Cochabamba, lunes 17 de diciembre de 2018

Bertolucci, un hombre del Novecento

Un repaso de la obra del gran cineasta italiano, que murió la semana pasada, a los 77 años, dejando tras de sí piezas imprescindibles de la filmografía universal como Accatone, El conformista, El último tango en París, Novecento o El último Emperador.
| Claudio Sánchez | 02 dic 2018



Más de un periódico latinoamericano ha utilizado este mismo titular: “Adiós a El último emperador del cine italiano”. Página 12 de Argentina –por ejemplo– daba de este modo la noticia del fallecimiento del cineasta italiano Bernardo Bertolucci, el pasado 26 de noviembre.

Haciendo este parafraseo al título de uno de los más importantes trabajos dentro de la filmografía de Bertolucci se hace un gentil gesto de homenaje a quien supo llevar a la pantalla grande sólidos discursos sobre cuestiones tan importantes como “el poder” o “la lucha por el poder”. Si bien su obra –quizás– más comentada puede ser El último tango en París (1972), protagonizada por Marlon Brando y Maria Schneider; su opción por revisar la historia tiene su punto más alto en Novecento (1976), aquel largometraje también polémico por cómo presenta la lucha de clases –viendo la propia historia de Italia en los primeros cincuenta años del siglo XX- y de qué manera pone en escena un filme que en su “corte de autor” sobrepasaba las cinco horas de duración.

Novecento estuvo protagonizada por Robert de Niro y Gerard Depardieu, y aunque la leyenda cuente que Bertolucci buscó a Brando en Los Ángeles para que trabajaran juntos en este proyecto (inmediatamente posterior a El último tango en París), y que el actor “fingió que no estaba allí”, como el propio director declaró alguna vez, el polémico retrato de la sociedad italiana y del país en su conjunto que propone el cineasta en esta nueva obra es definitivamente una de las grandes piezas de la cinematografía mundial. Novecento, que tuvo distintas versiones de acuerdo con su duración, que fue modificada en muchos países, en 2008 vio la luz –en formato DVD– en su versión completa como originalmente había sido creada.

Bertolucci no representa en ningún caso uno de esos artistas huérfanos de referencias nacionales, o de ruptura dentro de una forma y tradición italiana. Desde sus inicios trabajó con Pier Paolo Pasolini (por ejemplo) en Accattone (Pasolini, 1961) como ayudante de dirección, y un año después dirigiendo La commare secca (1962), primer largometraje de Bertolucci con libreto de Pasolini. Es a partir de esta relación que se puede entender la continua reflexión sobre cuestiones políticas y sociales. En realidad se puede decir también que Bertolucci da continuidad a ciertas ideas –no sólo cinematográficas– de Pasolini, y de este modo, carga con una ideología rebelde su propia filmografía.

Novecento va a contar con dos participaciones que son también geniales e irreproducibles. Se trata de la fotografía de Vittorio Storano (un par de años antes de lograr el Oscar por Apocalyse Now de Francis Ford Coppola) y la música de Ennio Morricone, quien ya había trabajado con Sergio Leone en varios de sus spaghetti western.

Bertolucci continuaría trabajando con Storano, y juntos vivirían su momento de gloria con –justamente– El último emperador (1987), una película que ubicaría nuevamente al director italiano en la cresta de la ola, y lo devolvería a los grandes circuitos comerciales internacionales luego de haber conseguido nueve premios Oscar, entre ellos a Mejor Película, Mejor Director y Mejor Fotografía. El éxito le sonreía nuevamente a Bertolucci y conseguía confirmar su talento, renovando la confianza de la industria en su trabajo.

Una vez más una historia sobre “el poder” es la que convoca a Bertolucci. Una vez más los primeros años del siglo XX lo cautivan y él puede llevar a la gran pantalla una historia de la historia develando con maestría ciertos elementos de una cultura milenaria. El último emperador es una pieza clave dentro de su filmografía y logra recordarle al mundo la importancia de reconocer la dinámica de los sucesos históricos, aquellos que pueden ser referencias importantísimas a la hora de pensar fenómenos sociales más actuales y contemporáneos.

Bertolucci merece múltiples revisiones, y sin duda Novecento es una de las piezas que permite pensar al director en una de sus dimensiones más profundas, aquella en la que piensa su propio tiempo desde el pasado. El cineasta consigue reflexionar sobre el aquí y ahora desde un pasado no tan lejano y alcanza a perfilar su idea sobre el mundo, sobre aquello que está ocurriendo mientras piensa cómo narrarlo.

Será con una de sus últimas películas, precisamente, que Bertolucci reflexiones sobre su propia relación con la historia, cuando en Soñadores (2003) lleve a la pantalla un guión ambientado en los años sesenta, y más precisamente en Mayo del 68, haciendo un homenaje a la generación del 68, dejando para la posteridad una declaración de amor al cine preciosa, y recuperando muchos de los temas que han recorrido su filmografía. Bertolucci es, sin duda, uno de esos cineastas imprescindibles a la hora de pensar el séptimo arte.



Gestor e investigador de cine - mardecine@gmail.com



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