Cochabamba, martes 18 de diciembre de 2018

El sufrimiento fetal de Camila la dejó sin poder andar ni hablar

Trifonia acudió a su médico en Sacaba con los primeros síntomas de alerta para el parto. No recibió la atención adecuada y hoy su hija Camila sufre las secuelas de esas fallas.
| MARÍA LUISA MERCADO Twitter: @mluisa | 07 oct 2018



Camila, de cuatro años, asiste tres veces a la semana a un centro de rehabilitación. Llega cargada en el aguayo de su madre, desde Quintanilla ( kilómetro 5 a Sacaba) hasta la Muyurina. La ilusión de su mamá, Trifonia Arias Vera, es que Camila pueda comer sola, quizás sentarse, hablar y hacer otras cosas más. 

La situación de Camila es consecuencia del sufrimiento fetal al que fue sometida, cuando su madre no fue atendida adecuadamente en un hospital público de Sacaba.

Trifonia centra toda su atención en mejorar la condición de Camila y ella le regala sonrisas, conversaciones con las pocas vocales que articula y los pequeños avances que logra con sus ejercicios. Le encanta la música. Camila es muy sensible y los bocinazos de la calle la atormentan al punto de provocarle el llanto, igual que cuando las personas alzan la voz o tosen. Trifonia tiene que explicarle porqué ocurre aquello, hasta que se calme. Camila tampoco permite que la toquen, pues tuvo que dar muestras de sangre cada semana, durante siete meses, mientras esperaba un espacio en el Hospital Pediátrico Manuel Ascencio Villarroel, para que le operen la luxadura de la cadera. Ni con esa espera logró la cama y fue operada en una clínica particular, con tan malos resultados que aún no puede sentarse ni asentar los pies.

PRENATAL Trifonia acudió al control prenatal al Hospital México de Sacaba. Alrededor de los nueve meses de gestación, estaba adolorida y fue a la consulta. “No es nada”, le dijo el ginecólogo y la citó para dentro de siete días. Luego, Trifonia presentó sangrado y, como su médico no estaba en el hospital, ella fue a buscarlo en su clínica privada. Debía hacerse una cesárea que le costaría dos mil bolivianos. No tenía ni siquiera los 1.200 bolivianos que el médico pedía de adelanto.

Entonces, fue al Hospital México y esperó hasta las cuatro de la tarde. La encerraron en una sala donde el único responsable era un residente brasileño que no entendía lo que le decía la paciente. Él y una enfermera forzaron un parto natural. “Era una tortura. Horrible, horrible”, recuerda Trifonia, al señalar que el residente que presionaba el viente para ayudar a expulsar al bebé. Llegó el ginecólogo y le dijo al brasileño que no era el procedimiento. Trifonia estaba exhausta y recibió oxígeno, pero estaba feliz porque Camila lloró al principio. Minutos después, la enfermera le inyectó algún medicamento y la bebé dejó de llorar y de moverse. En el hospital no tenían oxígeno para la recién nacida y ordenaron su traslado al Materno Infantil Germán Urquidi. “No estaba el chofer y nadie podía conducir la ambulancia. Camila tuvo que esperar hasta las siete de la noche para que la lleven al Materno”.

Trifonia aún aguardaba que le saquen la placenta, cuando le llamó su hermano para decirle que no había espacio para Camila y le sugerían llevarla a un centro particular. A medianoche, la bebé ingresó a terapia intensiva en el Materno Germán Urquidi. A la mamá solo le dijeron que “se tragó líquido y se le entró a los pulmones”.

A los siete días, la bebé comenzó a lactar, pero en la sala otro médico ordenó que solo le den biberón y empeoró: necesitaba trasfusión de sangre. “Usó trece unidades de sangre y pagué 10.000 bolivianos, aunque no me crean”, relata. A Camila le diagnosticaron hepatitis y culparon a la mamá de esa enfermedad. Trifonia estaba en neonatología día y noche. Perdió su empleo y la habitación que alquilaba, además de vender todos sus bienes. Al mes de internación, el personal del hospital le decía: “Se va a morir”. Trifonia convocó a un sacerdote y a un pastor. La abuela de Camila fue la madrina y eligió el nombre que significa luchadora. La bebé estaba teñida de amarillo, tenía sonda y la barriga hinchada. Los médicos le dijeron que estaría todavía internada, pero, de improviso, le dieron el alta. Necesitaban la incubadora para otra bebé. Trifonia no tenía dónde ir y pidió ayuda a la trabajadora social del hospital, contándole que estaba sola. “Eso deberías pensar antes”, le dijo la funcionaria. Trifonia pasó tres días en la calle y volvió al hospital. Una pediatra lloró al ver a Camila y ordenó su internación por una temporada más.

DISPLASIA La bebé fue creciendo y a los tres meses le diagnosticaron displasia de cadera. El traumatólogo reprochó a Trifonia porque andaba con la bebé en el aguayo, empeorando la displasia. Le recetaron usar doble pañal, pero fue inútil. Tenía que ser operada. La espera para cama y quirófano duró siete meses, sin éxito. Camila ya estaba traumatizada con tantas muestras de sangre que le sacaban para la cirugía de cadera. Un médico particular le ofreció hacer la cirugía en una clínica privada, pero resultó fallida, pues la niña ya no se pudo sentar.

RETRASO Cuando Trifonia fue a reclamar al médico que falló en la atención del parto, le advirtió que “en segundos” conseguiría abogados que lo defiendan. Que tenía dinero y que ella, pobre, sin familia, tenía las de perder. No hizo ningún reclamo escrito.

Sobre la condición de Camila, los médicos solo le informaron que tendría “retraso”, que tardaría años en aprender a gatear o a hablar. Que le pusieron medicamentos “muy fuertes” y que “todo estaría bien”.

Trifonia pidió los documentos de Camila al hospital de Sacaba y recién en 2016 obtuvo su certificado de nacimiento, con la ayuda de un abogado de oficio. Hasta hoy, en el Materno Infantil Germán Urquidi, no le entregan su historia clínica. En 2014 también pidió documentos. En Sacaba le decían “para qué quieres si tu bebé salió bien de este hospital” y en el Materno aseguraban que Camila llegó agonizando. Por sus reclamos verbales le amenazaron con enviarla al psiquiátrico y entregar a su hija a un hogar.

Trifonia trabaja hoy donde le permiten hacerlo con Camila: lava ropa, limpia casas, cocina de todo.

“Mi problema no es problema, simplemente es mi realidad”, reflexiona. Con la ayuda de la fe y del padre Rubén de La Recoleta superó la depresión y la etapa en que renegaba y maldecía.



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