Cochabamba, viernes 16 de noviembre de 2018

Javier Sinay: Cronista. Argentino. Rojo

Entrevista al periodista ganador del Premio Gabriel García Márquez, quien estuvo de paso por Bolivia en días pasados. Dictó un taller de periodismo narrativo en La Paz y participó en dos actividades de la Feria del Libro de esa ciudad, que concluyó el 12 de este mes. Sinay habla de su percepción sobre el estado del oficio periodístico en una era de declive de los medios tradicionales y de emergencia aún errática de las plataformas digitales.
| Santiago Espinoza A. | 19 agos 2018



Javier Sinay (Buenos Aires, 1980) es cronista, argentino y rojo.

Cronista porque, aunque estudió Comunicación, desde joven hizo carrera en el periodismo, aun sin saber que venía de una larga tradición familiar de periodistas (de su bisabuelo a su tío). Con poco más de 20 años se propuso leer solo literatura de no ficción, además de escribirla. Fue editor de la edición argentina de la revista Rolling Stone y es autor de los libros de crónica Los crímenes de Moisés Ville. Una historia de gauchos y judíos y Sangre joven: Matar y morir antes de la adultez. En 2015 fue acreedor del Premio Gabriel García Márquez, acaso el más prestigioso del periodismo en español, que le entregó la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), por el texto “Rápido. Furioso. Muerto”.

Argentino porque, aunque la tierra de sus ancestros se halla en lo que hoy es Bielorrusia, él nació en Buenos Aires, donde ha vivido la mayor parte de su vida y ha hecho el grueso de su carrera. En la capital del vecino país estudió Comunicación. Ha escrito para algunos de sus principales medios impresos: Rolling Stone, La Nación, Clarín, Ñ, Crítica de la Argentina, más allá de que sus sus textos han aparecido también en publicaciones de otras latitudes (como Gatopardo, Etiqueta Negra, Letras Libres). Y, aunque por un tiempo recorrió Europa hasta llegar a Japón para encontrarse con su novia, hoy vive y trabaja nuevamente en Argentina, donde es cronista y editor del medio digital RedAcción.

Rojo no porque sea comunista -aunque tampoco tenemos certidumbre de que no lo sea-, sino porque Sinay se ha especializado, aunque no solo, en la cobertura y narración de historias criminales y judiciales. Sus dos primeros libros se ajustan a ese género y también la crónica por la que mereció el García Márquez, un relato sobre el asesinato de un joven ladrón, tiroteado por un policía en La Plata, y sus ecos judiciales y sociales. No en vano, a su paso por La Paz, adonde llegó la segunda semana de este mes (invitado por la Asociación de Periodistas de esa ciudad, la Fundación Konrad-Adenauer y su Cámara Departamental del Libro) para dictar un taller a periodistas nacionales y participar en dos conversatorios de su Feria del Libro (FIL), le preguntaron cómo abordaría periodísticamente el extravío/robo de la medalla presidencial, en un prostíbulo de El Alto, un hecho de evidentes resonancias policiales. No sin ceder a la risa, contestó que él se ocuparía de indagar en la historia del símbolo patrio y en la de los ladrones que la sustrajeron, habida cuenta el desafortunado desenlace de su tropelía. Del exteniente que dejó la pieza legada por Bolívar para hacer pieza con dos trabajadoras sexuales en El Alto, aclaró, no haría más que contar lo más llanamente posible su rocambolesco periplo, sin cargar las tintas, en vista de que su historia es de por sí ridícula y vergonzante. “No haría leña del árbol caído”, sentenció en torno al edecán afecto a los burdeles, en uno de los conversatorios en los que participó en la FIL paceña. Por lo demás, de Bolivia, más que ideas para una potencial crónica roja sobre la medalla presidencial, se llevó la amistad algunos colegas, revistas y libros de crónica (de Alex Ayala y dos antologías de El Cuervo y Sobras Selectas).

