Cochabamba, miércoles 12 de diciembre de 2018

Botero, de la identidad pictórica a la marca comercial

La última exposición del aclamado pintor colombiano revela la trayectoria de su proceso creativo. El éxito de su estilo lo llevó al estancamiento y la repetición.
| Caio Ruvenal | 12 agos 2018



El Museo Nacional de Colombia en Bogotá inauguró el pasado 3 de agosto una nueva exposición dedicada al popular artista plástico Fernando Botero. La muestra, llamada “El joven maestro Botero. Obra temprana (1948-1963)”, busca enseñar a los asistentes el momento en el que el pintor, dibujante y escultor colombiano encuentra su particular estilo: el boterismo. Es una característica recurrente que las exposiciones curadas cronológicamente evidencien el proceso de prueba y error del artista hasta el hallazgo de este con un lenguaje e identidad consagratoria.

Hablar de Botero a estas alturas parece innecesario. Después de Frida Kahlo, es el artista plástico latinoamericano más reconocido en el globo. Su obra, como la de ningún otro pintor de la región, ha recorrido todo el mundo, desde Estados Unidos a Singapur, pasando por Israel, España, Francia, Italia o Emiratos Árabes. En su natalicio número 80, distintos países le dedicaron exposiciones de manera simultánea. Es el artista vivo más cotizado de América Latina, todo esto gracias a un estilo fácilmente reconocible. Revisando su obra cronológicamente, es posible identificar que, tras una lucha por encontrar una voz propia, una personalidad en el lenguaje visual, Botero decidió perpetuar su boterismo de manera cómoda y cansina.

De manera general, entiendo el viaje de los artistas para llegar a su identidad pictórica como una serie de pasos. En una primera instancia, se nutre de conocimientos técnicos básicos, ya sea a través de la academia o la práctica; posteriormente, experimenta con elementos primarios como la perspectiva, la fuente de luz, la elección de la paleta cromática o la línea que contornea sus figuras; de manera paralela, busca una temática o conceptos de su interés donde ejecutar esa técnica que va puliendo; finalmente, cuando ya cree tener los conceptos y técnica definida, traslada sus preocupaciones y ejecución a distintos escenarios. Antes de indagar en la figura de Botero, trataré de ejemplificar este proceso en dos artistas, de diferentes épocas y latitudes, que, creo, encontraron su identidad pictórica: el holandés Rembrandt y el cochabambino Gíldaro Antezana.

Escojo estos dos artistas porque, al igual que Botero, encuentran un lenguaje particular, tanto en técnica como concepto, pero son capaces de trasladarlos a otros contextos y circunstancias. En el caso del holandés, en su primera etapa pinta una gran cantidad de retratos, después se apropia de los claroscuros, a través de un claro foco de luz que recae en sus iluminados, en contraparte a la oscuridad imperante en el resto del cuadro, como son los casos de la “Lapidación de San Esteban” (1625) y “La tormenta sobre el Mar de Galilea” (1633). Rembrandt podría haber optado por la continuidad de sus motivos religiosos, pero traslada su concepto de los iluminados a la filosofía en “Aristóteles contemplando el busto de Homero” (1653), donde la oscuridad del cuadro se ve interrumpida por un foco de luz que alumbra el encuentro.

En el caso de Antezana, primero experimenta su trazo en paisajes y naturaleza muerta, ahí encuentra su pincelada gestual, nerviosa y expresiva. Desplaza esta técnica en sus gallos de peleas, donde los humanos toman forman de animales, representando su brutalidad y entorpecimiento. Continúa con el concepto de lo miserable del ser humano en su personaje Cayetano, retratándolo en su pesadumbre y desdicha.

Botero sigue un proceso parecido al de los artistas mencionados. Tras una temprana etapa de práctica, se instala primero en la Real Academia de Arte de San Francisco (Madrid) y después en la Academia de San Marcos (Florencia), donde tiene un encuentro con el Quattrocento italiano. Los historiadores de arte indican que su primera influencia es el tríptico de la “Batalla de San Romano” (1438-1455) de Paolo Ucello. La obra que catapulta a Botero es “La Camera degli Sposi (Homenaje a Mantenga)” (1961), una reinterpretación del mural pintado en el Palacio Ducal a cargo de Andrea Mantegna entre 1465 y 1474, lo que prueba su fijación en el Quattrocento. En este homenaje Botero rechaza todos los principios propuestos por Mantenga: el glamour de los personajes se ve modificado por figuras achatadas, reducidas a sus facciones básicas; el detalle y colorido de las vestimentas, Botero las cambia por unos vestidos y sombreros monocromáticos; una de las figuras sostiene un papel donde se lee “after Mantegna”.

Enmarcado en las vanguardias del siglo XX, que cuestionan y desafían los fundamentos básicos de la academia, Botero busca y encuentra un estilo definido en la primera mitad de la década de los 60, entre un expresionismo figurativo y una abstracción de colores, expresado en su trazo agitado, errático, y en tonalidades fuertes. Sus personajes se ven reducidos en tamaño aludiendo a una especie de enanos que dirigen miradas inquietantes al espectador. Conocedor de su particularidad, reinterpreta a los enanos de Velázquez en su serie de los niños de Vallecas (1962), y retrata a una “Mona Lisa a los 12 años” (1959).

Sin embargo, a partir de 1965, Botero deja de lado su trazo grosero y vehemente, las febriles expresiones y los colores oscuros por una línea redonda y continúa, anatomía básica y expresiones redundantes. Dos obras definen claramente el boterismo, “Adán y Eva” (1968) y “Pareja bailando” (1982). En la pareja del Edén, existe una exageración en el volumen de los cuerpos, dos desnudos que no se detienen en los detalles y una expresividad ingenua en los rostros. Aunque “Pareja bailando” ofrece un poco más de ritmo y movilidad, las figuras sufren la misma deformación volumétrica, y los colores son primarios y básicos. Estas características se repetirán hasta la actualidad. Resulta contradictorio que en su serie sobre Abu Grahib (2005), que trata sobre la violencia y la tortura, sus personajes presenten la misma voluptuosidad entre colores vivos como los rojos y verdes. En “Boterosutra” (2013) las figuras reciben las mismas concepciones anatómicas, el mismo plano frontal, pero en diferentes posiciones. En su serie de “Santas” (2015), parecen ser los mismos personajes de la anterior pero vestidas con ropas de beatas. Este concepto de la desfiguración del volumen es también abordado por artistas como Lucian Freud o Jenny Saville, pero, a diferencia de la timidez de Botero, resaltan detalles provocativos de la carne y ofrecen perspectivas desde los órganos genitales, como son los casos de “Benefits Supervisor Sleeping” (1995)” del primero, y “Matrix” (1999) de la segunda.

El boterismo, como lo conocemos actualmente, era solo un paso en la búsqueda de la identidad pictórica de Botero. La fama, la popularidad y el dinero que le ofreció hicieron que el artista colombiano decidiera repetir cansinamente su estilo, dejar el estilo por la marca registrada.

Periodista - caio.ruvenal.257@gmail.com





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