Cochabamba, jueves 15 de noviembre de 2018

“Alaska”

Uno de los relatos del libro de cuentos Aquí hay icebergs (Ed. La Perra Gráfica), de la escritora peruana Katya Adaui. La obra se presentará la siguiente semana en La Paz.
| Katya Adaui | 04 nov 2018



Antiguos cartógrafos escribían en sus mapas, refiriéndose a territorios inexplorados: Aquí hay leones. De ser cartógrafo reescribiría un detalle del mapa familiar: Aquí hay leones icebergs.

Belén

Desconozco el año. El nombre. Los meses de travesía. Y si una guerra. Mi abuelo paterno, asentado en Arequipa, dueño de la primera fábrica de hilados del continente, demanda fotos. Belén busca otra virgen. Quien será mi abuela, Hortencia, tiene trece años. Las familias comerciantes intercambian camellos en dote. Once hijos. Todos los hombres, son ocho, por segundo nombre Salvador. Censo de fallecidos: uno al caerse de las manos de la partera, otro atropellado por el tranvía, una niña por insolación. Hortencia paralizada por atestiguar tres veces. Tuvo a mi padre viviendo en la cama. Es el último.

Pinzolo

1914. Margherita cava tumbas. Son diez los cuerpos. Tiene trece años. 1943. En una zona que fue de Austria y que volverá a ser de Italia, toma una decisión. Huye con Guglielmo a Tuxtla, trabajan la plata. Migran a Potosí; de nuevo, la plata. Migran a Lima, él como capataz de la Cerro de Pasco Copper Corporation. Compran veinte hectáreas; irán vendiendo la tierra huyendo de la reforma agraria. Mis abuelos maternos. Rita y Guillermo. Cinco hijos. La menor es mi madre. Nombre de reina española.

Arequipa

Desde los salones del Colegio de la Independencia se provoca una revolución contra el gobierno del general Odría. Vali, mal apodado el Turco, estudia el cuarto de secundaria. Nombrado dirigente estudiantil por casualidad, insensible al peligro, es de los primeros en arrancar los adoquines de la plaza, lanzarlos a la policía, atrincherarse tras los muros del colegio. Las madres arrojan mantas, periódicos, latas de atún, agua. Un día, un muerto. Cuatro días, cuatro muertos. Con antecedentes penales, imposibilitado de estudiar o trabajar, Vali viaja a Estados Unidos. Sirve en el ejército. ¿Cómo iba a saber que solo cuatro días definirían toda mi vida?, me dijo más de cincuenta años después.

Baltimore

Entre Corea y Vietnam se libra de batallas. Zafarranchos. Arrastrándose entre polvo y púas, come gusanos, sobrevive. Paracaidista eyectado a diez mil pies. El enemigo está en todas partes. Si falla entrenamientos, el castigo es la cocina. Fríe papas, tocino, macera salsa gravy. Una pregunta se camufla cotidiana: ¿cuándo, la próxima guerra? ¿Le tocará a él? Vali tiene una esposa, un hijo, una casa, un Oldsmobile.

Algún lugar del Mediterráneo

Es fiesta de carnavales a bordo del Amerigo Vespucci. Isabel conoce a Marco y a Pietro, baila con ellos el viaje. Ha sido enviada a Italia, lejos de pretendientes. Los hombres le gritan de todo. Sus padres le encargaban la escopeta al salir: Si alguien entra por esa puerta, tú disparas. Recién arribados, se casa con Pietro. Duermen la noche de bodas en la banca afuera de un hotel de Pinzolo, el registro matrimonial está pendiente. Nieva. Tienen dieciocho.

Fairbanks

A treinta grados bajo cero, Vali conduce un tanque a través de la noche repetida. Sus amigos bromean mostrándose el carnet de The Frozen Club. El enorme aparato se detiene, no vuelve a arrancar. Vali enciende, mantiene viva una hoguera; los salva hasta el rescate, el tanque aireado evita la muerte. Le permiten regresar un tiempo a casa. Dará una sorpresa. Ser recibido como devuelto de una prueba, como si todo siguiera igual, como esperado cada día. Encuentra a su mujer con el mejor amigo. Su hijo de dos años en la misma habitación. Revienta la casa. ¿Cómo lo hiciste? A machetazos, hasta que no quedó nada. Rapta al niño. Nunca más volverá a Estados Unidos.

