Cochabamba, martes 18 de diciembre de 2018

Foster Wallace antes de Foster Wallace

El aclamado escritor norteamericano se colgó de una viga un 12 de septiembre hace 10 años. Pero, antes de la fama, antes del suicidio, hubo otro David Foster Wallace. Fascinado por lo que representaba el hip hop, tenía 27 años cuando comenzó a escribir Ilustres raperos, un resistido ensayo donde encontramos los cimientos de lo que sería un autor de culto.
| Alejandro Jofré Culto | 16 sep 2018



Es un libro pequeño, de tapa dura e ilustrado por stickers de una serie de elementos atribuidos a la cultura hip hop estadounidense: graffitis, latas de aerosol, zapatillas deportivas, radiocaseteras y lo que parece ser un Impala 64. Todo encabezado por un título llamativo aunque engañoso: Ilustres raperos, el rap explicado a los blancos.

La certeza: en poco más de 200 páginas, David Foster Wallace y su amigo Mark Costello construyen una singular apología al género musical, dotándolo de lo que podríamos llamar “base teórica” y revisando el complejo entramado social del que nace, con una tesis manida, aunque reveladora en su momento: pese a todo su racismo, la cultura de masas estadounidense es inaprensible sin su apropiación de la cultura negra.

“Todo lo que el oyente blanco de rock paga por disfrutar viene de la cultura negra”, advierten en el texto.

El flash forward: el volumen cierra con un ensayo a cargo de Casey Michael Henry, experto en literatura norteamericana moderna, que va sobre To pimp a butterfly, el disco de Kendrick Lamar que prueba la vigencia del rap. Tal vez uno de los puntos memorables de un trabajo vilipendiado por voces tan disímiles como el crítico musical Robert Christgau o el escritor Patricio Pron, quien lo destrozó.

“Es un libro muy poco placentero: como la sexta o séptima masturbación de la tarde de un joven priápico que sencillamente no puede dejarlo, ni siquiera cuando ya siente dolor”, escribió Pron.

La sospecha: los autores admiten, casi como una bienvenida, que se trata de un paseo por el género como “el turista que se trae su botella de agua”. Se acercan al rap con la moral de que tal-vez-esa-música-no-se-ha-creado-pensando-en-gente-como-nosotros. No es todo: desde el prólogo, Costello define la producción de Foster Wallace de la época como “una escritura entendida como compulsión, no como placer”.

La historia

Ocurrió antes de mudarse a Boston, cuando el hombre de La broma infinita tenía 27 años, había intentado suicidarse con pastillas e iniciaba un posgrado en estética en Harvard.

En junio de 1989, según cuenta Costello en el libro, en medio de una mesa redonda de autores, alguien atacó al rap llamándolo violento, antiblancos y antimujeres. Foster Wallace, otro de los participantes, tomó la palabra y comenzó a defender la destreza de sus rimas, los juegos verbales y su ataque a la arrogancia burguesa de la era Reagan.

Ese elogio no pasó desapercibido para el editor Lee Smith que le ofreció publicar un ensayo.

“Le encantaba la posmodernidad natural del rap, sus canciones hechas de pedazos de otras canciones y los raperos que rapeaban que su rap era mejor que el rap de otros raperos”, desmenuza Costello.

Foster Wallace venía de entregar el manuscrito de La niña del pelo raro, su primer volumen de cuentos, y todavía no era el referente de la cultura pop que conocemos: ese que brilló como el genial narrador que supo retratar las insatisfacciones de la vida diaria, con su imagen característica con la bandana, su mundo homenajeado en letras de rock y su vida reflejada en biografías y películas.

Era, por entonces, un asiduo lector de las críticas de televisión de Todd Gitlin, del trabajo del enorme Greil Marcus y de uno de sus autores favoritos, el crítico musical Lester Bangs, a quien le dedicó el libro.

Siempre en la Boston, dominada por el éxito de Bobby Brown, como cuenta Costello: “Empezaron a aparecer jóvenes como Bobby Brown debajo de las piedras. Como si fueran roqueros de Liverpool después del gran éxito de los Beatles, ahora los jóvenes aspirantes a raperos y promotores compartían la embriagadora sensación de que todo era posible”, describe el abogado y fanático del jazz.

