Cochabamba, sábado 23 de marzo de 2019

La balada de Buster Scruggs, paradoja conocida y para nada molesta

Crítica del reciente filme de los hermanos Coen, ganadora del Mejor Guión en Venecia y disponible en Netflix.
| A.O. Scott The New York Times | 23 dic 2018

La balada de Buster Scruggs es de las obras más lúgubres de los hermanos Joel y Ethan Coen… y también de las más absurdas. Pasa de chistosa a terrorífica con tanta frecuencia y tan habilidosamente que se vuelve difícil distinguir entre los dos tonos.

Es una paradoja conocida, y para nada molesta, para los fanáticos de los Coen. Desde Blood Simple, de 1994, los hermanos han tratado el fatalismo y la extravagancia como dos caras de la misma moneda. Puede que las bromas que juega el universo a expensas de los humanos sean crueles, pero no dejan de ser graciosas, y los Coen son bromistas metafísicos muy bien logrados. Los ahorcamientos, tiroteos, arranques de cuero cabelludo y otras suertes terribles para los vaqueros, buscadores de oro y colonizadores del viejo Oeste que le dan vida a esta antología son parte del chiste… la muerte es hilarante hasta que es tu turno.

E incluso cuando lo es hay gracia. En el primer episodio —hay seis en total que forman capítulos de lo que sería un libro de pasta dura hermosamente ilustrado— el personaje que le da nombre a la serie, interpretado por Tim Blake Nelson, asimila con mucha simpatía la idea de su fallecimiento, y del de los demás. El asesino Buster Scruggs está seguro de que hay una vida después de la muerte, porque hay muchas canciones al respecto… y cuando él va camino al cielo, canta una.

Sus aventuras en ese primer episodio —los tiroteos, peleas de bar y jugadas de póquer con escenas musicales y toques en los que filosofa directo hacia la cámara— establecen el tono de toda la antología.

Algunos wésterns ahondan en las implicaciones éticas y políticas de enaltecer la era; intentan presentar un balance entre la resonancia mítica y la autenticidad histórica. La balada de Buster Scruggs, provocadoramente, no busca eso. Rinde tributo a los clásicos del género a la vez que se burla ligeramente de las recientes películas con vaqueros que se lo toman todo muy en serio, como “Revenant” o “Meek’s Cutoff” . El género, para los Coen, no es archivo ni altar: es salón de juegos.

Claro que sería un error pensar que eso frivoliza sus obras; estas son serias no a pesar de su sarcasmo, sino por medio de este. Buster Scruggs es mucho más traviesa que No Country for Old Men o Inside Llewyn Davis: balada de un hombre común pero, a su propio modo, es igual de evocadora.

A los Coen les encanta tomarse placeres estéticos, con sus juegos de palabras, los derroches de sus historias y su habilidad para la edición (que hacen ellos mismos con el seudónimo Roderick Jaynes); también les gusta que el arte, popular o de culto, sea clave en las experiencias de sus personajes.

Por ello hay momentos de entretenimiento entre la brutal realidad de personajes mortales, porque en la vida real así sucede. Alice Longabaugh (interpretada por Zoe Kazan) es una mujer con pocas probabilidades de sobrevivir en su trayecto por la senda de Oregón después de que su hermano muere… pero se detiene en el camino para reírse por cómo se comporta un grupo de perros de las praderas. El buscador de oro interpretado por Tom Waits canta una balada mientras excava en un valle, al igual que lo hace el cazarrecompensas interpretado por Brendan Gleeson durante un tenso viaje en carruaje.

La gente en la serie cuenta historias y chistes, además de meterse en debates, no necesariamente en busca de alguna solución sino para pasar el tiempo de aquí a la tumba. En “Meal Ticket”, el más cruel de los capítulos, hay un hombre sin extremidades llamado Hamilton y apodado el Zorzal sin Alas (interpretado por Harry Melling) a quien un empresario (Liam Neeson) conduce por el territorio polvoroso para que haga actos histriónicos en los asentamientos remotos.

Ahí recita textos —entre ellos Ozymandias de Percy Shelley, el soneto 29 de Shakespeare, la historia de Caín y Abel o el discurso de Abraham Lincoln en Gettysburg— que sirven como comentarios sobre la brutalidad, mutabilidad y vanidad de las ambiciones humanas. Lo que sucede con Hamilton es casi una parábola sobre comerciar con la cultura porque, sin arruinar detalles de la trama, en “Meal Ticket” sucede algo similar que en “Llewyn Davis”, excepto que el protagonista no es superado por Bob Dylan, sino por un pollo con talentos.

Ahora, La balada de Buster Scruggs es casi como un álbum conceptual de los hermanos Coen: se escucha muy bien si pones los capítulos en orden, pero la verdad es que algunas canciones —por ejemplo, la de James Franco como un ladrón estúpido— no necesitas escucharlas más que una vez. A las otras necesitas hasta pausarlas para apreciarlas a fondo: aquella cara de sorpresa de Kazan cuando le piden matrimonio en su capítulo o sus conversaciones con Bill Heck, así como cuando Tom Waits se roba los huevos del nido de un búho… pero después regresa todos menos uno.

El último capítulo es clave; titulado “The Mortal Remains”, es muy probable que lo termines y quieras volver a empezar todo, para buscar los patrones escondidos y mensajes ocultos hasta ese momento. En el capítulo hay cinco personas en un carruaje que conversan y discuten sobre si todas las personas son iguales, si hay solo dos tipos de personas o si cada una es un individuo muy distinto.

Su trayecto no termina en una muerte violenta, como sucede en casi todos los versos de esta balada, sino de una manera mucho más extraña y espeluznante… como si nuestras risas por los chistes macabros hasta ese momento solo fueran para no mostrar nuestro terror.

Crítico de cine y periodista



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