De esta triple condición, cronista, argentino y rojo, dialogó Javier Sinay unos minutos después de su charla de despedida en la Feria del Libro. Aunque, en rigor, habló no tanto de él, como del periodismo y de la crónica, su estado y perspectivas. A Argentina aludió para contar las experiencias periodísticas en que ha estado y está involucrado. Y de rojo se pintó finalmente para valorar el estado actual del periodismo policial y las historias humanas que involucran, esas que aún lo siguen llamando y seduciendo.

-Tu carrera se hizo más internacionalmente conocida tras el Premio Gabriel García Márquez de Periodismo de la FNPI, que ganaste en 2015 por la crónica “Rápido. Furioso. Muerto”, publicada a la edición argentina de la Rolling Stone. Luego de ese momento culminante, ¿qué pasó con tu trayectoria periodística? ¿Te cambió la vida ese premio, que es uno de los más prestigiosos del periodismo en español?

Sí, me cambió muchísimo. Primero, me abrió muchas puertas y me permitió conocer a muchos colegas de la región, que es algo que a mí me gusta mucho, porque considero que el intercambio es muy nutritivo para todos. Además, hablamos el mismo idioma, vivimos en la misma región, tenemos los mismos problemas. Entonces, me parece que los periodistas tenemos que intercambiar información y puntos de vista.

Yo me fui de Rolling Stone un año después del premio y empecé a trabajar en Buenos Aires como corresponsal para el diario El Universal de México. Era corresponsal para el Cono Sur, que básicamente era Argentina y Brasil, porque los otros países los cubría, pero por teléfono. Era un poco triste eso. A Brasil viajé muchas veces. Cubrí el impeachment de Dilma y los Juegos Olímpicos de Río y, por supuesto, hacía notas en Buenos Aires y otras provincias de Argentina. Ese era un trabajo muy bueno, muy interesante, muy variado, y se acabó porque se quedaron sin dinero los mexicanos (risas). En ese momento me dije: ¿qué hago?, ¿me vuelvo a meter en una estructura, en una empresa? Yo me había ido de Rolling, que es del diario La Nación. Si uno quería hacer periodismo en una empresa, estar ahí era el lugar indicado, pero yo me había ido porque, en realidad, no quería esta cosa del ejército de periodistas, del horario, estaba un poco cansado (de eso). Así que decidí que no me iba a meter de nuevo y que iba a ir a visitar a mi novia, que estaba estudiando por un año en Japón.

-De ese viaje hiciste una serie de crónicas que se fueron publicando regularmente…

Exacto. Al principio me dije que no la iba a ir a visitar, porque debía hacer economía de guerra, pero después pensé que, como los mexicanos me pagaban más o menos bien, usaría esos ahorros y haría un gran viaje para visitarla a ella, y en el camino iba a ir vendiendo historias. Obviamente no fue una decisión fácil de tomar. Ahora la cuento y parece todo fácil, una gran aventura, pero en ese momento yo estaba bastante angustiado y la verdad es que dije que lo tenía que decidir de acuerdo a lo que siento, no de acuerdo a lo que pienso, y me parecía que lo mejor era eso.

-¿Cuánto tiempo te tomó el viaje?

Fueron cuatro meses, desde España hasta Japón, país por país.

-Recuerdo haber leído algunos textos, entre ellos alguno en el que narrabas el viaje en el tren transiberiano u otro en el que visitabas la tierra de tus ancestros en Bielorrusia…

Sí, Grodno. Antes de partir firmé contrato con (la editorial) Tusquets para escribir un libro. Entonces, eso también me ayudó a financiar el viaje, porque me pagaron un adelanto. El libro está por salir en noviembre. Se llama Camino al Este. El libro no son las crónicas que publiqué, sino otras crónicas que hice. Yo en realidad me preguntaba qué iba ir a contar. Firmé el contrato para hacer el libro, porque necesitaba el dinero, pero no sabía qué libro tenía que hacer. Podía contar grandes historias en cada lugar, pero no tenían un hilo conductor, más allá de que era yo, mi viaje y demás. Había hecho una lista de 65 historias y en un momento me di cuenta de que tres o cuatro tenían una cosa tangencial, que tocaban el tema del amor o de los vínculos, de la pareja, amor, desamor, compañía, soledad, sexualidad. Y dije que ese era el tema. Si soy yo que estoy yendo a visitar a mi novia, porque la amo, tengo que escribir sobre el amor, pero no desde un punto de visita naif, sino con curiosidad, preguntándome qué es el amor hoy, qué son los vínculos hoy. El libro es eso, tiene dos niveles narrativos: uno es mi viaje y otro es una crónica en cada lugar donde voy parando.