Por entonces, el rap –“lo más importante que está pasando hoy en la poesía americana”, según escribieron los autores casi veinte años antes del suicidio de Foster Wallace– tomaba por asalto la cultura estadounidense.

Había dejado de ser una moda, por así decirlo, para instalarse como un estilo revolucionario.

Eran los años en que Public Enemy sonaba en las radios con Fear of a black planet —el disco de “Fight the power”—, al mismo tiempo que MTV, esa catapulta de lo que tenía que sonar entre la cultura de masas, apenas emitía videos de artistas negros.

Según explica Costello en el prólogo, Foster Wallace quería contarle al lector que “el rap tiene una historia enredada y selvática. Es una forma joven, orgánica y en pleno desarrollo. Y sin embargo, posee un verdadero potencial de protesta”.

¿Rap?

Acá una definición del hombre de Portátil: “Es una música esencialmente carente de melodía, construida en torno a una batería y un ritmo de fondo digitalmente sintetizados y a menudo igual de complejos que el tamborileo de los dedos en la mesa de una sala de espera, complementados con los llamados krush grooves (trozos o series repetitivas de acordes) y sampleados (pirateados), que a su vez fueron concebidos y grabados por iconos del rock anteriores al rap, todo ello englobado en un estilo distintivo, desnudo, estridente y traqueteante cuya temática obsesiva y limitada gira a la velocidad de unos pocos microamperios en torno al circuito performativo del MC/rapero y de su Sancho Panza a cargo del scratching y las mezclas, el DJ”.

Mientras los autores corrigen Raperos ilustres, Chuck D y Flavor Flav tienen casi la misma edad que el hombre de La broma infinita, pero las letras que escriben los raperos de Public Enemy tienen otro motor: algo así como el residuo de un entramado que ocupa a la exclusión y la discriminación como elementos fundamentales.

El combustible, según el libro, sería la rabia contenida en la sociedad negra. Y su estanque, los guetos de las grandes ciudades. Los que operarían como caldo de cultivo.

El rap, como sintetizan Foster Wallace y Costello, bucearía entre esos espacios de protesta y sacaría a la calle —”por medio de bases rítmicas muy simples”— a buena parte de “quienes maceran su ira en los barrios marginales”, en una especie de crónica de esas “vidas reales, reconocibles, aunque resulten ajenas”.

“El libro es una vergüenza”, opina el crítico musical Andrés Panes. “Toda mi admiración al resto de su obra, pero cuando opina de rap se nota que no es más que un desinformado fan de Alanis Morissette con buena pluma. Da tanto bote que hasta Robert Christgau lo expuso. Hasta a Foster Wallace le daba plancha haber escrito Signifying rappers (el título original de Ilustres raperos)”, agrega.

Según el periodista, “el rap es, más que nada, un reflejo hiperbólico del capitalismo”, como decía Simon Reynolds. Creo que esa lectura se acerca mucho más a la realidad que lo que dice el equivocado y difunto Foster Wallace, aunque también se queda corta. Yo pienso que el rap existe en un espacio intermedio que no puede ser reducido a la teoría, como nada que venga de la calle”.

Así, Foster Wallace y Costello, ambos jóvenes universitarios blancos de clase media, fascinados por un movimiento que desconocen pero que terminará por cambiar para siempre el sonido norteamericano, encuentran en la revisión del género una lectura solapada de la propia historia de Estados Unidos.

“El rap es fácil de bailar pero difícil de analizar”, escriben. Y ponen como ejemplo el video de “Walk this way”, esa rareza en que colaboran un símbolo del glam rock como Aerosmith y una banda de la vieja escuela del hip hop como Run DMC.

Los autores ironizan con lo que vemos allí: un grupo de raperos vestidos de negro mezclados con unos rockeros que imitan a Led Zeppelin, una banda que a su vez tomó por asalto el blues de Willie Dixon, un músico a quien nunca acreditaron por sus canciones.

Periodista y editor - Twitter: @rebobinars



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