Cochabamba, miércoles 23 de enero de 2019
[La Lengua Popular]

Apuntes para un cuaderno de filosofía

El 15 de noviembre se celebró el Día Mundial de la Filosofía. A manera de conmemorar esta fecha, proponemos una reflexión acerca del ejercicio filosófico.
| Iván Gutiérrez M. | 18 nov 2018



Humberto Giannini advierte en su libro La “reflexión” cotidiana que cuando se dice que la filosofía tiene un aspecto esencialmente autobiográfico –o incluso, diarístico- se está diciendo de otro modo que la filosofía, si quiere conservar su seriedad vital, sus referencias concretas, no debe desterrar completamente de sus consideraciones el modo en que el filósofo viene a encontrarse implicado y complicado en aquello que explica.

El reciente 15 de noviembre, por instauración de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), se festejó el día mundial de la filosofía. Fecha que tiene como objetivo recordarnos la importancia fundamental de la reflexión sobre aquello que nos rodea, para, de alguna manera, tener un vínculo más auténtico con las urgencias de nuestras preguntas más vitales, tanto individuales como colectivas.

Siento que la urgencia de tener un día específico para la filosofía nos debe mover a tratar de responder qué entendemos por eso que llamamos “filosofía”. Más allá de todos los ejercicios conceptuales y vivenciales que podamos hacer para responder esa pregunta, que irónicamente podrían ser todas las respuestas verdaderas y falsas.

Pero, creo que lo que no debería entrar en un relativismo de interpretación es el hecho de que para hacer filosofía necesitamos del asombro de escuchar a ese otro que nos interroga con su sola presencia, atender eso que nos demanda atención de mirarlo varias veces, eternas veces.

Incluso en la pregunta más esencial por nuestro ser, cualquier intento por afrontar el conflicto, nos llevará a la inevitable posición del diálogo, aunque sea con nosotros mismos.

Es a partir de la forma en la que lo que nos rodea se va vinculando con nosotros que, de alguna manera, nos vamos liberando y complejizando en la pregunta acerca de lo que vamos siendo en nuestro tiempo. Es decir, nos vamos explicando. En esa experiencia es que estamos participando del ejercicio filosófico

Fiódor Dostoyevski, en una de sus monumentales novelas, abre su historia con un encuentro entre el habla y el oído adecuado, dejándonos en claro que lo más común a lo humano es el asombro de la aparición de ese otro a nuestra vista.

El mundo permanece ahí, cerca de nosotros, a veces en un diminuto espacio y otras veces en una enormidad. Y a pesar de ignorar las posibilidades en las que podríamos relacionarnos, o implicarnos con ese otro que, al parecer, solo comparte un espacio lejano de un vínculo más profundo, está ahí porque eso que está ahí nos permite la posibilidad del asombro.

Prácticamente es el diálogo la única virtud de sus dos personajes carentes de equipaje, de ropa, incluso de madurez. Pero son estos dos viajeros los que van a inaugurar todo el universo literario de El idiota.

“En uno de los coches de tercera clase iban sentados, desde la madrugada, dos viajeros que ocupaban los asientos opuestos correspondientes a la misma ventanilla. Ambos eran jóvenes, ambos vestían sin elegancia, ambos poseían escaso equipaje, ambos tenían rostros poco comunes y ambos, en fin, deseaban hablarse mutuamente. Si cualquiera de ellos hubiese sabido lo que la vida del otro ofrecía de particularmente curioso en aquel momento, habríase sorprendido, sin duda, de la extraña casualidad que les situaba a los dos frente a frente en aquel departamento de tercera clase del tren de Varsovia.”

La pregunta filosófica afronta ese estar desposeído de cosas, pero con el deseo de entablar un diálogo. El ejercicio del pensamiento filosófico requiere de la sensibilidad seria del niño que asume su rol de policía o villano en el jardín junto a los otros que también sintonizan con ese espíritu.

Es de vida o muerte transformar esa porción de tierra en lo que requiere el alma de la tarde de sábado. El no afrontarlo con el cuidado necesario implica una traición a los otros, el no asombrarse por el humo del cañón de sus dedos es dejar de existir en eso que es toda la galaxia más hostil por la guerra, pero más humana y cálida para el que lo cree, hasta que es interrumpido por la voz del adulto.

El niño no duda de ser un niño, no tiene conflictos con volver a casa dejando al policía o al villano, se despoja de la actividad y rápidamente vuelve el mundo a asumirlo como es. Pero si hay una certeza durante el tiempo que dura en el jardín. Todos los que estuvieron ahí asumieron el mundo, les fue un buen lugar para dejarse estar.

La novela de Donoso Este Domingo retrata un pasaje de la infancia del autor, cuando comenzaba a construir su mundo a partir de lo que lo rebasaba y lo asombraba. Es desde este asombro que el autor se permite hacer una versión más fuerte de él mismo.

“El río ruge encerrado en su cajón de piedras como una fiera enjaulada. Las crecidas de este año trajeron devastación y muerte, murmuran los grandes. Sí. Les aseguraré que oí sus rugidos: mis primos boquiabiertos oyéndome rugir como el río que arrastra cadáveres y casas… sí, sí, yo los vi. Entonces ya no importa que ellos sean cuatro y yo uno.”

El modo en el que se va sintonizando la escucha, es el que nos acerca a la reflexión filosófica, es en esa medida en la que el trabajo de la reflexión nos permite encarar la forma del mundo. Es la sensibilidad del asombro lo que nos hace pensar en nuestro recaudo en medio de la balacera del jardín. Porque, como Camus afirma, el mayor problema de la filosofía debería ser si vale o no la pena vivir.

Escritor y docente - gutimoscovan@gmail.com



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