Cochabamba, miércoles 17 de octubre de 2018

Hocicrónica

Compartimos un fragmento de una de las crónicas, firmada por una cochabambina, que componen la colección No me jodas, no te jodo. Crónicas escritas por y para El Alto. El libro se presenta el miércoles 26 de septiembre en la biblioteca del Centro Simón I. Patiño a las 19:00.
| Gabriela T. Sejas Zevallos | 23 sep 2018



¿Quién podría nombrar a una ciudad El Alto? Un nombre descriptivo para una especie de ciudad-faro que vigila a La Paz, que se encuentra justo bajo la mirada de El Alto. Escuché de El Paso, La Rochelle, El Dorado, lugares donde el artículo precede al nombre que suele ser un adjetivo para darle mayor énfasis.

La primera vez que escuché acerca de El Alto fue el año 2.003 por la televisión, cuando un gentío descendía los 4.150 msnm del altiplano boliviano, hasta la Sede de Gobierno, una lava ardiendo, quemando tanques y políticos a su paso, escribiendo la historia, sin ser conscientes de su poder hasta ese momento. Desde mi universo valluno quchalu, percibir a esta joven anticiudad fue prácticamente imposible.

Uno siempre es boliviano, aunque muchas veces se esfuerce por realzar la región a la que pertenece e ignorar el mordisqueado mapa que le da a nuestro país ese aspecto de hostia roída, pero bueno, no es algo que solo pase aquí, pienso que en general los países son geófagos, se devoran entre sí. No obstante los rostros adquieren un solo tono de piel cuando se juegan las eliminatorias de fútbol, en la cual somos el equipo de sparring con grandes aspiraciones, evocando la clasificación de 1994. Así es, incluso cuando no te gusta el fútbol, sonríes a escondidas con las victorias, las haces tuyas y te amargas con las derrotas. Se es boliviano desde la pequeña parcela que son nuestras ciudades-pueblos, incluso cuando muchas veces solo se conoce hasta donde llega la vista, pues con eso ya es suficiente para identificarse como boliviano.

Para comprender una ciudad tienes que vivir en ella, recorrerla día a día, integrarte, respirarla… y sumergir el cuerpo, al igual que sumerges las manos dentro un saquillo de granos, sabiendo que tal vez puedas salir rasmillado o no, pero lo haces, a veces por gusto, otras por curiosidad, otras simplemente porque estás buscando algo más o por que estás desempleada... este último fue mi caso.

El Alto me recibió con los brazos cruzados, debido a los bloqueos intermitentes en el camino, después de 14 horas de viaje, arribamos a una ciudad-carretera, una espina dorsal poblada de comerciantes y muñecos de trapo linchados a partir del cuartel Ingavi, todos colgados en los postes del alumbrado público, señuelos de advertencia y cercanía al Centro alteño. ¿Cuál centro? En Cochabamba todos los micros y todos los caminos llevan a La Cancha, epicentro comercial de la identidad agrícola. La geografía urbana alteña no tiene un centro, lo que tiene es más bien un continuo de ruidos y olores que se extienden hasta converger en la Ceja; otra vez el artículo. Comencé a pensar que esta región se toma a sí misma con severidad, y ¿por qué no habría de hacerlo? Si son capaces de tomar decisiones y deponer gobiernos.

La bienvenida fue explícita: “Persona desconocida será linchada”; “Auto extraño será quemado”. No son amenazas. De hecho son avisos que se cumplen con eficiencia y es por eso que hay que hacerse conocer, tejer relaciones con los vecinos de modo artesanal, poco a poco, sin ser confianzudo, pero con seguridad; aprender los códigos de vestimenta: usar un gorro tejido de lana o uno con visera, chamarra estilo parca de color gris para envolverse entre la niebla que se impregna en el ambiente… archivar definitivamente el abrigo de paño y esgrimir el currículo.

Las primeras semanas comenzaron con dureza, por ser julio el mes donde el clima gélido está en su apogeo. Fue la etapa de reconocimiento en el que fue mi barrio-mercado: desayunar fricasé, almorzar pollo a la broaster con chuño, enfermar del estómago, recuperarme, ser dejada en Visto por varios vendedores y tener que responder a casi todos por mi origen y acento cada vez que pedía direcciones. Una y otra vez. Hasta encontrar a doña Paulina, quien finalmente sería mi casera. Doña Paulina, la del precio justo por la cantidad y calidad esperada. Tenía una filosofía que no dudó en escribir y mantener pegada en la pared de su pensión: “Aquí se le atiende como a un Rey, porque el Rey no pide prestado, ni fiado”.

Las noches transcurrían entre fogatas callejeras y el silencio que llenaba las calles a partir de las nueve de la noche. Un silencio que solo podía ser quebrado por las peleas o por algún preste lujoso. Me pareció estar en Mordor de J.R.R. Tolkien, la oscuridad y ese ambiente hermético, no de solidaridad, sino de unidad cómplice, donde siempre algo está ocurriendo y a lo mejor es preferible no enterarse. La inexistencia de árboles, excepto aquellos bien contados que se balancean solitarios donde menos los esperas ver. El esposo de doña Paulina decía: “Ustedes, los quchalus, lo tienen todo fácil, allá [en el valle y en otros lugares] las cosas crecen, aquí en cambio tenemos que romper la piedra para encontrar mineral”.

Mordor tiene diferentes aromas y sabores ¿Cómo los identificas y clasificas? Primero recibes el despiste de una brisa helada y así, con los días, semanas y meses, vas identificando el olor de los ispis fritos de la calle, los pescados crudos sobre el pavimento y el pejerrey de la Ceja que contrasta con el aroma de la fábrica de chocolates El Ceibo. También está el conocido olor a gasolina quemada de los escapes vehiculares, el aceite rancio de los puestos de comida ambulante, las populares tripitas a la broaster, plato alteño y bien aceptado a Bs. 3. Aún no he probado las tripitas a la broaster, pero se parecen a la p’asanqalla de macararrón. También está el dulce de nuez, una especie de masita dulce que sabe a nuez y que supongo debe estar hecha con harina de nueces mezclada con harina de trigo.

Los perros también tienen su carácter y en general caminan abrigados. A excepción de los vagabundos, los otros, los que tienen dueño, van por las calles usando chompas, recuerdi que encontré a uno entre las calles de la terminal de buses vistiendo una chamarra con frisa; son de muchas pulgas y de temperamento desconfiado, igual que sus paisanos humanos, tienden a conservarse huraños, pero al mismo tiempo baten la cola lentamente en señal de aceptación al recibir un soborno, ya sea pan o restos de comida, pero luego continúan ladrando por si acaso. Con los perros de mi barrio-mercado nos llevamos bastante bien, posiblemente porque no soy vegetariana y no les ofendo arrojándoles tofu o carne de soya saborizada.

Un día feriado encontré a los canes de mi barrio parados frente a mi puerta en manifestación de protesta por haberme quedado dormida mientras ellos estaban hambrientos y sin comida. La culpa fue de mi primo, quien me envió un mensaje de texto un día antes diciendo: “Tengo entradas para un Electro Preste. ¡Vamos pues!”, seguido de emoticones: carita feliz, plus fuegos artificiales, plus corneta de fiesta. Casi automáticamente respondí: “No puedo, pero gracias igual”: carita feliz. Finalmente me convencí de que era buena idea socializar y visitar un cholet, de todas maneras quedaba a pocas cuadras de mi casa.

Escritora



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