Cochabamba, sábado 19 de enero de 2019

Las últimas páginas de Dino Buzzati

El último ganador del Premio Nacional de Novela,Guillermo Ruiz Plaza, presenta y traduce los relatos del libro que encarnó la “despedida ficcional” del escritor italiano Dino Buzzati. 
Ediciones Frassinelli | | 16 dic 2018



1970. Dino Buzzati va a morir, y lo sabe. Tras pasar casi toda su vida activa en Milán como cronista en Corriere della Sera, periódico para el cual fue también corresponsal de guerra, vuelve a Belluno, su pueblo natal, y allí, en lugar de evadirse o de negar la evidencia, escribe una serie de variaciones sobre “el acecho de esa cosa familiar y absurda” en torno a la cual gira casi toda su obra.

En el prólogo del libro, Indro Montannelli, amigo del autor, nos cuenta que, durante sus últimos paseos, Buzzati se estremecía a cada ruido del follaje de los árboles, como si tuviera la impresión de que alguien o algo lo acechaba. Y tal vez por eso, durante aquellos meses angustiosos, no dejó de escribir ni de dibujar en el espacio habitualmente dedicado a las tareas diarias, a las citas y obligaciones, a las urgencias inaplazables de nuestra cotidianidad tormentosa: una pequeña agenda.

El tiempo del calendario se borra para dejar paso a una senda que va estrechándose en medio de la belleza intacta del mundo. Mañanas y tardes llenas de sol, de hojas secas, de viento. Noches difíciles. Buzzati escribe y dibuja sin por qué ni para qué, dando vida a una multitud de personajes que, a su imagen y semejanza, viven la inminencia de la partida. El nombre de esa despedida ficcional, publicada de manera póstuma, es Il reggimento parte all’alba (1985), y está compuesta de cuentos breves, microrrelatos, fragmentos y dibujos.

Aquí Buzzati vierte con más desnudez que nunca su pericia de cronista y el hechizo irresistible del que está dotada toda su obra. Quien ha leído sus novelas y cuentos lo sabe. Sin olvidar la hondura metafórica. Buzzati es un escritor de parábolas (como aquella, memorable, de la muchacha que cae y que nos hace sentir en pocas líneas cómo el paso del tiempo es una caída que va acelerándose hasta el abrupto final). En Buzzati, nuestras fragilidades, inquietudes e ilusiones se van cubriendo inexorablemente de sombras aciagas; sin embargo, la dignidad humana parece salir reforzada de la confrontación con el tiempo y la muerte. En este punto, el maestro italiano se aleja de Kafka.

“Acostúmbrate a pensar que la muerte no es nada para nosotros”, escribe Epicuro, “porque todo el bien y todo el mal residen en las sensaciones, y precisamente la muerte consiste en estar privado de sensación.” Por tanto, no es la muerte en sí, sino la espera de la muerte lo que nos resulta doloroso. En esta íntima y honda angustia, Buzzati despliega su espacio imaginario, su encanto y su agilidad, sus símbolos, además de inesperadas chispas de humor, sonrisas angélicas o demoníacas –nunca se sabe– que refrendan (¿motivan?) la intuición de Italo Calvino en Seis propuestas para el próximo milenio (1985): el humor y ligereza son las formas más agudas de la lucidez.

“Todos somos héroes”, dijo Bioy Casares, “porque todos tenemos que pasar por la muerte.” Hay algo de eso, sin duda, en la metáfora que escoge Buzzati para expresar la inminencia de su partida: el regimiento parte al alba. Como en Borges, el oficio militar se revista de una nobleza metafórica. Es lo que sucede, por supuesto, en El desierto de los tártaros (1940) –una de las novelas indispensables del siglo XX–, cuyo final memorable escenifica la llegada de la Muerte a la habitación donde agoniza el teniente Giovanni Drogo, suscitando en él una epifanía que llena de pronto una existencia vana, reducida al acecho estéril de un enemigo improbable o imposible. Cuando Drogo oye los crujidos del suelo bajo las pisadas de esa presencia temida, que se acerca tan callando, inesperadamente lo invade un goce inefable, casi religioso; con su arte sutil, tejiendo con los silencios, Buzzati nos sugiere que no deberíamos temer ese último encuentro, porque es posible que en él nos aguarde el sentido de nuestra existencia.

