Cochabamba, jueves 15 de noviembre de 2018

“Los cementerios son máquinas de contar historias”

La escritora argentina Mariana Enríquez cuenta cómo nace su fascinación por los cementerios y el impulso con narrar sus recurrente visitas a ellos. El libro 
| Mariana Enríquez Revista Arcadia | 04 nov 2018



Es un libro de viajes a cementerios. Lo empecé a escribir con notas que iba tomando de los lugares, recogiendo las leyendas, casi desde un punto de vista estético, porque eran sitios que me gustaban. Visitaba cementerios. Además, me interesaba el lugar como espacio, como un personaje, quiero decir. Sobre todo los cementerios municipales, porque son lugares que van cambiando mucho y reflejando la sociedad que los rodea.

También están desapareciendo, de alguna manera, porque en la sociedad hay una tendencia a esconder la muerte cada vez más. Hay una propensión más frecuente a los cementerios-parque, pero aquellas grandes construcciones que se hacían a principios del siglo XX son fabulosas y esas ya no se le ocurrirían a nadie.

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Hay otras formas de vivir la muerte que están ahí y que me interesaban. Además, el 80 por ciento de los cementerios que visité en América Latina y en otros lugares casi siempre estaban vacíos, o sea, había muy poca gente visitándolos, incluso los domingos. Son lugares poco frecuentados. En Argentina, salvo los turistas en La Recoleta, no va nadie. En La Chacarita, que visité hace poco por otra cosa, no vi a nadie, solo gente que estaba buscando a (Gustavo) Cerati. Encontré, en otros lugares que a lo mejor tienen una tradición más religiosa, cementerios más concurridos, pero aun así es muy poca gente la que los visita.

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El libro se armó con un hecho puntual. Una compañera de trabajo, aquí en Buenos Aires, tenía la mamá desaparecida y el equipo forense que encontró sus huesos se la devolvió. Fue una cosa totalmente loca: la mamá desapareció a finales de los años setenta, en la dictadura. Esto ocurrió en el cementerio de Moreno, al oeste de Bueno Aires. Fue un entierro emocionalmente muy impresionante, pero, además, fue un acto político, digamos. Había mucha gente, compañeros de ella, pero el esqueleto estaba incompleto. Fue algo muy reivindicatorio, había algo triunfante en la cuestión de poder darle a esa mujer una tumba y un nombre.

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Ahí me empecé a dar cuenta que, a nivel narrativo, todas estas crónicas juntas cuentan algo de mi historia personal. Yo nací a fines del 73, tenía dos años cuando empezó la dictadura. Entonces, ¿cuánto hay de tranquilizador, para mí, en una tumba con nombre? Algo que esté nominalizado, individualizado, que haya tenido ese derecho que se le negó a tanta gente. Pensé en lo que decía Borges, sobre el destino latinoamericano, de yacer en un lugar sin nombre, sin una identificación, sin nadie que vaya y decir bueno, fui esta persona, viví en esta época, estoy acá. Ahí me di cuenta que le daba un espesor particular al libro, porque yo lo estaba pensando como una chica oscura a la que le gusta pasear por cementerios. Pero cuando vi este hecho tan real, toda la gente que apareció, los hijos de ella... no lo sé, era fuertísimo. Era un ataúd pequeño, como el de un niño, porque eran pocos huesos.

La sensación de reivindicación, sobretodo, hizo que me de cuenta que, a mí, una tumba con un nombre me tranquiliza. Me parece un final, creo que así es como se termina una vida.

Mariana Enríquez

Nació en Buenos Aires en 1973. Es una de las voces más interesantes de la narrativa argentina y latinoamericana de los últimos años. Fanática de los clásicos del horror, de H. P. Lovecraft a Edgar Allan Poe, es también una aficionada a los relatos del estadounidense Stephen King. Su colección de cuentos Las cosas que perdimos en el fuego le valió el reconocimiento general de la crítica literaria hispanoamericana. Por este título, el escritor español Carlos Pardo incluso llegó a compararla con Shirley Jackson, una de las más destacadas escritoras de terror en la historia literaria de Estados Unidos.

También periodista, Enríquez tiene un don particular para transmutar la esencia y las formas de las palabras para construir atmósferas que van del miedo extremo a la vitalidad desaforada con una facilidad contundente. Su prosa tiene el don particular de condensar de manera impecable imágenes, ideas y estados de ánimo.

Es la primera vez que publica en Bolivia. Este compilado de crónicas corresponde a otra de sus grandes aficiones: visitar cementerios durante sus viajes alrededor del mundo. La edición en nuestro país de Alguien camina sobre tu tumba, a cargo de El Cuervo, cuenta con un diseño editorial impecable que permite disfrutar no solo de la lectura, sino de un libro como un objeto coleccionable, repleto de postales fúnebres de una belleza conmovedora y espeluznante.

Escritora y periodista



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