Cochabamba, jueves 15 de noviembre de 2018

Los públicos de arte: del ojo común al ojo crítico

La autora reflexiona sobre las viscicitudes del arte contemporáneo frente a su público. ¿Qué tipo de miradas y opiniones pueden esperar los artistas? ¿De qué nos sirve el ejercicio crítico? Son algunas de las preguntas que plantea e intenta responder.
| Mireya Sánchez Echeverría | 14 oct 2018



Entre las mil maravillas y monstruosidades inherentes a la revolución digital está la de mostrar al instante la obra de arte frente a nuestra pantalla. Nunca como en estos tiempos el arte habría estado más cerca de nosotros, pero, a la vez, más lejos e inaccesible.

El hecho de que la mayoría no contemos con decodificadores para entender una obra, especialmente si esta pertenece a una corriente contemporánea, y tampoco la apertura sin límites para emitir nuestras opiniones de lo visto, ya sea en las galerías, el museo o en las mismas redes, permite la circulación masiva de frases lapidarias contra el arte actual emitidas incluso por personas cultas y bien informadas en otros rubros.

Muchas de ellas están convencidas, por ejemplo, de que no existe diferencia alguna entre un Pollock y la pintura de un chimpancé; o cuando, viendo ciertas obras, se les ocurre seriamente enmarcar y colgar los garabatos del retoño de la casa.

Están también las huestes, muy numerosas, por cierto (y a veces con razón) de indignados y escandalizados ante, por un lado, la calidad de ciertas obras, y, por otro, los desorbitados precios de las mismas.

Tampoco faltan por estos lares los “mala leche”, que, echando mano de la incomprensión o falta de gusto de las masas, aprovechan para defenestrar e insultar al artista por su desagrado personal y así ganar cuantiosos “likes” en sus muros de Facebook.

Son legiones la de “mirones” y “paseantes” que circulan por museos, galerías y redes desconcertadas e indiferentes ante un arte que no les significa nada, superlativamente superior en número frente al verdadero “público de arte”.

Guido Ballo, uno de los pocos investigadores sobre el tema, clasifica los diversos espectadores en cuatro tipos correspondientes al “ojo común”, al “snob”, al “absolutista” y al “crítico”. Sin duda, los arriba descritos pertenecen a la primera tipología.

Es más, podríamos introducir en este grupo a aquellos que solo buscan en la obra la consecución de un placer inmediato otorgado por lo bello y por la fidelidad de la obra con el original, o aquellos que se aferran a lo tradicional, lo popularizado y sacralizado por la historia del arte y juzgan las novedades bajo paradigmas críticos del romanticismo y la modernidad.

No faltan entonces aquí los que claman por el retorno, por ejemplo, de Caravaggio (uno de mis favoritos). Es decir, el regreso de la figura del artista como genio, del arte figurativo y del tecnicismo.

Un peldaño más arriba se encuentra el “ojo snob”, aquel espectador que se esfuerza por leer con atención la reseña del curador o la ficha técnica de la obra para encontrar la clave que le acerque más a ella. Es el que pretende ir más allá del “ojo común”, pero se queda en lo superficial, veleta ante los vientos de las modas y de los críticos del momento.

Otro, el “absolutista”, se caracteriza por defender una sola tendencia. Intransigente, no ve más allá de su propio gusto; apunta en una sola dirección, por lo que resulta imposible dialogar con él. Se lo encuentra generalmente entre los artistas que defienden una sola posición, que es aquella en la que se encuentran afiliados.

Finalmente, está el “ojo crítico”, para Ballo, el espectador ideal, el que realmente ama y se preocupa profundamente por el arte. Corresponde al crítico formado y sensible, capaz de detectar en la obra síntomas de su tiempo. Es el que atiende a la información otorgada por la historia del arte, pero también está atento y abierto a las nuevas corrientes emergentes.

Llegar a ser un ojo crítico y formado requiere de mucho compromiso individual, ya que como dice Michel Onfray, es un error imaginar que es posible acceder a una obra de arte, sea cual sea, con las manos en los bolsillos, totalmente despreocupados, ingenuamente.

Para el filósofo francés, entender cualquier obra de arte se asemeja a conocer un idioma. Si uno no conoce el francés, no entenderá a nadie que le hable en francés Por tanto, quien ignore la lengua en la que está escrita una obra de arte se priva para siempre de comprender su significado y su alcance.

Así, todo juicio estético se hace imposible, impensable, si se ignoran las condiciones de existencia y aparición de una obra de arte que necesariamente se completa con la mirada inteligente del espectador que la aprecia. De allí la imperiosa necesidad del artista que despliega su obra para ser vista por un público, y mejor si este público está capacitado para comprenderla y emitir una opinión sobre ella, aunque esta sea lapidaria.

¿Cómo nos convertirnos en apasionados del arte? ¿Cómo aprender su lenguaje? Decididamente un ojo crítico se hace ejercitando el juicio y el gusto con tiempo y paciencia, tal cual un buen catador de vinos.

En la crítica de arte se logra leyendo e informándose sobre las diferentes corrientes que aparecieron a lo largo de la historia, acudiendo a otros saberes como la psicología, la semiótica, la antropología que completan y ayudan a su abordaje.

En la crítica de arte, como en todo dominio de una técnica, la práctica hace al maestro. Así, la construcción del juicio supone un orden y un método. además de un maestro, aunque en nuestro medio, donde ni la escuela ni la universidad ofrecen dicha opción, la formación del juicio es ante todo responsabilidad de uno como autodidacta.

Después de leer estas líneas uno se preguntará ¿para qué? ¿Con qué fin tanto esfuerzo? Al menos considerando la situación actual del arte, donde al parecer, y solo al parecer, abunda lo que Antonio García Villarán llama el “hamparte”, la estafa, las obras flojas y sin talento, la repetición, el sinsentido.

La respuesta es simple y contundente: porque el arte, el buen arte, nos salva. Porque la experiencia estética -en un mundo bastante deshumanizado, solitario y automatizado-, nos vivifica y despierta tanto al dolor como al placer. Porque permite abrir nuestra mirada de manera más consciente y lúcida hacia nuestra realidad. Porque, finalmente, nos hace más profundamente humanos. Y esto no es poca cosa ¿verdad?

Filósofa, docente e investigadora - mire_sanchez@hotmail.com



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