Cochabamba, viernes 19 de octubre de 2018

Adiós a Dios

El autor brinda una versión sobre lo que está sucediendo en el mundo.
| Antonio Rivera Mendoza | 30 sep 2018



Ya está encaminada la corrección del gran error de la humanidad. Va acompañada de la deserción y el éxodo.

Al desconcierto causado por la comprobación de que sacudirse de la fe otorga un nacimiento nuevo, siguió el desencanto y el desbande que dejaron desiertos reclinatorios, confesionarios silenciosos de culpas, velas sin lumbre, santos sin deberes de intercesión. Dijeron adiós y, camino a casa, se reprochaban el haber estado atados, durante tanto tiempo aterrorizados por su propia criatura. Esa fue la deserción.

Vinieron, entonces los camiones de mudanza. Sus hombres ayudaron al éxodo. Cargaron las estatuas de yeso coloreado: soldados matando víboras, viejecitos de semblantes de infinita tristeza, instrumentos de tortura con su crucificado, hombres atravesados de flechas y, con la misma conducta profesional, se llevaron las diversas señoras que, curiosamente, eran una sola.

Los hombres comieron de sus loncheras y fumaron, antes de apilar la santidad en los depósitos de trastos, de los que algunos íconos fueron rescatados por galeristas de pop art.

La iglesia, allá en la plaza, quedó vacía, como tantas en el mundo.

Hace unas décadas, el decreto de un concilio se adelantó a esta indecorosa procesión: despojó de la santidad a una legión de venerados santos (Esto ocasionó una protesta sindical, en La Paz. Entre los purgados se hallaba San Cristóbal, el patrono del poderoso sindicato de choferes; ni el voto resolutivo, ni su declaratoria de emergencia, hicieron retroceder al sumo pontífice, sin embargo el sindicato continúa llamándose San Cristóbal, aun a riesgo de excomunión).

Hoy, aquella purga stalinista vaticana, es la saludable premonición del éxodo de estuco.

Ya no están esos ídolos que, cómplices, contemplaban los infames ataques que, en horas de penumbra, sufrían niños a manos de los únicos custodios vivos de tales edificios.

Los grandes templos, a donde se solía acudir para guarecerse del frío invernal o del sofoco del estío, y también para rezar, acogieron a la razón y el desvarío, que forman al ser humano, nacido del mágico accidente del tiempo y de los planetas.

El templo de mi barrio se consagró como biblioteca. En ella se acomodaron Cortázar, Borges, Monterroso, García Lorca, De Amicis, García Márquez, Lezama, Bradbury, Le Carré, Lara, Flaubert, Arreola, Sartre, los Hernández, Neruda, Morón de los Robles, Castellanos, Poe, Hugo, Carpentier y otros miles, siguiendo un minucioso desorden.

Poe en un sitio oscuro, al alcance de la inocente crueldad de los niños; Cortázar a la luz de los vitrales, sus libros, él (y su oportuna ironía del Pajarito Mandón en sus interiores), tan contentos con los juegos los colores; García Márquez en el Coro de vallenatos literarios, Cèline, perdido en algún hueco que dejó el retablo, algunos lo leerán, otros le rezarán; Vargas Llosa, junto a la alcancía de las limosnas, pero donde ¡ay! nunca más se oirá el tintineo de las monedas; Borges, ¿en un laberinto o ante un espejo?, no, allí se arrodilla el crítico, él, en la bancas donde caben bastón, ironía y candidez; los libros de Neftalí, afuera como él mismo los asoleaba, en su Vallegrande; el otro Neftalí, Reyes, cerca de aquel ventanal desde donde sus versos adivinan el mar, la tierra y el aire…, etcétera.

Periodista y escritor - arivera133@gmail.com



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