Cochabamba, martes 18 de diciembre de 2018

Emil Gumiel y las posibilidades de la acuarela

Crítica sobre la exposición que realiza el pintor cochabambino en el Café Lea+ (calle Santiváñez No. 134). La muestra permanecerá abierta hasta el 15 de este mes.
| Caio Ruvenal | 07 oct 2018



Con la reciente aprobación de la Ley de la Acuarela en Cochabamba, es posible notar un cierto aire de triunfalismo en los acuarelistas locales. Más allá del fomento y las posibilidades que puede abrir esta norma, en cuanto a lineamientos y acciones políticas, es una victoria simbólica; la posibilidad de tener un fundamento ante la constante afirmación de “la acuarela es cochabambina”. Lo cierto es que la escuela de acuarela en la ciudad lleva una larga tradición, con cimientos en la segunda mitad del siglo pasado. La notable impronta que dejo el potosino Ricardo Pérez Alcalá (máximo representante de la técnica acuosa en el país) a su paso por Cochabamba se ve reflejada en sus seguidores, como José Rodríguez o Remy Daza, y estos a su vez engendraron y engendran discípulos, creando una cadena que perpetúa el estilo cochabambino de la técnica de la transparencia.

Con estilo de acuarela cochabambino me refiero a parajes coloniales, portones, tejados y amplios paisajes vallunos (sin personajes, en su mayoría), que pueden albergar espejos de agua. Este contenido es ejecutado con una soberbia precisión técnica, que aprovecha los espacios en blanco del soporte para ofrecer focos de iluminación, jugando con el brillo y la sombra, dando como resultado un rico contraste cromático. Estas características han formado la escuela de acuarela cochabambina, ya consolidada como la asiática (Sumi-e) o la india. Su principal atributo es su belleza estética, agradable para el ojo, sin embargo, esta prolongación ha causado una especie de estancamiento, un “conformismo”.

En este contexto adquiere relevancia la figura del pintor cochabambino Emil Gumiel, abiertamente irreverente. Digo abiertamente porque es consciente de su intento de ruptura con la acuarela tradicional. Es más, formó parte de ella en sus inicios. “Deje de pintar lo material para pasar a lo inmaterial”, dice. Estos conocimientos y experiencias, siendo parte de la academia, le permiten romper con las estructuras impuestas implícitamente. “Tienes que conocer los preceptos para poder desafiarlos”.

Sin entrar todavía al análisis de su obra, creo que Emil reúne un conjunto de características que prueban su intento de ostentar una imagen de artista comprometido con su arte: los ya mencionados conocimientos técnicos (es además licenciado en Arquitectura) y su interés por el periplo que debe seguir cualquier artista, la evolución de su obra, en constante mutación, el traslado a diferentes motivos y preocupaciones. Esto supone una apropiación simbólica de sus pinturas, pues “los pintores siempre están en constante cambio, nunca se deja de experimentar y tratar cosas nuevas”. “Encontrar tu estilo tal vez se defina cuando el público ya reconoce tus pinturas, tu impronta. Los artistas que han perpetuado su estilo durante años es porque han tenido una excelente recepción”.

Todas estas características provocan atención hacia la obra de Emil Gumiel, que la defino como una experimentación, sin perder de vista conceptos académicos que la hacen agradable de ver. Si hay algo que se reclama a los artistas contemporáneos es escudar su falta de talento en la “libertad artística”. Para no caer en esto, Gumiel toma las reglas historiográficas de la acuarela cochabambina y las adapta a sus necesidades. Si la escuela tradicional de acuarelistas utiliza una única y diferenciada fuente de iluminación, Gumiel utiliza más de dos para dotar a sus personajes de un halo de deidad, produciendo seres celestiales.

Si la escuela simula la sensación de humedad, tierra mojada a través del agua, Gumiel la emplea para formar auras alrededor de sus estructuras y figuras. Mientras que el trazo de la mayoría de los acuarelistas es espontáneo, salpicado e interrumpido, con bordes no muy claros, el de Gumiel es continuo, con claros márgenes que limitan sus figuras. Los colores están contenidos en líneas, mientras que las internas son complejas, creando estructuras.

En cuanto a su contenido, a veces refleja construcciones o paisajes flotantes, pero en su mayoría son figuras antropomorfas en primer plano, vaporosas que despiden humo. Este misticismo se ve reforzado con fuertes violetas en estado puro que remiten espiritualidad y onirismo. Sus colores, en general, son puros sin mucha intervención de blancos, “trato de trasladar el color tal como está en el disco cromático sin acercarme a sus derivados”. Estas similitudes entre sus personajes permiten acomodarlos en un mismo universo, tal vez falta adaptarlos a una misma preocupación, una misma temática.

Mención aparte merecen sus dibujos (también presentes en la exposición) que denotan un pulso envidiable. Cada línea cobra protagonismo y Gumiel las deja en el resultado final, haciendo evidente el proceso de creación. Para finalizar, destaco tres cuadros presentes en la exposición: “Político I”, con un claro juego de imagen-concepto y donde se evidencia un mensaje social que reforzaría la obra de Gumiel; “Colonizador”, una pintura que representa claramente su estilo; y “Árbol de la vida”, manifestando la gran sensibilidad estética del pintor, su mayor atributo.

Periodista - caio.ruvenal.257@gmail.com



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