Cochabamba, jueves 15 de noviembre de 2018

La lucha casi perdida contra las drogas en un “picadero”

Ciudad Juárez tiene 60 lugares para los consumidores de heroína, cocaína y otros. Algunos que lograron superar la adicción ayudan a sus compañeros a evitar enfermedades.
MARTI QUINTANA/MÉXICO EFE | | 23 agos 2018

EFE

Tristeza y cuerpos marcados, jeringas y dosis. La vida en un picadero (sitio apartado donde se drogan) de la fronteriza Ciudad Juárez, en el norte mexicano, es un remolino de dolor y heridas abiertas, una batalla casi perdida contra las drogas.

Brenda es enfermera, está embarazada de 34 semanas y fue adicta a los opiáceos. Junto a su esposo Irvin lucha por el bien de sus hijos y su propia salud en Ciudad Juárez.

"Yo me tiro (me inyecto) en la ingle porque ya no tengo venas. Son años consumiendo y ya se me acabaron", explica a EFE Adán, de 39 años.

Adán vive en una colonia (barrio) de la periferia de esta ciudad de 1.5 millones de habitantes, acompañado de varios miembros de su familia, incluso niños. En un cuarto de la casa, él y otros consumidores toman a diario drogas inyectadas como la heroína.

Extremadamente flaco, tiene los dientes desgastados y un absceso enorme en una de las piernas, fruto de una mala inyección.

Pero también la mente despejada y el hablar tranquilo. Él es el encargado de este picadero, al que la organización no gubernamental Programa Compañeros acude semanalmente. En México picar es sinónimo de inyectar, “de picarse la carne con el vicio”.

"Compañeros nos ayuda en muchas cosas, en cómo prevenir el sida y la tuberculosis, y ya tienen tiempo", apunta Adán, que recibe de esta entidad fundada en 1986 varios equipos con jeringas nuevas.

Como encargado, Adán cuida e incluso inyecta a los demás usuarios, que durante el día y la noche pasan por el sitio para buscar, además de insumos, un lugar donde consumir alejados de los transeúntes.

A cambio, este hombre que empezó a "agarrar el vicio" de las drogas a los 13 años y es padre de cuatro hijos recibe varias monedas o unas gotas de heroína para su dosis, que completa trabajando de limpiador o pintor.

"No ando de mañoso ni haciendo tonterías, me gano la vida honradamente", cuenta.

En la casa hay cuatro niñas y un niño, que corretean por el patio sin zapatos. "Me preocupa que se vayan a enterrar una jeringa o una aguja", dice María del Rosario, de 48 años y hermana de Adán.

Ella dejó de inyectarse hace 15 años, y aunque de vez en cuando consume cristal, dice estar "limpia" y preocupada por si alguna de sus hijas o nietos cae en la adicción. "El diablo es muy grande y no duerme", advierte.

En Ciudad Juárez, el nivel de consumo sobresale frente al de otros lugares del país. En parte, expertos atribuyen al factor frontera y al narcotráfico la fácil accesibilidad a las drogas, que hacen que muchos sucumban a ellas.

Prevención del VIH SIDA

Compañeros

Desde hace más de tres décadas, Programa Compañeros hace una encomiable labor de reducción de daños en usuarios de drogas inyectables. Atiende unos 2.000 al año, les ofrece servicio médico y visita en sus zonas de consumo.

"Trabajamos en unos 60 picaderos dispersos por toda la ciudad. Algunos son grupos muy reducidos y en otros espacios como en el centro, donde hay mucho trabajo sexual, hay más movimiento", resume a EFE Julián Rojas, coordinador del trabajo en campo de Compañeros y exusuario, como la mayoría de promotores de salud de la ONG.

DOTACIÓN

Además de jeringas, el programa reparte un juego completo. En el caso de las trabajadoras sexuales, una labor a cargo de la promotora Zulema Ramírez, les atenúan los daños del consumo de crack con vitamina C y una boquilla para que no se quemen los labios ni los dedos al usar la pipa. Zulema, de 29 años, empezó a inyectarse de adolescente "por curiosidad" y hoy sus ojos son un pozo de tristeza. Ha perdido a dos de sus parejas.

Pensó dejar las drogas, pero la "malilla" (el síndrome de abstinencia) es demasiado fuerte: "Te da dolor de huesos, estómago, chorrillo, dolor de cabeza, vómitos, y el estado de ánimo cambia mucho", dice.





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