Luego volví del viaje y me metí en RedAcción (redaccion.com.ar), y me metí convencido, porque estaba el exdirector del diario La Nación (Chani Guyot), que es un tipo muy innovador e inteligente, que se había ido de La Nación y había abierto su propio medio, y era una estructura más chica. Ahí sí me dieron ganas de ir. Aparte tiene todo un planteo, que es periodismo con propósito: no queremos hacer periodismo basura, queremos hacer notas que contribuyan a la sociedad.

-¿Qué es lo que haces en RedAcción?

Hago lo de siempre: algunas crónicas y edito también un poco. Me preguntaron si quería ser editor puro y dije que no, que prefería ser cronista y editor, porque en Rolling Stone había hecho notas como “Rápido. Furioso. Muerto”, pero había hecho mucho trabajo de editor y me di cuenta de que lo que más me gusta es estar en la calle o viajando o conociendo gente, haciendo un trabajo más de cronista. Entonces, mi trabajo en RedAcción es buscar historias que hablen de cómo algunos graves problemas sociales pueden tener una solución. Ese es un modelo que empezó en el diario New York Times, que se llama periodismo de soluciones: es contar los grandes problemas sociales, desde la historia de fulano, que intenta resolverlos de alguna manera, o el caso de mengano que inventó un aparatito… Por ejemplo, hay en Argentina un chico que tiene una impresora 3D y que imprime manos y pies ortopédicos para gente que no tiene. Esa es una buena nota. No la hice yo, pero es un buen ejemplo.

-RedAcción es una plataforma básicamente digital, que, sin embargo, publica una edición impresa mensual. En este momento en que los medios se siguen preguntando cómo financiar los emprendimientos periodísticos digitales, ¿cómo se están respondiendo ustedes?

Tenemos unos inversores que nos ayudan para empezar. Después estamos apelando fuertemente a los lectores para que se suscriban y nos apoyen con una cuota muy baja de dinero. Lo que queremos es que la gente pague no por los contenidos, porque los contenidos son libres y están en internet, sino porque apoya nuestro periodismo. Que esta gente diga: “Estamos hartos de leer periodismo chatarra, queremos apoyar a un grupo de 13 periodistas buenos y comprometidos, que son conscientes de que el periodismo es un arma social y que quieren usarla por el bien de la sociedad”. Dicho así, suena muy rimbombante, pero, en realidad, se trata de eso.

-Con solo 13 hacen un medio que está en las antípodas de los mastodontes que tienen decenas o cientos de periodistas y trabajadores…

El modelo de ejército yo no lo quiero, pero un medio así más pequeño creo que está bien.

-En este contexto, ¿cómo ves el futuro del periodismo? ¿Habrá una convivencia entre estos medios con ejércitos de periodistas y los más pequeños, como RedAcción, que serían más de guerrilla?

Lo que creo es que los medios grandes, clásicos, se van a achicar cada vez más. Va a quedar una especie de columna vertebral de editores y un ejército de colaboradores. Por otro lado, creo que cada vez va a haber más medios de tamaño pequeño o mediano, como redaccion.com.ar, de la web, pero buenos, de calidad. De esos en Estados Unidos y México hay muchos. Animal Político es uno de ellos, ahora hay uno nuevo, que es México.Com, y Vice, que ahorra es un gigante, pero empezó con este modelo.

-¿Cómo ves el estado actual y futuro del periodismo narrativo, teniendo en cuenta este nuevo ecosistema digital, en torno al cual se sigue discutiendo sobre si es o no el mejor espacio para publicar y leer textos largos, como los que demandan las crónicas?

