Cochabamba, jueves 15 de noviembre de 2018

Bernardo Araníbar: “Nací y me formé para ayudar al prójimo”

El Coordinador Nacional del Grupo Voluntario de Salvamento Bolivia (SAR) relata el origen de su pasión y el trabajo que emprende día a día para cumplir sus labores y, además, formar a las nuevas generaciones de rescatistas en Bolivia.
TEXTO: JIMENA NÚÑEZ LARRAÍNFOTOS: DICO SOLÍS | | 28 oct 2018



Después de tres décadas de intensa actividad en el Grupo Voluntario de Salvamento Bolivia (SAR), Bernardo Araníbar Zapata, uno de los voluntarios fundadores y actual coordinador nacional de esa entidad, continúa comprometido con el trabajo que realiza y se siente “honrado” por tener la oportunidad de formar a la nueva generación de rescatistas.

“No tenemos apoyo y lo poco que logramos es gracias a nuestro propio esfuerzo. Parece que nací con una misión y que, sin darme cuenta, me formé para ayudar a la sociedad”, dice.

En la actualidad, el SAR está presen- te en seis de los nueve departamentos del país. Cuenta con 10 unidades y, en estos días, abrirá una más en Tupiza, Potosí.

A nivel nacional, esta organización tiene a 1.800 voluntarios, de los cuales 565 están en Cochabamba (165 activos, 350 pasivos y 50 damas cooperantes).

Todos ellos se fueron sumando al anhelo de un grupo de soñadores que busca especializarse en labores de rescate, con el objetivo de ayudar a la población.

PRIMEROS PASOS

Apenas había cumplido los seis años y Javier Bernardo ya despertaba en medio de la noche para colaborar con sus vecinos, cuando la torrentera Cantarrana se desbordaba e inundaba la zona cercana a la calle Elena Rendón en Cala Cala.

“No me importaba la hora, salía junto a mis hermanos con mi impermeable y mis botas de agua para hacer canales de desagüe. Eso era lo que nos enseñaba mi papá”, recuerda.

Bernardo es el cuarto hijo de José Rolando Rolo Araníbar —quien fue un reconocido maestro de Matemáticas y regente del colegio Don Bosco— y de María Teresa Zapata, de profesión secretaria. Su infancia estuvo marcada por la compañía de sus hermanos mayores: María Teresa, José Rolando, Mario Gabriel. Luego, llegaría su hermano menor, Juan Pablo.

Él asegura que sus padres siempre les inculcaron la solidaridad con su ejemplo. Rolando Araníbar se encargaba de organizar campañas de recolección de víveres y ropa para los más necesitados del barrio. También organizaba campeonatos de fútbol en el vecindario, con la finalidad de que los vecinos se conozcan y se ayuden.

UNA ÉPOCA QUE

MARCÓ SU DESTINO

Bernardo Araníbar estudió en el colegio Don Bosco. A los 10 años tomó la iniciativa de inscribirse en el grupo scout de su unidad educativa, allí comenzaron sus primeras expe-riencias de supervivencia. Una actividad extracurricular que no dejó hasta salir bachiller.

Mientras tanto, la familia, por decisión propia, asistía a las víctimas de desastres naturales o accidentes. Cuando cumplió 16 años, se percató de la carencia de respaldo que existía en casos de emergencia o rescate. “Una vez ingresamos al Chapare para ayudar en labores de rescate en un accidente de tránsito, también llegamos a la cima del cerro Tunari para recuperar los cuerpos de una avioneta siniestrada, socorrimos a víctimas de inundaciones en la zona de La Maica y Vinto Chico. Respondíamos a la urgencia del momento. Teníamos ganas de ayudar y en la ciudad no existía un grupo organizado de apoyo”, cuenta.

En esa época comenzó a surgir la idea de crear un grupo de voluntarios en la Llajta. En 1984 salió bachiller y estudió Análisis de Sistemas, a nivel técnico, en el Centro Nacional de Computación (Cenaco).

Posteriormente, ingresó a la Universidad Mayor de San Simón para estudiar la carrera de Ingeniería Electrónica, aunque no la concluyó.

Más adelante se inscribió a la carrera de Ingeniería Industrial en la Universidad Privada del Valle. Para costear sus estudios, trabajó como docente en los colegios Don Bosco, Escla- vas del Sagrado Corazón de Jesús (Irlandés) y Anglo Americano, en el Instituto Técnico IDEM y otros.

Durante su época de formación, el voluntario solicitaba licencia en la jefatura de su carrera para acudir a los rescates. “No era sencillo, por el contrario, era muy complicado”, señala.

“Seguía participando de actividades de rescate y búsqueda. La idea de conformar un grupo de voluntarios fue tomando más fuerza. Con mi hermano Mario tomamos un curso de paracaidismo deportivo y nos esforzamos para ganar el campeonato de precisión en aterrizaje, porque -en ese momento- creíamos que esa habilidad nos ayudaría a llegar más rápido a las zonas de desastre”, afirma Araníbar.

SURGIMIENTO DEL SAR

El 15 de febrero de 1988, tras mucho esfuerzo, nació el SAR, con la participación de 220 voluntarios y el apoyo de varias empresas e instituciones: Lloyd Aéreo Boliviano (LAB), Aasana, Línea Aérea Canedo, Dirección General de Aeronáutica Civil (DGAC) y Salesianos Don Bosco.

A partir de ese momento, se dieron cuenta de que necesitaban capacitarse en diferentes áreas y especia-lizaciones de salvataje.

“Nos dedicamos a buscar capacita-ción, no solo en territorio nacional, sino también en países vecinos. Hasta ahora seguimos actualizándonos” , explica el voluntario.

VIDA COTIDIANA

Desde hace 22 años, trabaja en la Empresa de Luz y Fuerza Eléctrica Cochabamba S.A. (ELFEC). Actualmente está a cargo del departamento de Soporte Microinformático y también es jefe de S eguridad en el Plan de Emergencias de la entidad. “Todavía tengo algunos problemas para obtener permisos para acudir a algunos rescates. A veces uso algunos días de mi vacación; pero en otras oportunidades son mis jefes los que me mandan en comisión”, dice.

Como una muestra más del espíritu de solidaridad con el que fue criado, hace unos años, Bernardo donó uno de sus riñones a tu tía, hermana de su mamá. “Siento que no afectó mi vida, sigo siendo muy saludable. Dicen que no es compartir cuando se regala algo que te sobra, sino cuando entregas sin medida, porque es un desprendimiento del corazón”, finaliza Araníbar l



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