Cochabamba, miércoles 23 de enero de 2019

Perdido en el trópico de las ideas

Crítica de Soren, el más reciente filme del director boliviano Juan Carlos Valdivia, actualmente aún en cartelera en el interior del país. 
| Luis Brun | 18 nov 2018



Soren, la quinta película del realizador boliviano Juan Carlos Valdivia, ha sido estrenada hace una semana. Las primeras imágenes que vi de esta obra fueron los fragmentos revelados en teasers y trailers. Imaginé entonces que estaría frente a una obra en la que confluyeran los rasgos más distintivos del cineasta paceño, el melodrama de sus primeras películas, la mirada política de su segunda etapa, y el trabajo en la puesta en escena, especialmente en el diseño de producción, que siempre fue cuidado, pero que en Zona Sur e Yvy Maraey alcanzaron una fuerza expresiva que llamó la atención no solo de la crítica local, sino internacional. Una vez vista la película en su integridad, confirmé algunas intuiciones y quedé sorprendido con el resultado final.

Una de las primeras escenas de Soren se sitúa en una fiesta rave más que peculiar. Estas fiestas temáticas y privadas, denominadas (en algunos casos) “electropreste”, son un feliz encuentro entre dos élites, la tradicional y la emergente, esa que Valdivia muestra en las últimas escenas de Zona Sur como uno de los giros argumentativos más importantes de la película. En los “electroprestes”, se dice, el derroche y la exuberancia son el leitmotiv, en donde se aprovecha el encuentro para celebrar una bolivianidad renovada. Hay mixtura, cerveza, luces led, colores dorados y fucsias, morenos y kusillos, beats europeos acompañando el latente fervor nacional de conocerse y reconocerse, con máscaras propias y prestadas, integración y apropiación cultural al mismo tiempo, un preste sin deidad, o tal vez con una nueva, finalmente, un negocio, la paradoja de un capitalismo revitalizado. En Soren, Valdivia aborda este fenómeno periféricamente, la puesta en escena se queda corta para retratar todo ese enmarañado y a momentos surrealista espacio. Si bien es destacable que el director haya elegido este contexto como punto de partida, el mismo es desaprovechado, pues, pensado como prólogo, podría haber dado musculatura al conflicto de la trama y darles consistencia a los personajes que introduce: Amaru, Paloma y Soren.

Soren, interpretado por Willy Cartier, irrumpe al principio como un “gringo mochilero”, para ser luego el guía espiritual y dionisiaco amante de Amaru y Paloma, la pareja protagonista de la película. Amaru (Romel Vargas) es parte de una familia adinerada aymara, probablemente de origen humilde, y que ahora, en el actual contexto, emerge y disputa espacios de poder a la burguesía tradicional, misma que podría estar representada por Paloma (Pamela Peró), joven diseñadora del oriente boliviano. Los tres personajes vivirán una enrevesado ir y venir amoroso, matizado con estampas de lo mejor del paisaje boliviano. Suena bien como premisa. Intentando abrazar los clichés, los estigmas y pasando por alto la evidente intensión del visionado turístico de algunas escenas, se podría haber logrado una película atractiva e incluso cuestionadora, pero no fue así, la crisis de honestidad y mirada es evidente.

Cuando hablamos de honestidad en una película, estamos muy lejos de decir “verdad”, porque de esa, hay muchas. La honestidad en el cine es aprovechar los recursos y encontrar el camino y lenguaje que mejor cuente una historia, incluso si esta se imagina o inventa, y así conmover y cuestionar al público. Es lograr que empaticemos con un personaje, aunque este sea un marciano, porque entendemos sus motivos, porque revela nuestra naturaleza. Aunque Soren aparenta ser una película simple, Valdivia intenta articular un discurso sobre tres personajes y en diferentes niveles: el amor, las relaciones de pareja, las diferencias sociales, geográficas, ideológicas, de género, y en todas, finalmente, la tarea le sobrepasa, porque se fuerza el lenguaje, se redunda, y es evidente que lo estético intenta compensar lo dramático y narrativo, cuando debería ser en sí mismo parte de la narración.

El único momento en el que el director parece acertar es cuando las imágenes reflejan el vacío y sinsentido de una pareja de clase media alta, su egoísmo y su existencialismo ingenuo y vacuo. Entiendo que los protagonistas deberían verse opuestos en algunas ocasiones y muy similares en otras, pero son más o menos lo mismo todo el tiempo. Mientras los familiares de Paloma le dicen a Amaru “cholo masista”, tal como lo cuenta Amaru tras una borrachera, este, imagino, podría decirles “k’aras vendepatrias”, y de todas maneras sonaría igual de vacío y acartonado. Los protagonistas parecen una versión publicitaria, inútilmente estetizada de la clase social a la que representan. Cuando Antonioni muestra a la contracultura hippie en Zabriskie Point (1970), con un lenguaje muy cercano al spot publicitario, lo hace para llamar la atención acerca de un movimiento social que será poco a poco absorbido por el capitalismo, aunque al mismo tiempo los idealice. Cuando Valdivia muestra una fiesta ecléctica, fashion, hipster, intelectual y multiétnica cocinándose a fuego lento en las brasas de algún alucinógeno, solo nos muestra eso, el placer.