Lo que creo es que el género está mejor que antes, porque más gente lo escribe. Como es un género muy libre y muy híbrido, se generan nuevas formas y experimentos, que dan nuevas variedades, nuevos tonos, nuevos estilos. No tiene nada que envidiarle a la literatura de ficción, porque puede usar las mismas herramientas, los mismos recursos. Directamente, cuando la crónica se hace muy bien, es literatura de no ficción y es literatura. Creo también que está moldeándose todavía cuál va a ser su forma en los medios digitales. Algunos publican largos textos, otros los cortan y los complementan con video. No lo sé, pero este año me tocó ser jurado del Premio Gabriel García Márquez y llegaron muchísimas propuestas, y cuando yo lo gané también había muchísimas. Por los menos, los periodistas tenemos mucho interés en la crónica. En Argentina, los libros de no ficción se venden mucho más que los de ficción.

-¿Ese es un fenómeno reciente o tiene larga data?

Creo que viene de la década del 90, porque esa década tuvimos un gobierno con muchos casos de corrupción, el de Carlos Menem, y había mucho periodismo de investigación muy crítico y de muy buena calidad, y se publicaron muchos libros. Desde ese momento hubo un boom de estos libros, que no son todos crónicas, sino donde conviven crónica, periodismo de investigación y ensayo, y se ha mantenido.

-Hablando del tema, ¿crees que el libro es un soporte donde el periodismo narrativo y/o investigativo tiene también condiciones de seguir sobreviviendo y creciendo?

Sin dudas. No creo que no haya espacio en los medios para la crónica. El diario La Nación, de hecho, tiene los domingos dos espacios dedicados a la crónica: uno en su suplemento de cultura, que se llama Ideas, y otro en su revista dominical. Espacio hay, lo que pasa es que no lo pagan de acuerdo al esfuerzo que lleva. Pero, más allá de esta cosa ambigua de los medios, a las editoriales sí les importa, y además, hay muchísimas crónicas de editoriales independientes. Creo que el libro es, por excelencia, el lugar de la crónica.

-¿Cómo ves la situación actual en Latinoamérica de esa especialidad periodística a la que se asocia gran parte de tu trabajo, que es la crónica roja o policial? Pregunto esto a la vista de la irrupción de plataformas digitales dedicadas a la temática, como Cosecha Roja, en Argentina.

En este momento veo que hay un poco menos que hace unos cinco años, cuando había mucha más. No es que haya bajado el crimen (risas). A veces se da la casualidad de que se juntan algunas personas que, de repente, arman una corriente. La nota roja o el policial es un género con muchísimas oportunidades para escribir, porque está hablando de la muerte, de la maldad, de los tabúes, de los agujeros negros de la sociedad y la justicia. Es muy tentador para un periodista escribir alguna nota roja o alguna crónica policial.

-Decías en una de tus charlas en la Feria del Libro de La Paz que a vos te interesan las historias límite, que suelen encarnarse en crónicas rojas. De hecho, tus primeros libros son de historias vinculadas al crimen y la crónica con la que ganaste el García Márquez va del asesinato de un adolescente a manos de un policía y de las pesquisas posteriores. Sin embargo, has participado también en otros tipos de proyectos periodísticos, como Cuba Stone, el libro a seis manos sobre la histórica visita de los Rolling Stones a La Habana, o incluso la publicación de tu viaje a Japón de la que hablaste antes. ¿Cómo caracterizarías las historias periodísticas que te mueven?

Lo que me interesó de la crónica roja, que me sigue interesando ahora, son las historias humanas. Cada persona ha vivido algún momento extraordinario, sea triste, feliz, curioso. Creo que lo que me interesa es entender a la gente que vivió esos momentos, entender un poco más quiénes son los seres humanos a través de ese tipo de historias.

-Apuntabas, en una entrevista que oí de contrabando, que dos de tus autores de referencia son Martín Caparrós y Emmanuel Carrère. ¿Qué encuentras en ellos que resuene en tu propio trabajo?

En realidad, en los dos encuentro lo mismo, que es cómo cruzan una mirada y experiencia personal con un caso, un territorio o una historia ajena. Enhebran muy bien (el hilo personal y el ajeno) y eso para mí es lo más interesante de la crónica: cómo una historia social influye sobre la gente, sobre los individuos.

