Cochabamba, jueves 15 de noviembre de 2018
[Redarquias]

Una conexión en busca de perspectivas críticas

| Mariel Tórrez | 28 oct 2018

Cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas propuso adoptar una nueva agenda para el desarrollo hace tres años, la ONU decidió establecer objetivos mundiales específicamente relacionados con la provisión de infraestructura de Internet (ODS9) y el uso de Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) (ODS5), que pusieron irrevocablemente en el foco de atención global paradigmas de desarrollo que se habían estado gestando por más de dos décadas en el escenario internacional.

Hablamos de la creciente importancia y relevancia atribuida a las TIC y la conectividad del internet en la programación de desarrollo internacional, hasta el punto de imaginar una nueva forma de cooperación al desarrollo, denominada desarrollo 2.0, desarrollo digital o e-desarrollo. Este cambio de perspectivas se hizo mucho más palpable cuando los indicadores de dichos objetivos fueron anunciados formalmente a la comunidad internacional, ya que esta situación provocó un efecto dominó entre agencias y donantes en todo el mundo.

Diferentes grupos decidieron unir fuerzas y anunciar sus planes para asegurar la conectividad del internet de la próxima generación de usuarios digitales: mil millones de personas que viven en países en desarrollo puesto que se consideraba oficialmente a las TIC como los “ayudantes de conducción” del nuevo viaje de desarrollo por venir. Y este era solo el principio. Nuevas figuras y grandes declaraciones llegaron en un paso acelerado. Estados Unidos, por ejemplo, no solo anunció el lanzamiento de una iniciativa internacional llamada Global Connect para garantizar el acceso a Internet de 1.500 millones de personas para 2020, sino también declaró que las agencias de desarrollo estadounidenses comenzarían a hacer del acceso al internet una prioridad máxima de trabajo en todo el mundo.

Las reacciones en el otro lado del charco tampoco tomaron demasiado tiempo. El Consejo de la Unión Europea (CEU) anunció en 2016 la intención de incorporar soluciones de tecnología digital en la política de (cooperación al) desarrollo de la Unión Europea (UE) y utilizar la próxima revisión del Consenso Europeo sobre Desarrollo como una oportunidad para incorporar la dimensión digital en los esfuerzos de cooperación internacional, en tanto otras organizaciones y grupos internacionales (G7, G20) empezaban a construir un mapa de ruta personalizado para promover la digitalización del desarrollo en sus propios términos y espacios.

Sin embargo, la configuración de esta nueva línea de cooperación internacional que favorece tan explícitamente a las TIC y la conectividad del internet no es el resultado de un proceso fortuito ni un giro inesperado de eventos en el ambiente de las agencias de desarrollo. Un ejemplo paradigmático de ello (en el ámbito académico) es el testimonio de un oficial del Banco Mundial a principios de la década anterior, que describe cómo fueron sistemáticamente aisladas las voces disidentes que cuestionaban el tratamiento de la brecha digital como el problema número uno del desarrollo, no solo dentro de dicha organización, sino también en foros públicos internacionales donde eran cada vez más pocos aquellos que se atrevían a argumentar que las personas que vivían con un dólar al día alrededor del mundo tenían probablemente muchas otras más necesidades que satisfacer antes de la necesidad de acceso al internet.

De ahí la importancia de entender no solo los fundamentos que han impulsado la creciente asignación de recursos económicos importantes a programas de desarrollo relacionados con las TIC, sino también los modelos de socialización que se han promovido en los países en desarrollo gracias a dicho financiamiento. Este ejercicio tiene una gran importancia a la hora de llevar a cabo una valoración justa de la significancia de este “nuevo” viaje de desarrollo, ya que existe una alta probabilidad de que volvamos a caer en los espejismos desarrollistas de trasferencia de tecnologías del siglo pasado si no somos capaces de responder simples preguntas: ¿qué hay de nuevo en esta propuesta?, ¿cuáles fueron las lecciones aprendidas?, ¿qué se promete esta vez?, ¿por qué se financia estos proyectos?, ¿por qué queremos esta conexión?

Consideramos que es socialmente relevante encontrar respuestas a estas preguntas para distanciarnos de discursos entusiastas y vislumbrar no solo qué tipo de sociedades queremos articular y conectar en el futuro, sino también en qué términos lo haremos. Los mensajes provenientes del mundo de la cooperación internacional nos aseguran la construcción de sociedades más inclusivas donde “nadie se quede atrás”, o, en cualquier caso, “nadie se quede desconectado”, pero aún falta por ver y discutir a qué versión de sociedad global apuntamos a conectarnos todos. Esta es la verdadera prueba del desarrollo digital.

Comunicadora



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