Si poner en evidencia lo insustancial que pueden sonar ahora conceptos como el vivir bien, feminismo o inclusión, despojados de su esencia y reducidos a simples “tips de autoayuda” o corrección política, fuera el objetivo de Valdivia, la película podría tener un norte. Sin embargo, el filme pierde conciencia de eso, y se cree todo lo que dice. Como ráfagas de serenidad y elocuencia surgen imágenes y metáforas interesantes, como los caminos que los personajes se imaginan en los pliegues de las sábanas, caminos muy similares a los de Yvy Maraey, o los momentos en que los paisajes intentan decirnos algo más que solo “Bolivia, corazón del sur”, pero pronto la narración cae y luego se desvanece irreversiblemente. Ya que, por la ausencia de recursos narrativos, es difícil sostener alguna idea creíble y/o clara sobre nuestra realidad como país, la mejor opción sería intentar cerrar de la manera más digna la historia de amor de los tres personajes, pero ya es muy tarde.

En este punto los personajes no logran desarrollarse ni establecer la necesaria empatía con el público. ¿Qué los motiva? ¿Cuál es el motor que activa sus deseos? ¿A dónde quieren ir? ¿Realmente importa si Amaru o Paloma son felices juntos, como pareja, haciendo un trío con Soren, o solos? Que yo no entienda eso, o que no lo sienta, no significa que la película haya cumplido su objetivo de relativizar todo, es que simplemente es desconcertante lo errático del tratamiento. Por otro lado, estas no son preguntas que los personajes deban responder literalmente (que sí intentan hacerlo en diálogos por demás forzados y que me he sentido tentado a transcribirlos en este texto). Son respuestas que deben entreverse de la voz narrativa del director, de su mirada, de sus imágenes, de los hechos y acciones de los personajes, en fin, de su discurso. Pasada la mitad del filme, narrador y personajes parecen compartir extravío en el Trópico cochabambino, y ni el repentino homenaje inconsciente a cierta película mexicana de principios de este siglo nos ayuda a entender lo que está pasando.

Zona Sur tampoco tenía un guión brillante, sin embargo, el objetivo principal era claro, y se articulaba de manera notable con la puesta en escena. En esta película de 2009, el diseño de producción y la arriesgada puesta en imagen fueron clave, tan caprichosa como interesante. Funcionaba con lo que se decía. Esos travellings circulares que soportaban preciosos planos secuencia devolvían al cine boliviano la fuerza de poder inyectar a través de la plasticidad de la imagen todo un entramado complejo de realidades críticas. Posteriormente, en Yvy Maraey (2013), se evidenciaría ya huecos narrativos y ciertos “atajos” que usó Valdivia para parcharlos. Los recursos se repetían: confrontar campo/ciudad, cosmovisión occidental y cosmovisión indígena, lógica y razón frente a lo intuitivo y sensible, todo pegado con frases reflexivas y que sustentaban la historia ahí donde la barca hacía aguas. Montones de papel con cientos de ideas, agolpadas unas tras otras se derramaban en la mesa del protagonista, mientras, bellas imágenes del chaco boliviano, acompañadas de una voz en off en guaraní, criticaban las mismas pretensiones del director/personaje. Valdivia en cierta medida ironizó sus propias limitaciones y las usó para justificar el conflicto de su historia. En ese entonces, salió a flote y airoso.

Con Soren y su esfuerzo por cuestionar (¿o celebrar?) el hedonismo, ya no tenemos opuestos, lo que está bien como premisa, pues se podría decir que los contrastes de las películas anteriores encontrarían ahora un desarrollo mucho más matizado y complejo. Pero, la ausencia de este recurso, que en otras oportunidades sirvió a Valdivia para lograr un andamiaje cuasi dialéctico, esa especie de tensión y equilibrio de dos mundos, aquí solo revela la imposibilidad del director para imaginarse a las clases populares más allá de los estereotipos, los de antes y los de ahora.

Así como Valdivia recuerda a Kierkegaard, existe otra curiosa referencia en la película. Llegando a la mitad del metraje, Soren, en este caso el protagonista, está mirando al horizonte accidentado de montañas, bañadas por densas nubes que parecen olas. La imagen recuerda un cuadro de Caspar David Friedrich, denominado “El caminante sobre el mar de nubes”. Esta pintura, asociada a la corriente estética del romanticismo, hablaba, entre otras cosas, de soledad, aislamiento e introspección, de la libertad, pero mirada como cierta nostalgia. Además, colocaba el paisaje en un lugar importante, como personaje que refuerza esos sentimientos. Todos estos elementos -presentes en la película- aunque de manera errática y a momentos estridente, pudieron encaminarse con más cuidado y simpleza hacia una historia generosa con sus personajes. Así era posible que nos hubiéramos llevado algo importante después de salir de la sala de proyección. La buena noticia es que, pese todo, Valdivia volvió a arriesgarse y colocar sobre la mesa temas que no se pueden soslayar y que son necesarios debatir. Claro, eso de arriesgar implica que puedes ganar, perder o, finalmente, perderte.

Realizador audiovisual, docente y crítico - lr.brun.oropeza@gmail.com



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