Cochabamba, jueves 15 de noviembre de 2018

Donde hubo fuego, (solo) cenizas quedan

¿Cuán lejos están los repositorios bolivianos de sufrir una tragedia como la del Museo de Río? Una especialista nacional reflexiona al respecto.
| Tatiana Suarez Patiño | 09 sep 2018



Muchos académicos de gran prestigio y larga trayectoria afirman que el homo erectus logró la domesticación del fuego durante el pleistoceno inferior y medio. Obviamente estos académicos están muy equivocados. Una prueba clara de que no es así se registró el domingo 3 septiembre de 2018, cuando un incendio se comió entero el Museo Nacional de Río de Janeiro. Entonces, a la fecha, puedo afirmar que no hemos domesticado nada.

Hasta el momento en el que escribo esta nota, no he podido terminar de ver ninguno de los vídeos de la catástrofe que se han difundido en redes sociales. No puedo hacerlo, no sin derramarme en pena y llanto. Aguanto los primeros minutos, en los que se escucha como las voraces e incontrolables llamas se levantan desde adentro, furiosas y rojas mordiendo las cubiertas del museo y explotan en ceniza y humo. El cielo se pone en sangre también, y al interior se ve, a través de las ventanas, una ola de lava dorada que pinta las paredes de olvido y destrucción. No puedo ver más después de eso.

El fuego más grande

Pienso inmediatamente que ese es “el fuego más grande que el norte ha visto”, que el sur, el este y el oeste. Estoy segura que ese incendio se vio desde la luna. No porque se trataba de un predio muy grande, solo cuenta con dos manzanos, sino porque alberga más de 200 años como institución, alrededor de 12,000 años de historia repartidos en 20 millones de piezas.

Antes de seguir llorando esta pérdida, quisiera que retomemos unos minutos la idea de la domesticación. Su etimología es muy curiosa, pues tiene dos variantes: como puede venir de domus (casa), también puede venir de domino (amo). En cualquiera de los dos escenarios “el amo quiere al fuego lejos de su casa”, especialmente si su casa es un museo.

En un mundo ideal, los museos deberían estar diseñados para evitar y mitigar incendios, proteger colecciones, rescatar y salvaguardar bienes de gran importancia; tener un plan de emergencias y protocolos de desastre… en teoría debería ser así. Pero, aquí el problema se presenta desde el inicio: este no fue un espacio DI-SE-ÑA-DO para ser museo, sino que, como muchos otros museos en el mundo, fue adaptado a una infraestructura preexistente, sin las exigencias necesarias para conservar acervos culturales.

En el caso del Museo de Río se trata(ba) de un palacio de principios de siglo XIX, al que este año le asignaron tan solo 60 mil dólares. ¿Cómo mantienes una infraestructura con ese nimio presupuesto, que, además, debe invertirse en conservar las colecciones y pagar al personal?

A principios del 2018, este repositorio, con la quinta colección más importante del mundo en historia natural y antropología, tuvo que realizar una colecta virtual y recaudar fondos para restaurar un pedestal de madera que sufrió un ataque de termitas y era el que sostenía al esqueleto del Maxakalisaurus, con sus doce metros de altura. A todo esto le sumamos que el 2105 el museo estuvo cerrado una temporada por falta de recursos y no nos tendría que sorprender que haya sido un cable pelado el que ocasionó la tragedia del sábado.

Lo más doloroso es que estas circunstancias para un museo no son hechos aislados, son un fenómeno recurrente en Latinoamérica. Esto mismo sucede en mi país y seguro que también en otros lugares. Esta negligente desgracia podría pasarle a cualquiera de nosotros.

¿En casa cómo estamos?

En Bolivia también tenemos museos que funcionan en casas coloniales o republicanas que fueron pensadas para habitar y no para para exhibir, conservar y estudiar bienes culturales. Estos museos tampoco cuentan con un presupuesto a la medida de sus necesidades y sufren recortes todo el tiempo. Al mismo tiempo, muy pocos tienen un centro de conservación y restauración, y si lo tienen, solo tienen restauradores para las colecciones, no un conservador para el inmueble.

Busqué noticias que hablen sobre simulacros de incendios o inundaciones que se hayan realizado en museos bolivianos. No encontré nada. Tampoco publicaciones al respecto, ni manuales, ni protocolos, ni políticas públicas que garanticen la seguridad de estos espacios. Me pregunto si una luz, como la de un terrible incendio, podría iluminar este panorama.

¿Tenemos que esperar a que una tragedia de estas dimensiones nos tenga que ocurrir para recién empezar a diseñar planes de conservación preventiva y mitigación de riesgos? ¿Acaso solo se puede construir sobre las cenizas del ayer? ¿Debemos aguardar que no quede piedra sobre piedra para comenzar a prevenir los riesgos?

A diferencia de la restauración, la conservación preventiva resulta increíblemente accesible. Prever siempre resultará más barato que lamentar y con un poco de asesoramiento todos los desastres se pueden evitar. La mayor parte de los museos, archivos, y bibliotecas carecen de un plan de conservación preventiva. De manera simple, para comenzar, dicho plan debería contener la siguiente información:

-Rutas de evacuación.

-Mecanismos de protección de las obras.

-Protocolos de cuarentena.

-Plan de mitigación de riesgos.

-Sistemas de alarmas.

Un gran incendio, un gran tropiezo para la humanidad

Como decía, la domesticación del fuego en nuestras sociedades modernas incumbe a los encendedores y a las alarmas. Hemos logrado poner el fuego de Prometeo en un mechero de bolsillo y gozamos de haber diseñado dispositivos que se activan si detectan humo y nos avisan que algo no está bien. Resulta paradójico que hayamos alcanzado este nivel de tecnología para que se diga que en el Museo de Río la alarma no se activó. ¡Qué tropiezo como especie!

La pérdida nos hace sentir lo que bien dijo Gastón Sosa: “mi tiempo es un montón de necesidad”. La pérdida nos conflictúa, nos obliga a enfrentar nuestra profunda falta de todo, toca nuestras carencias como humanos. Somos seres de carencias. Ese museo, el de Río, llenaba gran parte de toda la memoria que nos faltaba, sus colecciones eran las respuestas a las mil dudas que flanquean nuestro origen y en cada pieza podían llenarse universos de posibilidades para enfrentar el vacío. Hemos perdido tanto.

Este incendio no solo nos ha dañado culturalmente, sino también como especie. Deberíamos replantearnos qué es aquello que hemos domesticado y que nos ha conquistado a nosotros. Este es momento de pensar si tanto “salto evolutivo” tiene una dirección o todo es un gran accidente del contexto. A estas alturas de la vida, ¿podríamos decir que conservamos la cultura o somos una amenaza para ella?

Conservadora y restauradora - restauraciones.supay@gmail.com





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