Cochabamba, lunes 12 de noviembre de 2018

El sentido de nuestra existencia (I)

Primera entrega de un ensayo de cinco partes del escritor boliviano Guillermo Ruiz Plaza, radicado en Francia y cuyas obras se pueden hallar en la editorial 3600.
| Guillermo Ruiz Plaza | 04 nov 2018



En el célebre fresco de Rafael La escuela de Atenas, Platón y Aristóteles ocupan el lugar central que les corresponde en la filosofía de Occidente. Lado a lado, de pie, sus figuras parecen simétricas, pero no lo son: Platón señala el cielo y Aristóteles, en cambio, la tierra. Si bien entre el maestro ateniense y su discípulo más brillante existen numerosas convergencias –por ejemplo, ambos son realistas y racionalistas–, no cabe duda de que se oponen en un punto clave: su concepción de la naturaleza de la realidad. En Platón, la realidad que vemos es una ilusión, una sombra proyectada por lo que es –lo eterno e inmutable–, el mundo de las Ideas. En cambio, Aristóteles afirma que la concepción platónica duplica inútilmente la realidad y establece un mundo paralelo que necesita a su vez de explicación. Así, en Aristóteles, la fuente de las cosas no reside fuera de las cosas sino en ellas mismas, de ahí que señale la tierra. A la inversa, Platón señala el cielo porque, para él, las Ideas suscitan las cosas y pueden pasar de ellas, es decir, subsisten de forma independiente. Maestro y discípulo conforman dos realismos que se oponen no solo en la forma de concebir la realidad sino también el saber: mientras Platón busca la verdad en el mundo de las Ideas, Aristóteles se propone hacerlo en nuestra realidad cambiante y corruptible. A la famosa sentencia de Whitehead –“toda la filosofía occidental es una serie de notas a pie de página de la filosofía platónica”– habría que añadir “y del pensamiento aristotélico”, pues Aristóteles está en el origen de la ciencia tal como la concebimos hoy. Por un lado, erige la realidad sensible como objeto de estudio y de conocimiento –en Platón, en cambio, todo saber sobre el mundo sensible es ilusorio y se reduce a “opinión”– y, por otro, establece la ciencia como un conocimiento demostrativo (1).

A mi ver, los filósofos se interrogan sobre la naturaleza de la realidad para responder a la pregunta más antigua que se pueda imaginar, fuente de todas las demás preguntas metafísicas. ¿Qué es la realidad?, ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos y hacia dónde vamos?, todas estas interrogaciones provienen de un enigma común: ¿Tiene sentido nuestra existencia? En Occidente, una multitud de pensadores ha dado una multitud de respuestas al respecto, siguiendo siempre una de las dos líneas antagónicas trazadas, como hemos visto, desde la Antigüedad griega. Sin embargo, ¿cómo abrirse paso en la confusión de las propuestas filosóficas, esos tanteos al borde del abismo? ¿Puede la ciencia guiarnos en esta algarabía milenaria?

Notre existence a-t-elle un sens ? de Jean Staune (2), es una vasta y minuciosa investigación, fruto de veinte años de trabajo, que se plantea el problema con un rigor del todo científico. El autor nos lleva al seno de lo infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño, y expone una serie de hechos reconocidos que abren una nueva perspectiva sobre la existencia, dotándola de un encanto que parecía haber perdido bajo el fardo de la ciencia materialista, mecanicista y determinista.

¿De qué serviría la ciencia si no nos acercase a la verdad?, se pregunta Staune. Una ciencia que se limitase a describir sus experimentos, sin meditar sobre sus implicaciones, sería en el mejor de los casos una ciencia mutilada y, en el peor, una anti ciencia. Ciencia y metafísica se necesitan mutuamente. ¿No es lo que proponen el premio Nobel de química Ylia Prigogine e Isabelle Stengers con una “nueva alianza” entre ciencia y filosofía? (3) Esa alianza es, en realidad, antigua: recordemos que los primeros pensadores eran a la vez filósofos y físicos, matemáticos y teólogos. En aquella antigua unidad de la ciencia hay una lección que no hemos conservado. En efecto, la paulatina especialización del saber ha provocado una fragmentación que, paradójicamente, parece alejarnos del conocimiento verdadero: “cada vez más, el conocimiento científico se define como un saber total sobre casi nada” (4). Porque reanuda con aquella unidad perdida, el viaje que nos ofrece Staune resulta vertiginoso. La lectura de Le cosmos et le lotus, del astrofísico Trinh Xuan Thuan, ha completado mi comprensión de las implicaciones metafísicas de los nuevos descubrimientos científicos.