Hermanos menores de Drogo, trazos mínimos al borde del abismo, los personajes de El regimiento parte al alba nos conmueven por su fragilidad y por la manera discreta y risueña con que anuncian la partida de su creador, que no pudo dejar de fabular hasta el final, como si el pudor del símbolo fuera superior a toda confesión. Desde las páginas de una pequeña agenda que se deshoja a medida que la leemos con un goce extraño, el maestro nos recuerda que cada uno de nosotros ya tiene prevista una cita con el misterio.

Guillermo Ruiz Plaza

Escritor - gruizplaza@gmail.com

Algunas versiones

de Il reggimento parte al’allba*

Dino Buzzati

(Versiones de Guillermo Ruiz Plaza)

El regimiento parte al alba. Por ciertos síntomas leves, por ciertos rumores que circulan, por la cara que ponen algunas personas al cruzarse con nosotros, llegamos a decirnos que nuestro regimiento se dispone a partir, y que bien podría hacerlo en un mes, por ejemplo, en un año o en diez, pero que, en todo caso, ya está preparándose.

He aquí lo que podríamos llamar un espléndido día de primavera, un nueve de mayo, sábado, delante de los edificios de la ciudad, hombres, mujeres y niños, atareados en torno a sus automóviles, cargan maletas, paquetes, juegos, tablas de windsurf, botes; se han vestido para salir de paseo y para el amor, la juventud, la esperanza, la vida.

Aun en los grandes patios de tu cuartel –solo Dios sabe dónde–, penetra un sol deslumbrante, pero hay un vaivén de mensajeros, de la trompeta se escapan ruidos insólitos que nadie o casi nadie percibe y resulta palpable una inquietud difusa. El coronel, el jefe de Estado Mayor y los demás oficiales superiores se han encerrado a trabajar en sus despachos aunque sea un sábado primaveral y los habitantes de la ciudad se predispongan a la ociosidad, la libertad, la alegría, tal vez precisamente porque el regimiento debe partir. ¿Será tu regimiento?

Esto no significa que seas militar de carrera. Pero todo el mundo sin excepción en tu ciudad y también más allá, en el campo, en los valles, a la orilla del mar, en todas partes, pertenece en cierta forma a un regimiento y los regimientos son incontables, nadie puede saber cuántos son, y por otro lado, nadie sabe cuál es el suyo, lo cual no impide que estos regimientos se agrupen a nuestro alrededor, aquí e incluso en el corazón mismo de la ciudad, aunque nadie se dé cuenta o se preocupe. Sin embargo, cuando parte un regimiento, todos los que le pertenecen deben marcharse con él.

Algunos pretenden que, a la inversa, se trata de barcos. Cada quien estaría inscrito en la lista de pasajeros de un barco sin conocer ni su nombre ni su ubicación. Y se trata de extraños navíos, capaces de zarpar del corazón de un desierto árido o de la ladera escarpada de una montaña. Pero da igual que sea un regimiento o un barco; lo cierto es que un buen día cada uno de nosotros tendrá que partir.

Yo. Voy a ver a mamá en los momentos difíciles. Ella me entiende de inmediato. Me espera en el vano de la puerta de nuestra antigua casa. Ella está y no está, no está más, en su cuarto solo encuentro el vacío, la nada.

Los mensajeros descuidados. Los médicos que lo tratan aseguran que solo es algo benigno, sin duda vale más mantenerlo vigilado y de tanto en tanto acuden, se van, regresan, lo encuentran mejor, claro, se puede decir que está recuperándose y, a la vez, no. No es que quieran jugar a los pájaros de mal agüero, entendámonos bien, por favor. Cada vez, al despedirse en el vano de la puerta, sueltan una palabrita que queda suspendida en el aire, una alusión, casi nada, una gota que cala, cala hasta que al fin entiende que está condenado.

Fragmento 1. En el campo de al lado una ráfaga de viento levantó dos hojas secas. Dieron vueltas en torbellino, se rozaron, se esquivaron. ¡Cómo se divertían! Un coqueteo melancólico. Volvieron a caer. Del norte bajaban largas nubes grises cargadas de invierno.

