Cochabamba, miércoles 19 de septiembre de 2018

Malditos críticos

| Bartolomé Leal | 19 agos 2018

Una cosa marginal aunque bella de la literatura es que está plagada de casos. Casos en el sentido del trajín policial. Uno de ellos es el del escritor francés, originario de Lituania, Romain Gary, que nació en Vilna como Roman Katsev y escribió también con el seudónimo Émile Ajar. Con eso trampeó. Una vez ganó el prestigioso premio Goncourt como Romain Gary. Se presentó de nuevo y ganó como Émile Ajar, lo cual era prohibido por las reglas. Ajar rechazó el premio causando escándalo, sin decir que él era Gary. Los demás se callaron y se lo dieron igual, para preservar la institucionalidad. Un tupido velo sobre la superchería.

Tiempo después Gary desclasificó todo en un libro titulado Seudo. Se burló. Contó que los mismos críticos que lo había demolido como Romain Gary lo habían alabado como Émile Ajar, incluido uno del programa de TV Apostrophes. Contó también que una dama, crítica respetada, lo había puesto en la nubes por su libro Europe y lo había masacrado en el siguiente. ¿Por qué? El escritor no le había agradecido la reseña favorable del anterior.

Un epígrafe de Henri Michaux sirve a Gary/Ajar para poner el tono en modo polémico: “Quemaduras, mordiscos, desgarros. Perros muerden. Hordas de perros. Olas incesantes de perros. Avalanchas de perros ardientes, impetuosos...”. Esos críticos/perros no entienden o no quieren entender sus esfuerzos por encontrar una identidad: “Apenas se publicó mi primera obra de fabulaciones, se dijo que yo no existía realmente. Que sin duda era una ficción...”. La clave es que, como lo expresa, “yo era capaz de todo para generar literatura”.

Gary/Ajar trata de abrirles los ojos a los críticos o, al menos, señalarles su inepcia basal: “Soy un lingüista innato. Escucho y comprendo incluso el silencio: es una lengua particularmente espantosa y la más fácil de comprender”. Desde chico supo que “la incomprensión está siempre más allá que el conocimiento, más lejos que la genialidad y siempre se queda con la última palabra”. Por eso en el incidente del premio, “me declararon una obra de ficción, una mistificación, una creación colectiva y una farsa”.

El doble autor, “el otro y el mismo” según lo habría puesto Borges, no se detiene a tratar de apaciguar a los canes rabiosos de la crítica, a menudo infectados de xenofobia, ni a los arrogantes barones del establishment literario francés. Afirma, no sin ambigüedad: “Seguí estudios de lingüística para inventar una lengua que me resultara por completo extranjera. Eso me hubiera permitido pensar protegido de las fuentes de angustia y las palabras entrampadas, y de las agresiones interiores y exteriores...”.

Su rebeldía, sea como Romain Gary (Tonton Macoute en el libro Seudo), Émile Ajar o Pavlowitch (el protagonista), en tránsito de manicomio en manicomio y pasando por cárceles y casas de reposo, busca expresarse rompiendo las fronteras mismas del impulso literario: “Podría no escribir ni publicar, porque rechazo el género, pero aún así sería un poema, una confesión de poesía secreta. Habría romanticismo, gesticulación, sensiblería y aspiración: actitudes típicamente literarias. Como modo de expresión y acto de fe, no hay nada más libresco ni peor berrido lírico que negarse a escribir por principio, por dignidad, por objeción de conciencia”.

En Seudo, Gary/Ajar/Pavlowitch, curado de su supuesta locura, unificada su identidad, vendidos los derechos de sus libros con lucro, defendido por Naciones Unidas y las prostitutas en un congreso mundial, declara: “Este es mi último libro”. Tomen, críticos..

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Escritor chileno - bartolome_leal@yahoo.com



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