Cochabamba, jueves 15 de noviembre de 2018

La pequeña gran Hebe Uhart

La venerada escritora argentina murió el 11 de octubre, a los 81 años. La autora de este texto le rinde un homenaje desde su experiencia de lectura de su obra, pero también desde los ojos de las periodista Leila Guerriero, que le dedicó más de un escrito a la narradora de Turistas y Mudanzas.
| Alba Balderrama | 21 oct 2018



Esta semana, una de esas inhumanas madrugadas, después de dejar a mi hija en el colegio y mientras manejaba de vuelta a casa, vi a un hombre que se bajó de su camión y, de una bolsa, empezó a lanzar migas de pan a las palomas que se reunían a sus pies; vi a un niño con cara de dormido y bueno que vestía una polera negra con el tenebroso esqueleto de un tórax pintado en blanco como diseño que lo hacía parecer demasiado malo; vi un jacarandá que llovía sus flores moradas con un esmero envidiable; vi un padre medio dormido (todos estamos medio dormidos a esa hora) que cargaba las mochilas de sus dos hijos pequeños: uno iba zombie detrás de él y la otra, por delante, iba llorando rabiosamente. “Buenos días”, “buenos días”, todos medio dormidos nos saludamos.

De pronto me di cuenta de dos cosas: una es que después de mucho tiempo, estaba disfrutando de algo; algo simple, algo como ver la vida pasar, sintiendo el placer de ver. Y, la otra cosa, es cuán presente ha estado estos años en mi vida esa disciplina de ver las cosas, las personas, los lugares que tenía la escritora argentina Hebe Uhart (Buenos Aires, 1936-2018) quien murió este 11 de octubre negro. No es cosa fácil comprender lo que Uhart estaba diciendo en sus libros; eso de abandonarse a la rudeza de la vida, despojarse de todo lo que te hace fuerte, de creencias idiotas como que la “vida es bella” o “todo a va estar bien”; la vida es al revés. La vida que nos contamos a nosotros mismo es muy distinta de la vida que tenemos. Lo normal es el dolor y los daños que se acumulan; seguir adelante como si nada, viajando, escuchando y viendo y, si puedes, escribiendo, es cuestión de ser bueno.

El magistral perfil que Leila Guerriero hizo sobre la escritora, y que no por nada se titula “Hebe Uhart, la escritora oculta”, empieza citando el credo humilde de Uhart: “Tengo muy pocos principios o convicciones firmes. Pero sí creo en que debemos tratar bien a los que tenemos cerca y en que todas las personas tienen derecho a momentos de placer, alegría o como se llame”. Momentos de placer, derecho a la alegría, solo alguien absolutamente lúcido se da cuenta de que la alegría y el placer vienen en pedacitos chiquitos, imperceptibles como un cupcake alado de un pastel de bodas. Siempre apostó por lo mínimo, el detalle y lo moderado, alguien que ha sido considerada, por escritores como Fogwill, Costamagna, Aira y Piglia, “la mejor de las escritoras argentinas”, que es editada por Adriana Hidalgo, que ganó montón de premios literarios, entre ellos el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas en Chile (2017), y que escribió más de veinte libros entre novelas, como Camilo Asciende (1987) y Mudanzas (1995); cuentos muchos, muchísimos, como “Dios, San Pedro y las almas” (1962), “La luz de un nuevo día” (1983), “Impresiones de una directora de escuela” (2010) y uno rarísimo que personalmente releo cada cierto tiempo para recordarme y confirmarme que no soy nada especial y que deje de perder tanto tiempo en mí y que se llama “Él” (2010). En los últimos tiempos ha escrito crónicas que son de lo que más me gusta de ella, con un estilo que Guerriero ha llegado a definir como el de “cronista arbitraria”, llega a un lugar, pregunta qué hay para ver y ella va, entrevista, ve y escucha. Es lo que más me gusta de Uhart, esa su soltura y desparpajo que tenía para subirse a un bus, una bondi o un avión y partir, volver y escribir. Sus títulos casi lo dicen todo (ella nunca lo dice todo): Turistas (2008), Viajera crónica (2011), Visto y oído (2012), De la Patagonia a México (2015) y Animales (2018). Aún busco estos dos últimos libros para toparme con algo como esto: “Yo entré a la facultad de Filosofía y empecé a conocer una serie de personas fascinantes. Cristina, por ejemplo, tenía veinte años y ya tenía una nena de seis años, una nena con lentes gruesos. Ella la presentaba así: ‘Mi hija. Es un poco menos estrábica que Sartre’. También Ester; cuando le pedí que paráramos en un lugar a tomar un café, me dijo: ‘Yo acá no entro; acá tengo fantasmas’. Primero me asusté puerilmente y después comprendí lo que era una imaginación refinada: claro, eran fantasmas privados” y revivir ese efecto que tienen sus libros y que Guerriero tan bien define como su marca: “Ese borde que se mueve entre el pánico y la euforia, que se parece a la risa y que a veces son simples ganas –ovilladas- de llorar”.

