Cochabamba, sábado 23 de marzo de 2019

La acción en las calles, la imaginación y la memoria en el apartamento (1)

Una evocación personal del cineasta italiano recientemente fallecido, que se detiene particularmente en El último tango en París y The dreamers.
| Andrés Laguna | 02 dic 2018



La primera y, probablemente, una de las únicas películas que me prohibieron ver fue El último tango en París (1972). ATB la emitiría y sabía que era importante, que debía verla a toda costa. Discutí durante horas con mi mamá sobre mi madurez y sobre mis necesidades cinéfilas. Secretamente, lo único que quería era ver una película con alto contenido sexual. En ese sentido, debo confesar que me decepcionó. Pero, por otro lado, me inició en otras experiencias. A mis nueve o diez años descubrí que estar encerrado en un departamento podía ser una forma de libertad, que los amores pueden ser trágicos y que otros distintos a los que conocía eran posibles cines. Esa película cumplía con las promesas de Mayo del 68, experimentaba formalmente, intentaba romper los valores morales imperantes, era liberadora, provocadora. Además detonaba nostalgia y dolor. Igual que Mayo. Lo que comienza siendo una extraña celebración del encuentro de dos cuerpos, termina siendo un rasgado gemido dedicado a la soledad y a la desesperación.

Bertolucci es responsable de varias películas que cuando las vi por primera vez, las consideré obras maestras, entre ellas Antes de la Revolución (1964, que realizó cuando solo tenía 24 años), El Conformista (1970), Novecento (1976), El Último Emperador (1987, film que ganó el Oscar) y, la mencionada, El último Tango en París (1972). Hoy día no creo que ninguna de ellas me despertaría grandes emociones, quizás, exceptuando a esta la última. Pero, si de gustos irracionales se trata, mi favorita es The Dreamers. 31 años después de El Último Tango en París, el maestro italiano nos conduce a un departamento y a una ciudad en la que todos los jóvenes, creyendo ser realistas, exigen lo imposible. The Dreamers es otro homenaje a esa ciudad por la que marcharon los que creía que la imaginación debía tomar el poder.

La cinta está protagonizada por Matthew (Michael Pitt), un joven estadounidense de San Diego que está en París para estudiar por un año, pero, que se pasa todo el día en la Cinemathèque, y los gemelos Isabelle (Eva Green) y Theo (Louis Garrel), seres bellos y seductores, hijos de un famoso poeta e intelectual francés de izquierda. Los tres chicos se conocen en una manifestación, frente a la Cinemateca, protestando en contra de la decisión del Gobierno francés de destituir a Henry Langlois, su mítico director. Una puesta en escena melodramática y snob de la revuelta. Según Bertolucci, las revueltas de Mayo comenzaron como respuesta a un atentado en contra del cine. Lejos de la historia, pero demasiado cerca del corazón de un cinéfilo.

Isabelle y Theo invitan a Matthew a pasar unos días en su departamento, sus padres están de viaje y ellos tendrán total libertad. Desde ese momento el trío no se separará. Entre juegos eróticos, incestuosos, orgiásticos, recreaciones cinematográficas, discusiones sobre política, pasarán algunos días intensos imaginables. En cuatro paredes vivirán su verano del amor particular. Toda la cinta es un homenaje al cine y al placer erótico que puede provocar. Lo que viven esos jóvenes hermosos, se funde con imágenes de archivo de las películas que aman, de esas que los conforman. En una secuencia, Isabelle le dice a Matthew, “Yo entré en el mundo en 1959 y mis primeras palabras fueron: ‘New York Herald Tribune!’”. Ella, como tantos de nosotros, renacimos cuando vimos por primera vez a Jean Seberg en À bout de souffle. En otro momento, vemos a Isabella caminando sigilosamente por el cuarto en el que están durmiendo los chicos, tocando las superficies de todos los objetos, haciendo una perfecta imitación de Greta Garbo en Queen Christina. En otros, Matthew y Theo discuten ferozmente sobre quién es más grande, Charles Chaplin o Buster Keaton. En una de las escenas más potentes de la película se ponen a correr por el Louvre, buscan romper el récord impuesto en Band à part. En otra, cuando los hermanos, reconocen al joven estadounidense como uno de ellos, reproducen el canto de aceptación de Freaks. La película entiende que el cine es repetición. Y que toda repetición es creación. Y que toda creación es una forma de liberación.

Betolucci también fue una figura que marcó a un cine europeo que durante décadas se autolegitimó en cierta experimentación formal y forzada, que creyó que debía ser un manifiesto políticofilosófico y daba licencias para la perversión y la irresponsabilidad (basta recordar lo que pasó con Maria Schneider). Después de su obra, muchos creyeron que hacer cine es juntar una serie de imágenes que escandalicen a señores mayores. Pero, cuando se olvidaba de querer pulverizar a la moral burguesa, era capaz de construir momentos que vuelven a nosotros en nuestros sueños.

(1) Esta es una reescritura de un texto que publiqué hace una década, recordando el homenaje que hizo Bertolucci a Mayo del ’68 en The Dreamers.

Filósofo y docente universitario – andres.laguna@gmail.com



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