Trento

Pietro recibe el encargo de mudarse al Perú como fotógrafo de la embajada italiana. Isabel está embarazada de seis meses. Viven en Miraflores. Se convierten en los primeros importadores de rollos Fuji. Cuelgan retratos en blanco y negro por la ventana de su casa; todos deberán mirar hacia arriba al rodear el óvalo Gutiérrez. Nace Pietro. Pietro padre viaja a Cusco. Isabel, en el reencuentro, descubre a la amante prostituta. Regresa sola a Lima a cuidar al hijo. Suo marito vuelve a Italia. Para siempre. Trabaja de secretaria ejecutiva en el Banco Minero. El verano de 1986 permanecerá en Italia tres meses con Pietro enterrando al primer esposo. El hijo reclama su herencia: la migración de

Lima

Padre e hijo viven en un séptimo piso en La Victoria. Vali enseña inglés en la Escuela Naval. Una mañana lo manda a comprar pan con el primo mayor: Te miro desde aquí. Vali grita, un grito pariéndose mudo, rompe el ventanal con las manos. Es tarde. Verá a su hijo atropellado por un camión que carga papel higiénico. El conductor tiene dieciséis. No irá a prisión. Vali se lanza por las escaleras los siete pisos. El niño muere en sus brazos. Desde Baltimore la exesposa le abre a Vali un juicio por secuestro y asesinato.

Camaná

¡Contigo los hijos me saldrían hermosos! ¿Quién es el infeliz? Isabel persigue esa voz en la azotea. Vali se afeita semidesnudo; moretones de besos en el cuello, en la espalda. Se detestan. Las familias veranean jugando cartas. Los amigos especulan, entre bellos deberían reconocerse; calcan, en versión sudamericanizada, a Gena Rowlands (en Una mujer bajo la influencia) y a Omar Sharif (en Doctor Zhivago). Isabel jamás acepta un baile, tienta monosílabos. Una noche enviará decir: Estoy enferma. No va a la reunión. Él irá a buscarla con champán. Ella: Perdiste a un hijo. Yo tengo uno de la misma edad. Mucho más tarde, alguien refiriéndose a ellos: Fracaso llama fracaso.

Lima

Hasta donde el humo habitó sus cuerpos, dijeron los doctores. La caja de madera que es mi padre está en casa. Mi hermana no supo quedarse con mamá. Nos los repartimos, como ellos a nosotras. Es difícil deshacer se de cenizas; fácilmente audaz, volatilizarlas (una consistencia entre materia y nada). Hablamos de arrojarlas al mar de El Silencio, donde sostuvimos dos últimos veranos. Sorprendí a mi padre, hay sillas con cerveza, crocante jalea con sombra; sentado, él menguaba. Atrajimos a mi madre a los domingos. Íbamos con nuestros perros. Viven todavía. Les hice fotos con las patas en el aire, caballitos curiosos, deseantes, pura sangre caliente.

“Y sin embargo en el animal alerta y cálido gravita el peso y la inquietud de una gran melancolía. Pues también a él se le adhiere lo que a nosotros a menudo nos abruma: el recuerdo”. (Rainer Maria Rilke, Octava elegía de Duino, 1923).

La enfermedad le roba dignidad al recuerdo repitiéndole una repetición. ¿El eje temático en la obra de Agatha Christie no es siempre otras formas de narrar el mismo misterio? Mis padres, todavía, ganglios. Mis padres, párpados que bajé. En las regiones polares, el permafrost —tal es el nombre del hielo perenne— impide los entierros. Al mismo tiempo, nada se pudre. Si alguien desea buscar las cepas de la gripe que mató a la mitad del mundo en 1918, allí están, en la memoria del hielo. De chico observaba decenas de negativos antes de seleccionar cuáles revelar, a cuáles volver. Vali e Isabel eran así. A la funeraria debimos entregarles fotos. Al retocarlos les quitaron la rabia. Les dibujaron sonrisas con algodones. Las sonrisas de artificio me horripilaron: son las bocas las que dicen: por aquí se alimentó, amó, devolvió, tarareó un ser único. ¿Puedo decir este imposible? El día en que nacieron mis padres fue el día en que más alivio sentí. Cuando un iceberg se desprende comienza a formarse vida a su alrededor. Lo viajado regresa instaurando un ciclo nuevo. De las olas de hielo al efecto Krakatoa. Una historia fragmentada, ninguna es lineal, despuntándose.



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