Cochabamba, martes 21 de agosto de 2018

Dios y el Diablo

| Bartolomé Leal | 05 agos 2018

A propósito de nada, hojeo un libro titulado Breve Historia de Dios. Tal cual, por Pierre Chaunu, un historiador y filósofo francés. Protestante. Publicado en 1992 por una editorial parisina de prestigio. Como el título me provoca dudas, reviso índice, solapa, prólogo, leo en diagonal algunas páginas al azar. Surgen las preguntas. ¿Es una historia de los dioses desde el animismo primitivo, pasando por los diversos politeísmos hasta llegar a los monoteísmos actuales? No. ¿Es una historia de las religiones como producto de la sucesión de culturas en la humanidad? No. ¿Es un recuento de la discusión filosófica, sobre todo desde la Grecia antigua, sobre la existencia y esencia de Dios? No. ¿Es un recuento, finalmente, del invento de Dios por parte de los grupos humanos a través de la historia como forma de cohesión interna, modo de opresión o plataforma bélica? No…

Entonces, ¿qué es este libro? Pues es la historia del Dios de los cristianos según queda contada en el libro llamado Biblia, dictado por Dios a sus exégetas. O sea que esta Breve Historia de Dios, ¿es la historia de Jesús de Nazaret, alias el Cristo, supuesto “hijo de Dios”? No. ¿Qué es entonces? La historia del Dios verdadero, o sea el Dios de los cristianos. Eso nos asegura el autor, un afamado y respetado pensador. Hasta ahí no más llego con el libro, no tengo coraje ni estómago para continuar.

Me voy al otro extremo y saco de mi desordenada biblioteca otro libro, titulado Historia del Diablo, por el profesor Robert Muchembled de la Universidad de París XIII. Publicado en 2000 por un gran sello editorial. Su tema es amplio: las metamorfosis de la figura del Mal entre los siglos XII al XX. Hay una edición en castellano, por el siempre audaz Fondo de Cultura Económica de México. Tiene en la contratapa una puntualización tan buena que no resisto glosarla: “El libro comienza con la aparición de Satán en la escena europea a partir de la Edad Media, bajo la doble forma del terrible soberano luciferino que reina sobre un inmenso ejército demoníaco, y de la bestia inmunda inserta en las entrañas del pecador”.

Dice el autor: “Satanás entra en vigor en una época tardía de la cultura occidental… Sólo alrededor del siglo XII o XIII ocupa un lugar decisivo en las representaciones y en las prácticas, antes de desarrollar una entidad imaginaria terrible y obsesiva a fines de la Edad Media”. No es solo un fenómeno religioso de gran importancia, sino que “traduce el surgimiento de un concepto unificador compartido por el papado y por los grandes reinos”. En otras palabras, “el Diablo impulsa a Europa hacia adelante porque él es la cara oculta de una dinámica prodigiosa, destinada a conjugar los sueños imperiales heredados de la Roma antigua y el vigoroso cristianismo impulsado por el Concilio de Letrán en 1215”.

Difícil tarea definir al Diablo, plantea el autor: “Los propios teólogos experimentan grandes dificultades para unificar el satanismo, entre las lecciones del Antiguo y del Nuevo Testamento y los múltiples legados orientales… Necesitaban unir la historia de la serpiente con la del rebelde, el tirano, el tentador, el seductor concupiscente y el dragón poderoso”. En este marco, Cristo juega un rol fundamental: el “de ser el liberador potencial de la humanidad frente a Satanás”. Constituye un refuerzo poderoso para esta religión, que se consolida entonces bajo la dualidad Dios y el Diablo.

Se pregunta el autor: “¿El Diablo estaría abandonando Occidente a fines del segundo milenio de la era cristiana?”. Este tercero, que casi termina su segunda década, parece ser el de su desaparición o exilio, junto con el eclipse o metamorfosis del Infierno, el reino de Satanás. ¿Se habrán trasladado a la Tierra el Diablo y sus huestes? ¿Vivimos en el Infierno?

Escritor chileno - bartolome_leal@yahoo.com



TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR:

MÁS NOTICIAS DE « RAMONA »:

Opinión en Twitter
Opinión en Facebook
Portada Impresa