Cochabamba, jueves 13 de diciembre de 2018

In Memoriam Bernardo Bertolucci: La carroza de heno

El autor reconstruye algunas de las imágenes más poderosas que la obra del cineasta italiano le dejó en su memoria, y defiende su arte más allá de los juicios morales que en los últimos años lo golpearon, sobre todo por El último tango en París.
| Xavier Jordán A. | 02 dic 2018



Dicen que se llamaba Anna Henckel en la vida real y no sé si me importa. No me importa en lo absoluto si era alemana y por eso en el filme se nota el doblaje al italiano un poco atropellado e inexacto. No me importa lo histriónica que se pone en sus gritos y contorsiones o lo anacrónico que ahora pueda sonar su monólogo sobre la libertad y la revolución. Tan solo me importa ella subida en el carro de heno, hermosa y viva como una diosa, siendo el centro de atención de la cámara de Storaro, que mueve de arriba abajo y de izquierda a derecha el ojo que muestra los campos de heno, las torres de heno, los rostros de las mujeres que apilan el heno y en todas partes ella, Anna en la vida real, Anita en ese sueño hecho de celuloide y de heno que es un homenaje a El Bosco, pero también a Pasolini, a Visconti y hasta al Fellini de Amarcord. Sí, me importa solo el hecho de tener esa secuencia en mi memoria y agradecerla ahora por ser el recuerdo central que tengo de Novecento, que algunos dirán que es una película, pero muy bien yo sé que es una galaxia de emociones, de imágenes superlativas y de estrellas hechas del ayer: Sterling Hayden, Donald Sutherland, Burt Lancaster, Gérard Depardieu, Stefania Casini y hasta Robert de Niro.

En ese universo veo una procesión de cadáveres calcinados, un gato que matan porque pueden matar, una violación no consumada pero que deja la misma secuela, una policía montada que se lanza a caballo sobre los cuerpos de mujeres que se tienden en el piso como protesta, rabia e impotencia. Veo el crimen, el hambre y la miseria. Veo el dolor, el miedo y la inocencia. Veo la amistad rota y recuperada, el amor perdido y el dolor eterno. Mujeres que gritan y que lloran, que sueñan y que sonríen. Veo el carro de heno que era de El Bosco convertirse en el de Anna Henckel y así, dejo de ver una simple película. Veo una perfecta, pura, incuestionable, inconmensurable, absoluta obra maestra de esa gran ilusión llamada cine y que en las manos de Bernardo Bertolucci se hace inmortal, imperecedera. Entonces pienso: ¿Qué importancia tiene que Bernardo Bertolucci haya sido Bernardo Bertolucci?

Como es ya casi una tradición de nuestros tiempos, la memoria de Bertolucci y la pertinencia de rendirle un homenaje por su reciente muerte están siendo cuestionadas en aras del juicio a su vida personal. Bertolucci dijo en una entrevista que la brutal escena en la que Marlon Brando viola a Maria Schneider, en El último tango en París, fue una violación real, que ella nunca fue advertida de lo que pasaría en cámaras. Ciertamente, eso convierte a Bertolucci en una persona repulsiva. Sin embargo, eso no desdice ni malogra su descomunal aporte al cine. Ingmar Bergman perteneció al Partido Nazi. ¿Eso desvirtuaría la calidad y belleza de El Séptimo Sello? El último tango... es otra obra maestra. Es escudriñar en el territorio de la maldita soledad, del vacío más espantoso, de los miedos más profundos. Todo está bien en ese film: el guión, la música, la fotografía, la escenografía. Pero, sobre todo, está bien la sordidez con que se presenta la condición humana, porque aborreces de ella, porque dejas de ver el filme y has sido herido de muerte por la interpelación, porque no quieres ser eso y ahora intentarás evitarlo a toda costa. Y la silueta de Marlon y el sombrero de María se aparecen en tu vida para recordarte que una vez pudiste haber sido ellos. ¿No es acaso eso la función del arte?

Por eso yo no tengo complejos en admirar la obra de Bertolucci. Fue un esteta, un irreverente, un díscolo, un provocador, un innovador. No hubo tema sensible que no tocara de tal forma que sabía convertir la repulsión en ternura. En La luna, una madre baña a su bebé, le besa los pies, lo acaricia, le da miel de entre los dedos y todo eso es de un erotismo insultante, escandaloso, pero estremecedoramente hermoso. Bertolucci fue un dios y los dioses no se juzgan por su moral. Lo que le hizo al cine, sobra y basta para homenajearlo, admirarlo y venerarlo, porque no me importa él, sino su arte, su bendito arte y jamás una obra de arte debe medirse por la calidad humana del artista. Cierro lo ojos ensayando este texto y no pienso en Bertolucci, en su rostro o en sus palabras. Pienso en esa hermosa mujer que se retuerce en cuerpo y alma subida en una carroza de heno y me parece estar a su lado en éxtasis estético. Me importa esa clara imagen del estupor que solamente causa la noción de lo bello y a este punto no me importa en lo absoluto si en verdad se llamaba Anna Henckel. Para mí siempre será la Anita de Novecento, de ese Bertolucci que la imaginó absoluta subida en la carroza de heno.

Comunicador y docente universitario - xordanov@gmail.com



TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR:

MÁS NOTICIAS DE « RAMONA »:

Opinión en Twitter
Opinión en Facebook
Portada Impresa