Cochabamba, jueves 15 de noviembre de 2018

Recorrido por la plástica nacional, desde lo local (I)

Sobre la inauguración de la Sala de Exposición Permanente de Obras Contemporáneas Premiadas (1938-2018), en la Casona Santiváñez.
| Caio Ruvenal | 28 oct 2018



El pasado miércoles se inauguró en la Casona Santiváñez la Sala de Exposición Permanente de Obras Contemporáneas Premiadas (1938-2018), nombre pretencioso que aviva la expectativa de cualquier persona interesada en este ámbito. Esto lo comprobó la amplia afluencia de gente que atrajo la apertura. No es para menos, causa ansiedad la idea de un espacio que acoja 80 años de obras premiadas, y más de 300 piezas de artistas que marcaron la plástica local y nacional.

Esta conmoción recibe un golpe cuando la Sala no sobrepasa los diez metros cuadrados, y no se exponen conjuntamente los 80 años. La idea es, según los organizadores, cada mes renovar las piezas hasta llegar a nuestro tiempo. La exposición actual abarca desde la primera pintura ganadora del Salón Municipal 14 de Septiembre (“El valle de Cochabamba” de 1938) hasta las premiadas de 1971. El desencanto es inevitable cuando se piensa en los amplios espacios que ofrece la Casona Santiváñez, y en el tiempo que estuvieron guardadas estas obras declaradas patrimonio y que, por lo tanto, deben estar al alcance de todos. Sin embargo, en un contexto tan pobre en el resguardo y salvaguarda de bienes, donde el campo de la cultura, perdón, el subcampo del arte, es visto como un hobby antes que una forma de vida, es una iniciativa digna de agradecimiento.

La idea de curar las muestras cronológicamente presenta un recorrido en la evolución de esta área artística en cuanto a Cochabamba y Bolivia. Ante la ausencia de un museo regional, escoger las pinturas, grabados, esculturas y dibujos ganadores del Salón 14 de Septiembre es la opción más pertinente por una serie de razones. En primer lugar, no solo los artistas plásticos cochabambinos más importantes han pasado por este certamen (Gíldaro Antezana, Raúl G. Prada, Gonzalo Ribero, Víctor Arze Góngora, Emiliano Luján, Walter Terrazas, José Rodríguez y Agapito Céspedes, entre otros), sino los de todo el país, como son los casos de Raúl Lara, Erazmo Zarzuela (ambos de Oruro), Ricardo Pérez Alcalá (Potosí), Francine Secretan y Gastón Ugalde (La Paz), por mencionar a algunos. En segundo lugar, estos concursos se revelan como un impulso para los artistas, aquellos sedientos de capital social, buscando un espacio en este rubro. Entonces, nos encontramos con artistas (ahora históricos) en un estado primerizo, en su periplo para encontrar su estilo. Finalmente, los jurados siempre han tratado de premiar a la vanguardia. Aunque esta idea se haya perdido en los últimos años, la intención siempre fue mostrar lo que surgía.

Estas exposiciones sirven y servirán para tomar una radiografía de lo que fue y es la historia de las artes plásticas en el país, con una mirada desde lo local. De esta manera, nos encontramos con el origen del paisajismo cochabambino (actualmente con una escuela totalmente consolidada) a través de “El valle de Cochabamba” (1938) de Víctor Arze Góngora y primera obra ganadora del Salón. Siendo puntual, el paisajismo me parece una técnica convencional y que apunta (con excepciones, claro está) a la comercialización. Debo decir que este óleo ha cambiado mi perspectiva. El contraste entre luz y sombra (con sus niveles de penumbra y umbra); el manejo de planos, emulando la capacidad de vista del ojo; Arze Góngora dibuja el aire, enrareciendo los bordes de las montañas en lontananza, como decía Da Vinci que se debe pintar en su Tratado de la pintura; y el contenido: una imagen que captura el clima cálido y seco del valle, el recorrido matutino de la chola cochabambina por la serranía. Estas características ponen en jaque a la acuarela actual. Aunque es cierto que su segunda obra ganadora, “Cosecha” (1945), no recibe el mismo cuidado.

Al lado está “Ciudad colonial” (1946) de Raúl G. Prada. Se percibe a un artista todavía aprendiz de los elementos que lo destacarían, pero ya con una curiosidad por la perspectiva aérea y la distancia entre las figuras. Recurre a una temática poco usual en él: el paisaje urbano. También se pueden apreciar dos obras de Gíldaro Antezana: “Fruto entre espinas” (1965) y “Cabeza” (1969). Es curioso cómo en la primera Antezana utiliza un tema clásico y tradicional, como es el bodegón, para retratar un fruto poco agradable estéticamente, pero típico de su tierra como es la tuna. En cuanto a “Cabeza”, hallamos al pintor dentro del camino hacia su peculiar estilo, un gestualismo que no se pierde en los detalles del rostro, no para acercarse a la realidad, sino para denotar expresión. Un trazo nervioso que dota a su (tal vez) retratado de personalidad y carácter, cumpliendo el objetivo primordial de un retrato: sentir que se conoce al personaje con una pintura.

“Amanecer en la cancha” (1971) es una pintura diferente de Pérez Alcalá en cuanto a color, dominada por los grises y ocres. La temática del mercado y su idiosincrasia es una preocupación que le acompañaría en toda su carrera. También está “Posada de abandonados” (1967) de Gonzalo Ribero, con un contenido social y de denuncia, tópico que abandonó desde hace tiempo, si es que alguna vez incursionó en él. Sin embargo, su singular textura rugosa está presente a través del empaste, apelando a lo pétreo.

No se puede terminar este intento de análisis de la primera muestra de la Sala de Exposición Permanente de Obras Contemporáneas Premiadas sin mencionar las obras del quizá único muralista cochabambino, René Reyes Pardo: “Misachico” (1951) y “Gallo amarillo” (1958); “Mujeres” (1968) de Elenore Grecu, constante reproductora de mujeres típicas de la ciudad; y la escultura “Desnuda” (1970) de Emiliano Luján.

Periodista - caio.ruvenal.257@gmail.com



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