-Es curioso que ambos autores no son periodistas puros. Caparrós alterna la escritura de relatos periodísticos y de novelas, mientras que Carrère empezó en la ficción, pero se ha consagrado por sus obras de no ficción, con libros que no son de crónica en el sentido más convencional, sino que combinan el ensayo, la historia y otros registros. ¿A vos te interesa solo la obra no ficcional de ambos o también sus ficciones?

No me interesa la ficción y jamás voy a escribir voy a escribir ficción (risas). Es que, de hecho, creo que la literatura de no ficción es literatura y tiene todas las herramientas de una buena novela de ficción. La realidad me parece súper apasionante, rica y vasta. De ahí podemos obtener todo tipo de historia y me fascina buscar historias, encontrarlas, conocer gente. Cuando leo crónicas y libros de no ficción, lo que siento es que estoy aprendiendo más sobre la vida y sobre el mundo.

-Pero, supongo que sí lees literatura de ficción…

No, de ficción, no. O sea, sí leí. Me gusta escribir y aprendí a escribir leyendo literatura de ficción. Leí mucha ficción hasta los 23 años. Leí a los autores del Boom Latinoamericano, mucha novela negra, algunos argentinos contemporáneos y después me propuse leer a cronistas, de ahora y antiguos, estilo John Reed, Roberto Arlt.

-Hablando de cronistas antiguos, aunque no tanto, ¿consideras que Operación Masacre, de Rodolfo Walsh, sigue siendo tan fundamental para el periodismo argentino? ¿Es el punto más alto del periodismo hecho en Argentina?

Sí, supongo que sí, porque es un tipo que cruza una altísima calidad periodística y literaria, y un compromiso con la realidad muy fuerte. Era un tipo muy inteligente, con una capacidad muy fina para leer la realidad. El último de sus textos, “Carta abierta a la Junta Militar”, es un texto político de lectura de la realidad que es muy inteligente.

-Decías que, en el último tiempo, estás trabajando mucho en la conducción de talleres. ¿Qué importancia le das a este modelo de formación, más pequeño, breve, pero intensivo, que viene siendo tan promovido por la FNPI?

Para mí es muy importante, porque el periodismo es un trabajo muy acelerado. Cuando a uno le salen un par de notas, empieza a repetir las fórmulas y puede correr el riesgo de automatizarse y de repetirse hasta el infinito, toda la vida. Los talleres son un momento de parar, tomarse una pausa y pensar. Son muy horizontales los talleres, porque, por más que haya uno que hable y otros que escuchen, en realidad somos todos periodistas y la discusión es entre todos, la conversación sobre el oficio es entre todos y la experiencia de todos es la que enriquece estos espacios. Suele ser muy intuitivo el trabajo del periodista, entonces, detenerse a pensar cómo y por qué lo hacemos resulta en que lo hagamos mejor.

Periodista – santi.espinoza@gmail.com

Perfil

Javier Sinay (Buenos Aires, 1980) es periodista. Publicó los libros Los crímenes de Moisés Ville. Una historia de gauchos y judíos (Tusquets, 2013); y Sangre joven. Matar y morir antes de la adultez (Tusquets, 2009), que mereció el Premio Rodolfo Walsh en la XXIII Semana Negra de Gijón (España), dirigida por Paco Ignacio Taibo II. Además, Las ratas invaden la escena del cuádruple crimen (y otras crónicas) (2016) y un perfil del ex capitán de la Armada Argentina Jorge “Tigre” Acosta, en Los malos (antología editada por Leila Guerriero, 2015). Sus textos han aparecido en diarios y revistas a lo largo de Latinoamérica. En 2015 ganó el Premio Gabriel García Márquez de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) por su nota “Rápido. Furioso. Muerto”, publicada en Rolling Stone (Argentina). Sus textos han aparecido en los diarios La Nación, Clarín y Crítica de la Argentina; y en las revistas Etiqueta Negra, Gatopardo, Letras Libres, Ñ, Orsai y Zona de Obras, entre otras; y lleva adelante el sitio de cultura negra elidentikit.com. Ganó un Premio del Fondo Nacional de las Artes, un Premio TEA y tres Premios Perfil. Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires.



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