Cochabamba, miércoles 23 de enero de 2019

El funeral de la gloria

Crítica de la película First Man dirigida por el ganador del Oscar a Mejor Dirección Damien Chazelle (La La Land), disponible en salas locales. 
| Javier Ocaña El País | 25 nov 2018



Con El Álamo y Apolo XIII como exponentes máximos, el cine estadounidense, y ese modo de ser tan suyo, fundamentado en el orgullo, el patriotismo, la dignidad y la ética del trabajo, ha convertido no pocas veces sus derrotas históricas en películas victoriosas. Algo que, de todos modos, habitaba de forma intrínseca en las acciones y conductas de sus personajes, y que se dejaba traslucir en los subtextos de los relatos.

Sin embargo, lo que no habíamos visto tanto es la narración de un hecho glorioso con los modos y los matices de la derrota. Una celebración como la llegada del hombre a la Luna, narrada con la gravedad de un hecho luctuoso. Una película sobre la conquista, asentada en el irremediable trance de la muerte. Y así es First man (El primer hombre), visión solemne de Damien Chazelle de la carrera espacial, centrada casi exclusivamente en la figura de Neil Armstrong, el ser humano que logró poner los pies en el satélite pero no pudo salvar la vida de su hija. La gloria de un funeral. El funeral de una gloria.

Chazelle, de nuevo fiel a una filmografía con la pérdida como eje central, ha rodado su película en formato panorámico, pero le ha dado al aspecto y la textura de una filmación casera de súper 8 o de 16 mm de aquella década de los sesenta: esquinas redondeadas a la manera de las diapositivas, fotografía de colores matizados, textura con cierto grano. La familia, y su destrucción a causa del fallecimiento por cáncer de una de las hijas del astronauta, sobrevuelan el relato con mayor esencialidad que la propia aventura. Y aunque ya desde la primera secuencia se intente trasladar a la platea las sensaciones físicas de opresión, agobio y peligro de los pioneros del espacio, como ya hizo la futurista Gravity (2013), llegado el momento del clímax, también reaparece el interior del propio personaje, su trauma, su obsesión.

La bellísima mirada de Claire Foy, de una admirable hermosura natural, complementa el discurso sobre la (im)potencia del ser humano en una aparente película sobre la fortaleza y el triunfo. Y apenas hay más personajes, porque los demás están expuestos a través de pinceladas impresionistas más que por medio de un desarrollo convencional.

El director de Whiplash y La La Land ha compuesto una película extraña, pero casi siempre fascinante, y desde luego chocante: un relato sobre la toma de los espacios abiertos, articulada en base a encuadres muy cerrados y a primerísimos planos. Y ha convertido una victoria colectiva en una odisea personal; el desafío del género humano y de un país, en el duelo de un solo hombre.

Crítico de cine y periodista



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