Cochabamba, miércoles 23 de enero de 2019

Hallan al Amante Gitano, el eslabón perdido en el patrimonio del rock boliviano

Apuntes sobre la historia del género en el país.
| Tatiana Suarez Patiño y Mauricio Torres Valdivieso | 18 nov 2018



La cultura de cada lugar es el resultado de sus cambios sociales, políticos y económicos, así como de las transformaciones que atraviesan otros países durante este proceso de construcción cultural. Estos fenómenos no son hechos aislados, sino eslabones que se engarzan con otros para crear la gran cadena de la memoria colectiva. Y eso es, precisamente, lo que se ha encontrado ahora: El Amante Gitano. Este disco, que estuvo perdido durante décadas, es uno de esos eslabones musicales que debería resonar fuertemente en la cadena sonora de nuestra historia. Pero, no lo hace.

Cuando no se realiza la conservación y documentación de alguna manifestación cultural es como si uno de estos eslabones desapareciera, lo que provoca que esta cadena sea muy corta o se rompa, impidiendo su vinculación con el resto de las prácticas culturales, o como en este caso en específico, ocurre que este disco no existe en los libros ni en la memoria, pero si en materia y en sonido.

Así como se realiza la investigación, registro, conservación y catalogación de nuestros bienes arquitectónicos, arqueológicos, artísticos, bibliográficos, también es imperativo realizar la documentación de nuestra producción musical.

Bolivia es un país que se escribe con fiesta, ¿y qué es una fiesta sin música?

En la actualidad, la producción folclórica es la más ampulosa de nuestra historia y la siguen muy de cerca la cumbia y los ritmos criollos. Sin embargo, la creación sonora de Bolivia ha dejado hitos en otros géneros menos consumidos por nuestra sociedad como el heavy metal, rocanrol, el pop, el punk, el hip hop, el reggae, ska, entre otros.

A estos géneros musicales, dentro de nuestro país, no se les ha dado la importancia necesaria en el área de la conservación. El resultado es una escasa producción intelectual y de documentación sobre esta temática.

En esta primera entrega sobre nuestra herencia cultural sonora, queremos mostrarles estos hitos perdidos y hacer hincapié en los eslabones del rock que a duras penas han logrado convertirse en una cadena de la memoria musical rockera de Bolivia.

Este texto no pretende hacer una arqueología del rock boliviano, puesto que ese trabajo merece un estudio académico más riguroso para que pueda ser considerado como una fuente seria de consulta. El objetivo general de esta nota es informar sobre un hallazgo importante, abrir una puerta de diálogo y lanzar algunos datos, provocaciones y reflexiones más profundas para que el rock nacional sea considerado como un objeto digno de estudio académico y se trabaje por su conservación.

Un pilar fundamental para la conservación de cualquier manifestación cultural tiene que ver con el conocimiento de la misma, no se puede conservar aquello que no se conoce y muchos datos relacionados al rock se conocen a partir de una voz popular que se transmite de generación en generación.

En muchos casos estos datos no pueden ni deben considerarse fuentes cien por ciento fiables, pero, por lo que se menciona antes, solo se cuenta con eso: una serie de mitos urbanos y anécdotas que narran algunos momentos trascendentales.

Sucede que estas anécdotas, en la mayoría de los casos, se quedan dentro de un círculo de conocedores, excluyendo al resto de la sociedad que ignora estos hechos, impidiendo su vinculación y, por ende, la apropiación cultural.

Estas anécdotas, aunque imprecisas, son los datos más valiosos con los que contamos para comenzar a estructurar nuestra “memoria rockera”.

Una vez hecho este preámbulo necesario, a continuación, queremos compartirles la historia del disco perdido del patrimonio rock en Bolivia.

Un eslabón importante en la cadena de la memoria cultural musical es la banda de heavy metal ochentera Metalmorfosis. Esta agrupación nació en 1985, fundada por Mauricio Torres (voz), y, originalmente, estuvo compuesta por Gabriel Dávila (guitarra), Micky Mango (guitarra), Vladimir Arzabe (batería) e Isamu Sato (bajo).

Dada su trayectoria y aporte musical, en la actualidad se consolidaron como una banda de culto del heavy metal hispano y sus discos son altamente cotizados entre melómanos y coleccionistas de vinilos (para mayor información sobre este tema sugerimos visitar la página web www.discogs.com, una plataforma web donde se encuentran los más raros “especímenes” musicales).

