Cochabamba, martes 13 de noviembre de 2018

Contra la neutralidad periodística

Una versión de este texto fue leída en la presentación en Cochabamba del libro Tengo otros sueños. Seis historias de vida y luchas de mujeres bolivianas, de la periodista paceña Karen Gil. La actividad tuvo lugar el jueves 6, en la librería laLibre, donde el volumen de crónicas (publicado por Plural Editores) está a la venta.
| Santiago Espinoza A. | 09 sep 2018



Quiero agradecer a Karen Gil, por la invitación para comentar este su primer libro. No quisiera creer que me ha invitado porque soy el único periodista cochabambino que conoce, pero, aun si ese fuera el caso, no se lo recriminaría y lo agradecería igualmente.

Recuerdo que hace un par de años le pregunté, con una no tan sana envidia, cómo había hecho para ganarse la Beca del Carey Institut for Global Good para hacer una residencia de escritura en Nueva York, que le permitió trabajar este proyecto titulado Tengo otros sueños. Así que fue para mí una muy feliz sorpresa toparme en la pasada Feria del Libro de La Paz con este volumen publicado por Plural Editores, que ahora se presenta en Cochabamba.

Mientras leía el libro, me acordé de que cuando Karen me habló del proyecto, seguramente aún algo picado por la legendaria envidia cochabambina, no conseguí vislumbrarlo como un tomo unitario, sino, más bien, como una colección de historias sobre mujeres bolivianas. Debo decir que su lectura me ha librado de sobra de ese prejuicio.

Porque Tengo otros sueños es, en efecto, una colección de, lo resume bien el subtítulo del libro, “Seis historias de vida y luchas de mujeres bolivianas”, pero que, lejos de sumar relatos inconexos hasta alcanzar la extensión suficiente para que la publicación parezca un libro, toma la forma de una obra textil, que se nutre de las piezas que Karen ha sabido tejer y confeccionar, en una urdimbre en la que las narraciones no solo se leen una detrás de otra, sino que se atraviesan y entreveran, vuelven una y otra vez sobre sus surcos, dialogan y se alimentan entre sí hasta componer una gran pieza que puede leerse como una sola a través de sus partes.

¿Cuáles son los hilos que unen a estas seis historias? De entrada están los que el subtítulo del libro enuncia: las vidas y luchas de mujeres bolivianas. Son cinco historias individuales y una colectiva: la alcaldesa de un municipio rural paceño; una joven madre de origen también rural que busca trabajo en la ciudad; una persona trans nacida como hombre, pero transformada en mujer por decisión propia; una ex-reclusa de una cárcel paceña; una anciana que ha encontrado una nueva vida haciendo atletismo, y un grupo de internas del Centro de Orientación Femenina de Obrajes.

Son, como se ve, relatos de mujeres, en general, de origen humilde, por no decir pobres (con excepción de dos o tres), que han sido o son golpeadas por los vaivenes de un país gobernado por mentalidades y prácticas machistas y patriarcales. Son, dicho de otra manera, personas que han sido y son víctimas de las interminables formas de violencia que se ejercen contra quienes, como ellas, son parias por partida doble, triple, cuádruple, múltiple: mujeres, pobres, indígenas, madres solteras, de orientaciones sexuales diferentes, delincuentes condenadas, presas, jóvenes, ancianas. Ahí está, por ejemplo, Bertha Quispe, indígena aymara, joven (menos de 30 al asumir el cargo), la primera alcaldesa de su municipio (Collana), que sufre el hostigamiento de los hombres y de sus más efectivas cómplices, otras mujeres, que ejercen contra ella eso que se ha dado en llamar violencia política y le impiden cumplir su mandato. Está, también, Eugenia Condori, joven (veinteañera), madre abandonada por el padre de su hija, recién llegada del Altiplano paceño, que aún no domina el español, y que ha escapado de su pueblo, por los prejuicios que pesan contra ella por ser madre soltera, y que busca suerte en El Alto y La Paz, a la pesca de un trabajo cualquiera que les permitan sobrevivir a ella y su wawa. O está, cómo no, Luna Sharlotte Humérez, que nació hombre y con el nombre de Rudy, pero que con el tiempo eligió ser mujer, no sin luchar contra los prejuicios y otras formas de violencia, hasta ser reconocida como la primera mujer trans de El Alto y la primera del país en casarse al amparo de una normativa luego truncada… Sin embargo, sería injusto reducir a las mujeres de estas historias en víctimas de la violencia. Porque, en rigor, son mujeres que, aunque han sido objeto de y siguen dando lucha a las violencias de su entorno, han resuelto dejar de ser víctimas, pelear contra esas violencias y sus cultores, y no dejar de perseguir eso que ellas y Karen cifran como “sueños”.

Así vistas las cosas, se entenderá que para un hombre promedio como el suscrito, (de)formado en una sociedad machista como la nuestra, un lastre del que aún intenta –no siempre con éxito- despojarse, la lectura de este libro funciona como un baldazo de agua fría tras otro, que lo sume en un estado no de indignación, un sentimiento que hoy me parece tan banalizado, sino de algo más parecido a la vergüenza propia y ajena o, si se quiere, al de saberse desnudo y sin capacidad de ofrecer una respuesta valedera a eso que, sin estridencias, denuncian las mujeres de las historias de Karen.