A pesar de todo ese peso que le da el éxito al que ella huye como una quinceañera humillada, Uhart apuesta por la simpleza, el pragmatismo y lo chiquito. Hija de una madre rígida, estudió filosofía porque le gustaba y para maestra porque tenía que comer. Estuvo con un hombre casado, uno alcohólico, un ingeniero y un mujeriego. Sobrevivió a toda su familia. Un tiempo nadie la quería publicar, fue alcohólica, ganaba poco, quería poco, y aun así no dejó de inclinarse por la alegría, la bondad y las personas. Tuvo muchos amigos y escribir le daba alegría. Pero temía que la fama la aislara, decía: “Es un peso demasiado grande. Es un peso que no quiero admitir. No quiero ser la mejor escritora argentina. Es un lugar en el que te quedás sola y yo no me quiero quedar sola”. “A mí me gusta lo moderado. El éxito inmoderado me haría mal”. Todo esto lo dice la escritora que inventó una nueva manera de valorar los libros y la crónica, no por la “mirada”, sino por lo visto y oído. Esa grandilocuencia de los críticos de decir que la mirada lo es todo en un texto y en el estilo, para ella la mirada es solo eso, una grandilocuencia.

A ella le gustaba ver, acercarse al detalle y al escribirlo nos revelaba la grandeza de eso que no se puede asir o guardar, no era apegada a nada. Nos revelaba esa certeza incierta que nos asalta cuando nos preguntamos sobre lo que quiso Dios para nosotros. Algo así como lo que escribió en su relato “Memorias de un Pigmeo”: “Y así el espíritu nos castigó y nos prohibió sembrar. Nos dijo que cazáramos y así cazamos al elefante de tres maneras. La primera es haciendo una fosa que rellenamos con hojas, cuando el elefante pasa por ahí, pierde pie y cae. El elefante no mira para abajo cuando camina porque su deber es sostener el aire; está atento al aire y de repente, ¡zas!, cae con todo su peso. La segunda forma es cuando el elefante va por el camino del agua: vamos cuarenta de nosotros y lo esperamos escondidos detrás del matorral, nos subimos a lo más alto del árbol, caemos todos juntos sobre él y lo matamos a flechazos. Siempre muere uno de nosotros, pero el leopardo produce más gente de su propia sustancia. La tercera manera de cazar es secreta”.

Leerla es como estar a la altura de los pigmeos, cerca de los detalles, agachados como buscando hormigas para mirarles a los ojos. Lo mismo su vida, que su escritura, amante de los animales, de los monos en especial, prefería que la alojaran en un hotel de tres estrellas –“Hasta tres estrellas yo puedo con el hotel, más de tres, él me puede a mí”- y cuidaba con un esmero religioso su jardín que tenía en el pequeño balcón del departamento en el noveno piso donde vivía en Buenos Aires. “El mundo de Hebe Uhart está repleto de seres así: aislados, inadvertidos, dolorosamente lúcidos. Sobre el telón de fondo de su mutismo tierno, de su tragedia enfurruñada, ella despliega la crueldad de la jauría. Y cuenta lo que hace esa jauría con los débiles”, otra vez y última, Guerriero.

Así es con los libros de Hebe Uhart, una mañana te ves a ti misma viendo a los otros, al paisaje, los jardines, los animales y te das cuenta de que ves el mundo por primera vez, con la misma ingenuidad y asombro que ella, sin ser presa ni víctima, sin exigirle al mundo una respuesta y, lo más hermoso de todo, sintiéndote uno de sus seres, de esos a los que el mundo no les debe nada.

Productora y gestora cultural - albita35mm@gmail.com



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