Cochabamba, miércoles 26 de septiembre de 2018

Poder y magia del lenguaje

| Diego Maldonado Vallejos Psicología tabris.gigico@hotmail.com | 09 sep 2018



Días atrás, leí un escrito de Muriel Rukeyser, poetisa estadounidense, en el que afirmaba: “El universo está hecho de historias, no de átomos”. Confieso haber quedado fascinado por esa sutil referencia dirigida al lenguaje. Es admirable la influencia que este ejerce sobre la constitución del ser humano y de las distintas dimensiones de la personalidad. Tiene una función, a falta de mejor adjetivo, increíble.

Distintas escuelas psicológicas

hacen énfasis en la relación del

lenguaje (la palabra) con los procesos cognitivos y conductuales del ser humano.

Particularmente, la corriente psicoanalítica otorga un espacio privilegiado para el estudio de la palabra. Lacan propone que “el inconsciente está estructurado como un lenguaje”; siendo por tanto la palabra protagonista en la cura.

Sin embargo, el lenguaje es mucho más que la suma de significante, significado, signo y símbolo. Más que un sistema estructurado de comunicación, es el testimonio fundamental de la evolución humana. Transmisor de percepciones y conocimiento; de ideales y representaciones; testigo de infinidad de realidades tan complejas y distintas como la misma psique de los seres humanos.

Intentemos entender la magnitud del poder que posee. La aparición del lenguaje y su uso supuso una revolución existencial, que potenció extraordinariamente las capacidades mentales y la inteligencia del hombre.

Su influencia se manifiesta incluso en la dimensión biológica de la persona, pues además de contar con áreas específicas para hablar (área de Broca en el lóbulo frontal) o entender el lenguaje (sector de Wernicke, en el lóbulo temporal), casi toda la corteza cerebral se implica en su ejercicio.

Sin el lenguaje no podríamos pensar en forma abstracta y compleja, ni tampoco la sociedad sería lo que es hoy en día.

El lenguaje estructura las percepciones, los pensamientos y conceptos e ideas que esos pensamientos generan. Nos permite intuir, deducir y predecir. Resulta inconcebible, por tanto, pensar

en una dimensión de la realidad humana que esté exenta de la influencia del lenguaje.

Las palabras evocan experiencias sensoriales, emociones y recuerdos; tienen un significado atribuido por lo experimentado a lo largo de nuestra vida. Paradójicamente, a pesar de compartir el lenguaje, cada persona tiene una forma única de emplearlo para interpretar y experimentar el mundo. ¡Es ahí donde radica la magia del lenguaje!

Las palabras poseen y otorgan vida, están investidas de afecto

y energía que aplicamos tanto para crear como para destruir. Es entendible, entonces, el inmenso abanico de sensaciones (y emociones) que provocan en nosotros determinadas palabras y recuerdos: la sonrisa espontánea al escuchar tu canción favorita; el cariño al rememorar un consejo de mamá; o viajar al sumergirte en la lectura de un buen libro.

Justicia, dignidad, lealtad, amor... Indudablemente, las palabras tienen poder; y gracias a eso, el lenguaje ha determinado nuestra interpretación de la existencia misma,

para poder entenderla, moldearla, transformarla y disfrutarla.

NOTA: Para cualquier consulta

o comentario, contactarse con Claudia Méndez del Carpio,

responsable de la columna, al

correo claudiamen@hotmail.com

o al teléfono/whatsApp 62620609

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