devota y callada. No solo representa a una gran cantidad de trabajadoras del hogar indígenas que hablan mixteco entre ellos dentro y fuera de las casas de sus patrones. No solo es la mujer que le dio seguridad y formación al director. Es también alguien que ha tenido, seguramente, sus propias aspiraciones, sus sueños, sus conflictos, alguien que contaba sus historias a estos niños, a Alfonsito que, con sus doce años, filmaba a su nana Libo de origen mixteca con una cámara que le regaló su papá. Pero así es el acto de recordar, la mente ensalza algunas cosas y otras no. Son elecciones, como las que tiene que hacer un director. Se trata al final de un homenaje a ella, una “carta de amor a las mujeres que me criaron”, dirá él, a las mujeres que lo construyeron y le dieron las herramientas para forjar su mundo, como él mismo director afirmó en una entrevista.

Pero quizá un gran homenaje sería darle una voz, sacarla de esa especie de gueto en que viven las empleadas domésticas. Siempre he pensado que las niñeras, nanas, empleadas domésticas, sufren una especie de síndrome de Estocolmo. Es mi percepción, claro, acentuada por esa diferencia social y racial entre sirvientes y patrones. Un paso más era permitirnos a los espectadores recordar a Cleo como él recuerda a Libo, como una persona con su propia ideología e historia, como la loba de Rómulo y Remo que alimentó los sueños y los imaginarios de todo una civilización. La nostalgia está bien, pero hay que saber que, como dice Karl Ove Knausgard, “no solo es desvergonzada, también es traicionera”.



Productora y gestora cultural - albita35mm@gmail.com



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