Tras la separación del grupo en 1989, todos los integrantes siguieron caminos separados dentro de la movida musical. Uno de ellos, Gabriel Dávila: el protagonista central de esta anécdota.

Gabriel, deseoso de seguir produciendo música, pero limitado por su carácter, decide grabar un disco solista con el apoyo económico y moral de su madre, quien financió y contrató los servicios de Discolandia a finales de los años ochenta.

Así es como nace el Amante Gitano, el proyecto donde él realizó todo: grabó todos los instrumentos -menos la voz; el vocalista invitado fue Vladimir Durán, vocal chileno de la banda Stratus-, hizo los arreglos y masterizó a su gusto.

El disco se presentó en La Luna un pub music bar regentado por Martha Cárdenas en la calle Oruro. Aquella presentación resultó ser un fracaso en ventas, se vendieron muy pocos discos y al lugar asistieron pocas personas, a pesar de que la propuesta musical del disco era bastante avanzada para su época.

El músico, pese al desánimo que le dejó esta situación, entregó en el mismo lugar otros 50 discos en consignación, con el fin de ponerlos a la venta. No obstante, fue tanta la mala suerte que, unos meses más tarde, unos ladrones ingresaron al boliche y sustrajeron no solo equipos y dinero, sino también los discos de Gabriel y con ellos su deseo de triunfar en la música.

Se cree que el resto de los discos se encuentran en poder de su familia, puesto que no fueron comercializados ni por ellos, ni por Discolandia, y, en la actualidad, este disco es una rareza que se encuentra entre los más demandados y requeridos dentro del mercado de coleccionistas especializados, quienes andan en busca de aquellos 50 ejemplares robados y del rastro de Gabriel, que desapareció en la Cochabamba de los noventa.

Una pregunta importante: ¿por qué este disco casi inédito es tan cotizado y, a la vez, uno de los hitos más importantes para contar la historia del rock ochentero en Bolivia? Durante esa década, quizá producto de las dictaduras y otros factores sociales, hubo una escasa producción de discos dentro del género rock. Entre los que resaltan están el disco Stratus (1983) de la banda homónima, Tiempo y Espacio (1985) de BJ4 , Metalmorfosis (1986) del grupo del mismo nombre, Mario (1987) de Trueno Azul (1987), Extended play (1989) de OM y el disco de nuestro protagonista, al que la historia le ha negado un espacio dentro de las compilaciones de los estudiosos sobre este tema.

Hubo sí, muchos demos, cassettes, y producciones caseras, pero discos producidos por grandes sellos discográficos: muy pocos.

Este disco perdido de la memoria contemporánea es tan solo uno de los tantos que, tal vez, se han diluido en nuestra historia por la falta de documentación, difusión e investigación profunda sobre el rock nacional.

A este trágico acontecimiento se suma el hecho de que las grandes productoras musicales del momento como Discolandia, Heriba y Lauro conservaron solo los másters finales de las grabaciones de los músicos que han producido, no conservan los proyectos de grabación, descartando así la posibilidad de una reedición, remasterización y comercialización de los productos de estas décadas.

La preservación de la producción sonora es un trabajo holístico que debe comprender los siguientes aspectos: 1. Conservación del sonido (proyectos de digitalización), 2. Conservación del contexto social (investigaciones y producción teórica), 3. Preservación del soporte (planes de conservación y restauración de la materia) y 4. Conservación de los sistemas de reproducción (restauración y conservación de equipos de reproducción sonora).

Así como no podemos omitir a ningún presidente de nuestra historia, tampoco se debería omitir a ninguna banda, artista, poeta o músico. La música es tan importante para la herencia cultural de un país como la arquitectura o la arqueología. No solo porque aporta a la generación de pensamiento y cultura, sino porque, a diferencia de muchos otros tipos de patrimonios, la música sí genera adhesión social, permite una vinculación más fuerte y honesta, aporta a la creación directa de una identidad singular y, a la vez, plural. Eso sin mencionar que mueve un mercado de consumo aun más grande que el turismo histórico.

Estudiar, documentar, reproducir, escuchar y preservar la música es el más alto ejemplo de adelanto cultural y así como la vida sin música sería un error, no conservar la música que se produce es la tragedia de estar vivo.

Melómano, cantante y compositor - mauxetv2@gmail.com

Conservadora y restauradora de bienes culturales - restauraciones.supay@gmail.com



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