Cochabamba, viernes 22 de marzo de 2019

El asombro del dolor en Aquí hay Icebergs de Katya Adaui

La escritora peruana visitará La Paz el próximo 17 de noviembre para presentar una colección de 12 cuentos y brindar un taller de escritura creativa. Para mayores detalles, la editorial Perra Gráfica Taller cuenta con información en Facebook, Twitter e Instagram. 
| La Perra Gráfica | 11 nov 2018



En junio de 2017 apareció en Lima el cuarto libro de Katya Adaui, Aquí hay icebergs, un conjunto de 12 relatos que cuenta historias ambientadas en tensas circunstancias familiares. Desde que publicó en 2007 Un accidente llamado familia, también un libro de relatos, la escritura de Adaui se ha centrado en la exploración del espacio familiar como un lugar extraño, plagado de afectos y de violencia.

En esos diez años que median entre ambas publicaciones (y durante los cuales aparecieron también Nunca sabré lo que entiendo (novela, 2014) y Algo se nos ha escapado (cuentos, 2011), Adaui ha definido el signo de su proyecto de escritura: arriesgar sin temor. Por eso, Aquí hay icebergs propone un recorrido de lectura en el cual es preciso detenerse y volver, atento a los detalles, a las asociaciones, a la sugerida continuidad de las situaciones.

La escritura es, dice Adaui, un lugar inseguro e incierto y por eso es ideal para mantener la curiosidad despierta. El proyecto Aquí hay icebergs nació en Buenos Aires, mientras la narradora, guionista y fotógrafa cursaba la maestría en Escritura Creativa de la Universidad 3 de Febrero. Los relatos se fueron construyendo en jornadas diarias de diez a 12 horas de trabajo, en un proceso muy atento a la composición, al lenguaje narrativo, a la laboriosa construcción de la estructura.

Los 12 relatos de Aquí hay icebergs se escriben a partir del extrañamiento que producen las relaciones más íntimas y cotidianas.

Una excursión familiar a la playa un 25 de diciembre se transforma en un violento incidente callejero que descubre una latente herida social. En otra historia, un grupo de adolescentes viaja en un auto (robado al padre) y lleva consigo un juguete, también robado, que los fascina: un revólver. También llevan cervezas. Quieren conocer la nieve y se dirigen a un punto de la carretera donde se alcanza la altura máxima sobre el nivel del mar.

Los cuentos que abren y cierran el libro son protagonizados por la conversación entre una madre y su hija que parece ocurrir en el centro de un círculo de fuego. La tensión es explícita y se despliega en un ingenioso duelo de agresividad e ironía: “No te puedes casar con él. Lo amo. Tú no lo amas, lo que quieres es tirar. No es eso. Qué mentirosa, no tienes perdón”. Puede que el diálogo del primer y el último cuento ocurra entre personajes distintos, pero es el mismo: un angustiado ajuste de cuentas que parece movido por la necesidad de confirmar (o de inventar) que en el origen existió un vínculo. La violencia de un ataque incomprensible amenaza la casa de la familia con una destrucción inminente e irreversible.

La herida de un abuso crece silenciosamente en el interior de un chico. Dos jóvenes hermanos mellizos quieren morir al mismo tiempo. Una niña ve cómo le disparan a un caballo enfermo al que un día antes había montado. Los personajes de estas historias parecen vivir en el asombro que produce el dolor antes de hacer efecto. De ahí que la mirada narrativa explore con lentitud y dispersión los hechos narrados, como queriendo demorarlos o suspenderlos.



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