Fragmento 3. En plena discusión con el profesor de materialismo dialéctico, mientras parlamentaba con el padre Alfonso, General de los Jesuitas, en pleno entierro de su viejo amigo de infancia, ha pasado una con botas negras brillantes elásticas delicadas ciñéndole las pantorrillas, y encima, qué par de muslos descubiertos casi hasta el sexo.

Fragmento 18. Mi abuelo fallecido en 1915 sigue viviendo dentro de mi loro, que habla exactamente con la misma voz. Mi padre fallecido en 1928 sigue viviendo dentro de mi loro, que habla exactamente con la misma voz. Lo que da: “¡Vamos, muévete, hop, hop!” El loro con voz de barítono: “¡Alerta, centinela, alerta!” “¡Vamos, muévete, hop, hop!” El loro pronunciando las erres con nobleza: “¡Recuerda, nada de azúcar!”

El equipaje. Siempre lo ha cuidado mucho y lo ha mantenido listo para su uso.

Aunque ya no le servirá de nada. Porque hace las maletas con esmero. Pero ¿dejarán que se las lleve?

No. En el último minuto se lo impedirán.

Un muchacho amable. Esta mañana tocó a mi puerta un muchacho de lentes, muy bien vestido. “Disculpe usted si me permito molestarle en su casa”, me dijo. “Pero he pensado que podía ayudarle.”

Parecía cortés, reservado, lo hice pasar hasta el salón. Desconfiaba un poco, eso sí, y le dije: “Espero que no haya venido a ofrecerme un seguro de vida.”

Se echó a reír. Tenía un aire de atleta, estaba bronceado. “No, no, qué va…” Se sentó. “En realidad vengo a ayudarle con lo del regimiento…”

“¿Qué regimiento? ¿Se refiere a mi regimiento?”

Asintió con la cabeza. “Pero, por favor, no se alarme. No me han mandado para darle su hoja de ruta.”

“¿Así que usted trabaja para el Estado Mayor? ¿Y ha venido a decirme dónde se encuentra mi regimiento? ¿Y ya sabe cuándo parte, quiero decir: aproximadamente?”

De pronto me di cuenta de que estaba balbuceando. Me costaba respirar. A muchos les quita el sueño eso del maldito regimiento; yo, lo reconozco, formo parte de ellos.

“No, no soy miembro del Estado Mayor”, contestó el muchacho. “Soy, vayamos al grano, soy… digamos, un amigo. Que ha venido a tranquilizarlo. Desde hace un tiempo está usted nervioso, preocupado. ¿O me equivoco?”

“Pero ¿cómo lo sabe?”

“Son cosas que acaban por saberse, por adivinarse. Las fuentes de información son incontables. Y además vivo cerca de aquí, tal vez usted no se haya fijado en mí, pero nos cruzamos a menudo, y perdone la indiscreción, yo le tengo una gran simpatía, sin hablar de sus obras… sus obras que, lo digo sinceramente, admiro muchísimo.”

Empezaba a cansarme.

“Hablemos claro: ¿no le parece que este es un asunto… estrictamente personal?”

Una vez más se echó a reír, pero de una forma más bien simpática.

“Bueno, seré demasiado indiscreto. ¡Y usted tendría toda la razón al llamarme indiscreto! La tendría si fuera usted un cualquiera, uno más entre tantos, pero usted es… Siento mucho decírselo, señor, pero no estoy seguro de que sus preocupaciones sean estrictamente personales… Nos conciernen a nosotros, ¿sabe? Y también a mí, ¿entiende? Pero, por favor, no me mire así, no hay ninguna razón de alarmarse, no existe el más mínimo motivo de alarmarse…”

Era una mañana límpida, el sol daba con fuerza bajo las ventanas, sobre los árboles del jardín. Pero no por ello cesaron las palpitaciones en mi pecho.

En efecto, mientras hablaba, el muchacho había echado un vistazo a una revista que sobresalía ligeramente de una pila de publicaciones ordenadas en mi biblioteca. Se trataba de una revista americana de arte que representaba a mujeres desnudas. Es extraordinaria esa facultad que tienen las personas, sean quienes sean, de sentir, ni bien entran en una habitación donde puede haber más de diez mil libros, la presencia del único opúsculo obsceno que hay allí, y descubrir, con una precisión de zahorí, el sitio exacto en que se encuentra.

