Cochabamba, viernes 19 de octubre de 2018

Cuarto mandamiento

Sobre la reciente novela del escritor y periodista boliviano Erick Ortega.
| Mauricio Rodríguez Medrano | 16 sep 2018



Hay novelas que, para bien o para mal, son un taller para quien escribe. Se dice que Roberto Bolaño leía novelas malas (cuando era jurado de concursos literarios) para aprender de ellas.

La novela Cuarto mandamiento de Erick Ortega es un taller de aprendizaje sobre qué no hacer o intentar no hacer. Tal vez fue porque leí antes Humo, de Gabriela Alemán, y la vara era muy alta. O fue porque en la fila estaba Patria, de Fernando Aramburu, y mi apreciación es equívoca.

Igual da, empecemos:

Resumen de rigor: Cuarto mandamiento es la historia de una familia, contada con diferentes voces (al estilo Faulkner) de una búsqueda. Dos hermanos (que recién se conocieron) deben ir, por orden de su padre, a buscar a su hermana Bolivia (que es ninfómana). Capítulos más, capítulos menos, es eso y nada más. Digamos que es una especie de road movie contada en monólogos personales.

Veamos lo que hace que esta novela nunca cobre vuelo:

1. Primero el lenguaje. Recuerdo que un docente me dijo, cuando le envié un cuento malísimo (creo que todos mis cuentos son malísimos): “Rizaste el rizo”. En ese momento no lo entendí. Con los años y las lecturas, comprendí: un uso sin ton ni son de adjetivos para que mi cuento parezca literario, y uso de figuras retóricas y lenguaje soez porque creía que eso causaba comedia.

Estaba en el error.

No porque use metáforas originales o lenguaje soez y de mal gusto una novela será pro. Y de eso peca Cuarto mandamiento: está llena de figuras retóricas, como un diccionario de la época medieval.

2. Los personajes clisés. Los errores en los que cae el escritor pueden ser dos. O no planifica la trama y se convierte en un clisé, con lugares comunes de películas de clase B, o no planifica los personajes y resultan ser copias de personajes de películas de Adam Sandler (claro está que no estoy hablando de la gran película que fue Embriagado de amor).

Simón es una muchacho jailón (de la clase alta que odia todo); Jhon es un tipo que usa lentes de contacto verdes y usa gel y tiene bíceps enormes; Gioconda es la esposa jailona que va al gym y ama el dinero y es algo histérica; Manuelita es una adolescente que ama la tecnología y los chicos y, si fuese de los Estados Unidos, sería rubia; Mariano es el padre policía que usa lenguaje soez cada dos líneas; Bolivia es una ninfómana, etc.

3. El problema de la polifonía. OK, puedes intentar hacer una novela al estilo Faulkner o Mario Vargas Llosa. Puedes querer usar diferentes voces. Pero Faulkner y Vargas Llosa lo logran porque hacen interesarse en los personajes, saben (o supieron) adentrarse en la médula de los personajes para que el lector sufra y viva con ellos. No en vano Vargas Llosa estudió a Flaubert (quien dijo: “Yo soy madame Bobary”, y tenía razón). No en vano Faulkner estudió a Víctor Hugo (quien hacía sufrir al lector con las peripecias de Jean Val Jean).

Antes de usar diversas voces como estructura de una novela (que no es nada actual), se debería ahondar en los personajes que son la médula, la base para que el lector quiera seguir pasando de página.

Cabe decir que Erick Ortega es muy buen periodista (uno de los mejores en la actualidad). Pero, para hacer una novela, además de dedicarle tiempo, se le debe dedicar estructura y planificación.

Periodista – zion186@hotmail.com



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