Cochabamba, domingo 18 de noviembre de 2018

¿Cuál es el proceso terapéutico para decidir dejar la violencia?

Dos pasos iniciales son vitales: reconocer que tienen un problema y hacerse responsables de enfrentar las consecuencias de sus acciones. Con esa base, terapias individuales y grupales han demostrado ser efectivas. 
| darynka sÁnchez a. WhatsApp: 75900302 | 09 sep 2018



La violencia es un acto intencional y sistemático que provoca daño, malestar, y hasta la muerte. Cuando una persona humilla, controla, golpea u ofende a otra, sabe que está causando mal, pero lo sigue haciendo porque no cuenta con otros recursos simbólicos para resolver sus conflictos.

Muchos hombres, de acuerdo a los casos atendidos en el Centro Hombres de Paz, recurren a la violencia porque han aprendido, desde su niñez, que el varón debe ejercerla para imponer su autoridad en su hogar.

Otros lo hacen porque ya no soportan la demanda y la exigencia de sus familias respecto a la provisión que deben llevar a sus casas. En sus testimonios, varios dijeron que no toleraban los reclamos, que los presionaban demasiado y que solo querían que sus parejas se callen un momento, pero que terminaron golpeándolas para lograrlo.

Aldo Zeballos, uno de los psicoterapeutas del centro Hombres de Paz, explica que lo que el grupo de profesionales hace es trabajar con una metodología en la que los varones puedan reconocer su violencia, reflexionar de dónde viene, qué buscan al ejercerla, realizar una autocrítica, y analizar cuáles son los patrones de interrelación que ellos tienen, para que, a partir de ese descubrimiento, desarrollen y fortalezcan recursos y estrategias que les ayuden a resolver problemas sin recurrir a la violencia.

“El objetivo específico es provocar cambios posibles en sus formas de pensar, de sentir y de actuar, para que ellos puedan resolver problemas de relacionamiento conyugal, paterno filiales, laborales y sociales, libres del maltrato. Ellos terminan admitiendo que la violencia es una salida fallida para intentar resolver un problema de relacionamiento conyugal y que solo genera sufrimiento”.

Para cumplir este objetivo, la metodología empleada, desde la psicología clínica, comprende la terapia individual y la grupal. Existe un protocolo mediante el cual se selecciona cuál sería la mejor opción para cada hombre, según el caso. La terapia individual permite la posibilidad trabajar de manera directa con la persona, pero cuando los grupos pueden beneficiarse del testimonio de algún varón se opta por ello. “La terapia grupal es para todos, pero no para cualquiera”, dice la premisa.

A Hombres de Paz, los varones llegan de cuatro maneras: con una orden judicial cuando han sido hallados culpables de violencia intrafamiliar, y parte de su sentencia es cumplir con 18 sesiones de terapias; con una orden fiscal cuando han sido denunciados por violencia, pero sus casos aún están en proceso de investigación; remitidos por algún Servicio Legal Integral Municipal (SLIM) para prevenir la comisión de delitos; y voluntariamente.

Los que mejor responden al tratamiento terapéutico son los que llegaron por voluntad propia y los que durante el proceso cambiaron su motivación inicial: de cumplir una obligación a un anhelo profundo de mejorar su calidad de vida personal y familiar.

Zeballos asegura que, para cambiar pensamientos y acciones, existen dos factores importantes. El primer paso es que las personas deben admitir que tienen un problema, como ocurre con los adictos. “Si no lo asumen, no cambiarán. Y en eso trabajamos”.

Sin embargo, el reconocimiento no es suficiente. El segundo paso es el hacerse responsable de las consecuencias que les tocarán enfrentar por sus acciones. “Cuando lo hacen, el cambio es posible. Si estos dos pasos no se cumplen, no habrá transformación”.

Cuando los hombres se dan cuenta de que no necesitaban recurrir a la violencia para resolver conflictos que van desde la intolerancia a los reclamos hasta los desacuerdos por temas de convivencia, entienden que el maltrato se aprende desde la niñez, pero que pueden desarrollar un repertorio de recursos simbólicos y estrategias, para cambiar ese aprendizaje.