El fin de este ensayo es resumir los puntos más importantes de estos dos libros, que aún no han sido traducidos al español, y compartir las reflexiones que me han suscitado.

El materialismo y el desencanto del mundo

El paradigma materialista –la idea de que la materia es la única realidad y de que todo en el universo está compuesto de conjuntos de partículas materiales y campos físicos–, así como el reduccionismo –la convicción de que las cosas complejas no pueden entenderse sino reduciéndolas a la interacción de sus partes– ha desembocado, como es lógico, en el desencanto del hombre y el mundo, y nos ha arrastrado al nihilismo en el plano filosófico. Así resume esta idea el astrofísico Trinh Xuan Thuan: “Para Newton, el universo no era sino una inmensa máquina compuesta de partículas elementales inertes, que obedecían servil y ciegamente a fuerzas exteriores, y estaba totalmente desprovista de creatividad. El universo era una mecánica bien aceitada, un reloj regulado con precisión y que, una vez puesto en marcha, funcionaba de forma autónoma según leyes estrictamente deterministas” (5). Este determinismo triunfante relegó la fe a un segundo plano y la existencia de Dios pasó a ser una “hipótesis innecesaria”, según la célebre expresión de Laplace. Todo era rigurosamente previsible. Bastaba con descomponer cualquier sistema complejo hasta sus elementos básicos y estudiar el comportamiento de estos para comprender el conjunto. El todo no era, pues, sino la suma de sus partes. Esta visión de la física invadió otros ámbitos: en biología, por ejemplo, los seres vivos se convirtieron en máquinas genéticas, es decir, en un conjunto de partículas y de procesos explicables únicamente en términos de materia y de energía. Así, toda la complejidad del mundo y del hombre se redujo a leyes rígidas y deshumanizantes.

Sin embargo, en el curso de los últimos cien años, a la luz de los nuevos descubrimientos, el materialismo se ha revelado como una simple creencia que ha quedado tambaleante y malherida en el plano científico.

Hacia el fin de la visión materialista

Si una cosa no es sino la suma de sus partes, basta con estudiarlas para comprender la cosa en su totalidad. Si la materia es una cosa inerte, sólida y previsible, lógicamente las partículas que la componen también deberían serlo. Estos preceptos del materialismo, que parecen del sentido común, han estallado en mil pedazos con el descubrimiento, a principios del siglo XX, de la física cuántica .

La FC es el estudio de las partículas elementales, que se sitúan en el plano atómico y subatómico. Los fundadores de la FC, influenciados sin duda por el paradigma dominante de entonces –el materialismo–, consideraban que estas partículas debían ser granos de materia, algo así como diminutos granos de arena que conformaban las cosas. Para confirmar esta hipótesis, los físicos cuánticos estudiaron el comportamiento de las partículas y lo que descubrieron entonces cambió para siempre no solo la ciencia, sino también nuestra visión de la realidad.

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(1) En Los Segundos Analíticos (cuarto libro del Órganon), Aristóteles afirma que todo saber proviene de un conocimiento preexistente. El método inductivo-deductivo es la base del método científico tal como hoy lo entendemos: parte de los hechos para inducir generalidad, de la cual se vuelve a deducir los hechos. Solo alcanzamos el conocimiento científico de una cosa cuando conocemos su causa. Así, establece que la ciencia es un saber demostrativo.

(2) Notre existence a-t-elle un sens ? (Presses de la Renaissance, 2007). Jean Staune (1963) es cofundador de la Universidad Interdisciplinaria de París, en la cual ha participado una veintena de premios Nobel. Es ensayista, investigador independiente y filósofo de la ciencia. Licenciado en matemáticas, informática, filosofía, paleontología, administración y economía. Es abiertamente cristiano.

(3) Ylia Prigogine e Isabelle Stengers, La nueva alianza: metamorfosis de la ciencia (Alianza editorial, 1997).

(4) Trinh Xuan Thuan, Le cosmos et le lotus, Editions Albin Michel, 2011. La traducción es mía. Trinh Xuan Thuan (1948) es un astrofísico vietnamita naturalizado estadounidense que escribe en francés. Pertenece a la Sociedad Internacional de Ciencia y Religión. Ganó el Premio Kalinga de la Unesco y el Premio Mundial Cino del Duca. Es abiertamente budista.

(5) Todas las citas de Trinh Xuan Thuan provienen de su libro Le cosmos et le lotus. Las traducciones son mías.

Escritor - gruizplaza@gmail.com



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