Cochabamba, viernes 19 de octubre de 2018

Microrrelatos hallados en un cajón II

El escritor paceño Guillermo Ruiz Plaza publica continúa publicando sus recientes narraciones. 
| Guillermo Ruiz Plaza | 16 sep 2018



Al pan, pan, y al vino, vino

Es fascinante la atracción que ejerce una buena caca. Sea vacuna, perruna o humana –si bien esta última parece ser la que goza de más atención por parte de cualquier ser vivo–, en pocos minutos se convierte en el centro de gravitación de las miradas, del olfato ofendido y, claro, de los círculos de moscas que, siempre en vilo, parecen existir solo para eso o, en todo caso, como si el instante del encuentro entre una caca y una mosca fuera algo precioso dentro de esa de por sí breve, intensa y, se entiende, preciosa vida. Es más: cuando han disminuido las miradas y el olfato humanos –digamos, a las dos horas–, puesto que la caca ha perdido ya esa mezcla de frescura y fuerza de los inicios, solo las moscas parecen capaces de admirar la belleza de la caca, su calidad de mesa, banquete y recinto sagrado: todo a la vez.

Y entonces, ¡qué hermoso ver cómo ese objeto blando, tonto, sin vida, desborda de pronto de energía y amor y voracidad! Cena que se resiste a caer en el tedio de la sobremesa y, a la inversa, opta por la fiesta desaforada, arrugando el mantel, las servilletas, rompiendo los floreros, salpicando las paredes, traspirando los vestidos en una orgía bestial que parece durar años enteros. Tampoco debemos olvidar que, para ellas, las moscas, es siempre la última cena.

Y a medida que pasa el tiempo, la caca ya no existe o existe solamente como un molesto obstáculo para los transeúntes que pasan cerca de ella o por sobre ella o la pisan sin piedad y siguen su camino, indiferentes, sin sospechar que, para ciertas privilegiadas, esa caca fue una intensidad y un crepúsculo y una despedida.

Pensar que así son las grandes obras bajo las ansiosas alitas de los críticos.

Entrar en El Paraíso

El gigante me cierra el paso y entonces sucede lo temido. Sin una palabra, levanta un índice nudoso y macizo como un mástil para indicar que no, que no puedo entrar, que es inútil insistir. Hombre tan paquidérmico como parco, San Pedro (así le dicen los pocos bienaventurados que lograron alguna vez el ingreso y que han tenido la suerte inaudita de devolver el saludo de la noble papada que se inclina, completando otro gesto amistoso: el guiño del gran ojo coronado por un párpado brillante de sudor, ese ojo como abrumado por el peso de telón que parece amenazar cada una de sus miradas), San Pedro, entonces, me ha cortado el paso con ese índice nudoso y macizo como un mástil, sin una sola palabra, sus carnes abundantes derramadas sobre el taburete cuyas patas parecen empotradas a causa del peso en el cemento del piso, con el no definitivo inscrito en la inmovilidad contundente de sus músculos adiposos y en la fijeza opaca de sus ojos de ballena.

Y yo, pobre pecador –no menos inmóvil bajo la luz roja que promete (garantiza, según me contaron) tantas delicias sin nombre, me contengo de golpearlo en el cráneo rapado y áspero, por puro despecho y frustración, hasta sacarle o, más verosímilmente, hasta dejarme sacar tanta mugre acumulada en la inacción–, me limito, cobarde y razonablemente, a saborear briznas de la música gloriosa que, a través de las rendijas del portón vedado, escapa envuelta en resplandores tropicales y en el picante perfume de los ángeles.

Pero sé que estorbo, porque en la pupila negra del monstruo se adivina ya una impaciencia amenazante y también algo más, algo inesperado e inobjetable como una revelación. A mis espaldas, ansiosamente oscura, soltando uno que otro suspiro estremecedor en la penumbra del pasillo, la interminable fila de almas en pena se prolonga hasta perderse de vista. Todavía abrigan, ilusas, la vana esperanza de entrar.

Lo innombrable

Solo sus huellas lo delatan. ¿Se ha detenido usted a pensar a qué se debe la pátina de los muros antiguos, la sombra amarillenta que brota inexorable de fotos y papeles, el fino polvo que sella a diario muebles y libros? No se trata, claro, de ningún descubrimiento. Ya los presocráticos, imagínese, no hablaban de otra cosa.

Los estudios de física cuántica le atribuyen un cuerpo tan diminuto que es ridícula la esperanza de atisbarlo a través del más potente de los microscopios. Una realidad velada nos gobierna, afirman los científicos más eminentes. ¿Cómo llamarla? Incendio invisible, escribe el filósofo Roberto Viani, mientras que el padre Johann K. Coburg sentencia, enigmático: Es la música de la sombra. Los poetas, contradictorios, la describen como un poco de agua escurriéndose entre los dedos y, a la vez, como un sueño expansivo que se propaga hasta los confines del universo. Todos ellos, no le quepa duda, no son sino patéticos intentos de nombrar lo innombrable.

Ciertos pensadores le asignan el poder insidioso de socavar nuestros cimientos, de resquebrajar naciones e imperios y de estar preparando, desde tiempos inmemoriales, nuestro inevitable fin. Otros, menos dados a la hipérbole, aseguran que esa triste empresa de destrucción es y será siempre obra exclusiva del hombre. Si algo puede atribuírsele a lo innombrable –añaden muy serios–, es la tarea incesante de trabajarnos en silencio con sus garras ciegas, limitándose a abrir brechas, a atormentarnos de angustia, a liberar poco a poco y sin descanso el humo y la noche y el feroz vacío que llevamos dentro.

Escritor - gruizplaza@gmail.com



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