Más allá de esta cuestión discursiva, encuentro en este libro otros hilos, acaso más formales y técnicos, que me llaman particularmente la atención, probablemente por mi condición profesional. Uno de ellos tiene que ver precisamente con la naturaleza periodística de estas historias, que pertenecen a la vida real y que en algunos casos llegaron a publicarse en versiones preliminares en medios impresos del país. Karen Gil es, pues, periodista, una que si bien trabajó en medios tradicionales, renegó de ellos al cabo de un tiempo, una decisión sabia y envidiable que no todos tenemos las agallas de sostener en el tiempo. Sin embargo, lo periodístico no está en la pertenencia o no de la autora a un medio (de hecho, ella encarna una hipótesis que suscribo hace ya tiempo: que mucho del mejor periodismo de la actualidad se hace desde afuera de los medios tradicionales). Lo periodístico está en su dominio de los recursos propios de este oficio: el manejo cabal de datos e información documental para respaldar sus afirmaciones e interpretaciones; la búsqueda del equilibrio en su recreación de las historias que relata; la honestidad a la hora de relacionarse con sus personajes. Y cómo no, lo periodístico se enriquece por la aspiración, resuelta pero no arrogante, de conferirles a los textos un cariz narrativo, tan propio de la crónica, que permite el disfrute literario genuino de los relatos, más allá de su utilidad y fugacidad periodística.

De la relación con sus personajes/fuentes, un asunto peliagudo como pocos para los periodistas, rescato una de las mayores cualidades del trabajo de la autora que, intuyo, se reconoce en alguna medida en sus personajes, porque son mujeres, porque han sufrido violencias, porque se rehúsan a seguir siendo víctimas de ellas y porque tienen otros sueños. Pero, aun cuando se reconoce en sus personajes, Karen no cae en la impostura de hacernos creer que es una más de ellas, o que enfrenta y padece las mismas tragedias cotidianas que ellas. La empatía suya es respetuosa y honesta, para nada paternalista ni condescendiente.

Finalmente, quisiera aludir a un hilo más de este libro-tejido. Y acá, inevitablemente, voy a recurrir a una cita, algo que me había propuesto no hacer. Pasa que el prólogo del libro, escrito por el periodista Juan Carlos Salazar, parece haber agotado algunas de las mejores referencias en torno al oficio periodístico. Desfilan en ese texto las palabras de Mark Twain, Gabriel García Márquez, Ernest Hemingway, Tomás Eloy Martínez, Juan Villoro o John Carlin, todos popes del periodismo, así que queda poco mejor que ofrecer en materia de citas. Sin embargo, vamos a intentarlo. Y no por mero capricho, sino por algo más. A ver si lo consigo.

En una muy bella y lúcida conferencia titulada “Lecciones de Orwell”, en alusión a ese escritor y reportero legendario como pocos, el periodista estadounidense George Packer afirma lo siguiente: “… la escritura neutral suele ser mala escritura. La neutralidad no es necesariamente el objetivo que tendría que tener el periodismo. Cuando no me he volcado en un tema, cuando no he sentido casi nada, cuando he hecho solo un encargo, las palabras han muerto en la página. La neutralidad no es lo mismo que la independencia, la imparcialidad, la honestidad. Esas son las cualidades a las que todo escritor debería aspirar. ¿Puedes ser un periodista y coger una pistola y luchar con una milicia? Creo que sí”.

¿Por qué traigo a colación esta cita? Precisamente, porque creo que uno de los hilos más consistentes de Tengo otros sueños es la abierta y genuina ausencia de neutralidad de las crónicas y, en consecuencia, una consciente toma de posición de su autora. Podría ser una minucia o pasar por demagogia, pero no es el caso. Sin ceder a lo panfletario o al oportunismo ideológico de moda, a los que los personajes y relatos de su libro la exponen, Gil se posiciona firmemente del lado de a quienes protagonizan sus historias, del lado de las vidas y luchas de las mujeres bolivianas que se apropian de sus páginas. No es poco, más aún en estos momentos, en que enfrentamos tentativas de demagogia y de censura que nos piden a los periodistas posicionarnos en los términos más chabacanos posibles: ser de izquierda o de derecha. Libros como el de Karen deberían inducirnos a los periodistas a encarar ese debate de una manera más inteligente que la que nos quiere imponer el poder político en el país. Así pues, convendría enfrentar, sí, la necesidad de tomar posición, pero a contramano y en franca resistencia a ese torpe imperativo binario que nos pide ser periodistas de izquierda o de derecha, como para hacerles el juego a los que, eventualmente, se han apropiado retóricamente del polo izquierdo, por más que su práctica política cotidiana desmienta esa inclinación. Como Karen, los periodistas debemos tomar posición, pero no para hacerle favor alguno al poder, sino para, como ella, parapetarnos firmes del lado de quienes viven y luchan contra las violencias que, desde todas partes y adoptando ropajes de toda laya, ejercen los poderes establecidos.

Periodista – santi.espinoza@gmail.com



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