“La diferencia entre las personas violentas y las que no lo son es que estas últimas tienen recursos para mantener una comunicación efectiva y una escucha activa. La comunicación no es lo que A dice y lo que B responde, sino lo que A y B pueden consensuar. Si alguien grita, o insulta, ya no hay una palabra plena que construye, sino un obstáculo. No existe intención de conversar ni de consensuar, sino de imponer o dañar”.

En un año de trabajo y de recojo de experiencias, los psicoterapeutas de Hombres de Paz han constatado un concepto importante en la comunicación asertiva. Toda conducta violenta es tan negativa como la pasiva. “No tratamos ni entrenamos a los hombres para que soporten, sino para que comuniquen lo que piensan o sienten sin agredir”.

Se ha observado casos en los que, después de plantear una denuncia por violencia ante la Policia, si los esposos siguen viviendo juntos, “algunas mujeres amenazan con llamar al 911 cuando su marido levanta la voz. Y había varones que se obligaban a callar y no hacían nada, pero esto es peligroso porque se sentían impotentes, acumulaban tensiones y, en algún momento, como una olla a presión, iban a explotar. La idea es que sí digan, o hagan algo, para resolver ese conflicto, pero sin violencia”.

Sin embargo, no todos los varones derivados a Hombres de Paz entienden esto. La violencia puede presentarse en distintos tipos de personalidad. “Aunque son muy pocos, llegan violentos que tienen rasgos psicopáticos, neuróticos, sicóticos y perversos. Estas personas son excluidas de las terapias de grupo porque no desean cambiar, sino que buscan que los demás oigan sus relatos detallados sobre el sufrimiento de sus víctimas. Con ellos solo optamos por el servicio de psiquiatría e informamos al juez que esa persona no aplica a grupos terapéuticos, porque no acepta su responsabilidad ni siente culpa”.

Las personas con problemas cognitivos, de atención y comprensión, no ingresan a los grupos, pero sí a las terapias individuales, y si bien cuesta más, logran cambios importantes.

Los varones que llegan con una orden judicial, porque se han sometido a procesos abreviados en los que admiten su culpa, vienen “con una motivación externa, pero pasan a la motivación interna cuando se les pregunta para qué vienen, qué esperan lograr. Y hay resultados buenos”.

Los que llegan con orden fiscal son los más reacios porque sus procesos están en etapa de investigación, no se les ha probado el delito, y aún no admiten que tienen un problema. Llegan enojados y pensando que son procesados injustamente.

Ellos entran a terapias grupales y, cuando escuchan los testimonios de otros varones que cuentan cómo escalaron en episodios de violencia hasta llegar a la cárcel, aprenden a reconocerse en esas situaciones y algunos cambian de actitud, pero otros abandonan las sesiones en cuanto la Fiscalía les notifica con un rechazo de la denuncia en su contra.

Aquellos que se quedan se dan cuenta de que no existe una sola forma de ver el mundo, están dispuestos a trabajar muy duro “para barrer con creencias machistas transmitidas por generaciones que impiden relaciones sanas”. “Aunque hayan crecido con mandatos del siglo 20, aprenden que en este tiempo ya no se admite la violencia y que deben estar a la altura para educar hijos para el siglo 21”. Y eso es con el ejemplo. Sus palabras deben ir casadas con sus acciones. Reconocen que, si bien sus padres ejercieron antes la violencia “para regular a la esposa e hijos”, hoy es considerada un delito y saben que se chocarán contra un muro legal y de rechazo social”, describió Aldo Zeballos.

Los frutos reales del cambio 

Aldo Zeballos asegura que los hombres adultos sí pueden cambiar. Hay teorías del cambio, desde el enfoque sistémico, que respaldan esta tesis, pero, también existe la rectificación subjetiva del psicoanálisis.

En este proyecto, ya hay frutos que se ven y se oyen. “El primer cambio es de orden discursivo. No usamos un modelo educativo, porque no se educa a la gente contra su voluntad.

Estos cambios son fruto de su propia reflexión, al darse cuenta de que su violencia les genera pérdidas, ya sea de su libertad, de sus familias, de su paz”. Los hombres se quebrantan cuando están a punto de perder a sus familias, y llegan con el objetivo de recuperarlas, pero no todas las historias han terminado bien.

Algunos se quedan solos, pero siguen asistiendo a las sesiones, porque descubren que el cambio de sus pensamientos, de su discurso, y de sus acciones, les hace bien.



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