Por supuesto, el interés del muchacho por la revista me agradó y hasta me tranquilizó, en la medida en que, sin duda, a un mensajero del destino, a un heraldo del regimiento de la noche, no le interesan las revistas de desnudos. Sin embargo, estaba llegando al límite de mi paciencia.

“En definitiva”, dije, “¿se puede saber…?”

“Bueno, pues”, respondió confuso o fingiendo que lo estaba, “voy a serle sincero hasta el final, señor: no he sido honesto con usted. Le he estado tomando el pelo. Sí, es verdad, en cierta forma, estoy aquí por lo del regimiento, pero de ninguna manera para traerle noticias o aportarle datos. Créame, no sé nada de eso, a todas luces sé mucho menos que usted; si tuviera sobre el asunto informaciones un poco específicas, ¡tenga por seguro que no estaría aquí en este momento!”

“¿Y entonces?” La verdad, ya estaba harto.

“Bueno. Trabajo para Astra, soy simplemente empleado de Astra, ¿me entiende? Queremos proponerle un trato y modalidades de pago extremadamente ventajosas…”

“¿En los Seguros?”

Bajó los ojos, avergonzado.

¡Ajá! Así que había adivinado desde el principio.

Un alivio inmenso. Me sentía renacer. Otra vez tranquilo, seguro de mí mismo, mordaz.

“Escúcheme bien”, le dije, y se lo dije en un tono que no le dejaba más remedio que levantarse, “está usted perdiendo el tiempo…”

“Ah, siento muchísimo que se haya enojado, le juro que no era mi intención preocuparlo.”

“Sí, ya me lo imagino. Pero no vale la pena hablar de ello: a mi edad, uno ya no se asegura. De todas maneras, las primas del seguro saldrían carísimas. Y además, ¿para quién?”

“Para su esposa, por ejemplo.”

“Mi esposa, gracias a Dios, tiene su propia fortuna; no está necesitada…”

Su mirada volvía a posarse en la porción de la revista americana que sobresalía.

“Pero a ver, de hombre a hombre, ¿tanto le interesan las revistas de desnudos?”

Fingió sorpresa, pero sin aspavientos.

“Si me gustan…”

“Sí, las revistas de chicas desnudas. Las mira usted con insistencia, no crea que no me di cuenta.”

“Pero ¿cómo? ¿Yo? ¡Qué va! Le aseguro que…”

Fui a buscar la revista de la estantería y se la tendí.

“Es una de tantas que se publica en California. ¿Las conoce? Nada mal, ¿eh?”

Cuán desenvuelto me sentía, cuán seguro. Risueño, con evidente placer, el otro abre la revista y la hojea.

“Dígame con confianza”, le dije, “si la quiere…”

Se resistió un poco. Yo insistí.

“Pero en serio, que no le dé corte, tengo muchas. Aparte de ya sabe, me sirven mucho para mis dibujos…”

Se rio.

“Ja, ’aparte de ya sabe’, esa sí que es buena. Yo también las encuentro excitantes, ¿sabe? Pero no, no… gracias…”

Saqué cuatro más y se las puse en las manos.

“Qué quiere: tengo una buena colección…”

“Es usted demasiado amable… no sé cómo agradecerle.”

Sin embargo, no parecía avergonzado. Seguía sonriendo. Lo había dejado al descubierto.

Pero una vez en el rellano, cuando yo ya había llamado el ascensor y la luz roja parpadeaba, el muchacho se volvió y me miró a los ojos con fijeza, sin sonreír ni un poco, sus rasgos bruscamente impregnados de una especie de inquietud, de aprehensión, diría incluso de angustia.

El ascensor había llegado, se abrió la puerta metálica, entró. Había levantado la mano derecha, como para advertirme de algo. Con la izquierda, aferraba mis revistas de desnudos.

“Olvídese”, dijo. “No hay por qué preocuparse, se lo aseguro, el regimiento…”

La puerta ya se había cerrado con un ruido leve.

Desapareció. Aún pude oír el rumor sordo del ascensor que bajaba. Y luego el silencio. En mitad de la mañana, en la inmensidad de mi residencia, un silencio atroz.

30 de agosto de 1970

* Ediciones Frassinelli, 1985



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