Cochabamba, martes 20 de noviembre de 2018

Reencuentro con el cine boliviano

El libro Historia del cine boliviano 1897-2017, coordinado por Carlos Mesa, tiene entre sus autores a Andrés Laguna y Santiago Espinoza, el primero fundador del suplemento RAMONA y el segundo aún editor del mismo.
| Santiago Espinoza A. | 05 agos 2018



La publicación del libro Historia del cine boliviano 1897-2017, editado por Plural, llega en un momento extraño de mi relación con la cinematografía nacional. Pocas veces me he sentido tan desconectado de eso que hemos dado en llamar cine boliviano como me siento en este momento. Tanto es así que hace unos días, cuando unos estudiantes me preguntaron de qué va el más reciente largometraje boliviano estrenado en salas, El río (Juan Pablo Richter), me vi en genuinas apreturas, al no tener una respuesta mínimamente decente. Haca hace no mucho, habría estado en condiciones de contarles la sinopsis del filme y darles algunos pormenores de su producción, de los que me habría enterado luego de entrevistar a su director, una práctica en la que solía ser relativamente estricto cuando de un lanzamiento cinematográfico boliviano se trataba. La cuota burocrática que han traído consigo mis nuevas funciones laborales y la deriva futbolera que ha tomado mi precario oficio de escribiente han acabado alejándome del cine boliviano, al que en otros tiempos solía destinar noticias, entrevistas, críticas y cosas peores.

Por eso no deja de ser una grata noticia que el volumen de marras, coescrito a 10 manos con Carlos Mesa, Pedro Susz, Alfonso Gumucio y Andrés Laguna, se lance justamente ahora, como para superar la distancia que me separa del cine nacional y disipar la extrañeza con que lo vengo viendo en el último tiempo. Historia del cine boliviano 1897-2017 constituye para mí, qué duda cabe, un feliz reencuentro con la tradición y actualidad cinematográficas del país. Y es, también, un feliz reencuentro con la palabra, que ha sido –y espero que siga siendo– mi principal herramienta para intentar aprehender la complejidad del cine boliviano y, cómo no, de lo boliviano en sentido más amplio.

Cuando me embarqué en la confección de El cine de la nación clandestina (2009), el primer libro que escribimos Andrés Laguna y yo, lo hice poco después de dejar de trabajar en un periódico, aprovechando el tiempo que el desempleo me daba. Para el segundo libro, Una cuestión de fe. Historia (y) crítica del cine boliviano (1980-2010), también escrito a cuatro manos con Andrés, ya estaba trabajando de nuevo, aunque en una cosa algo distinta del periodismo. La escritura de Historia del cine boliviano 1897-2017, que contiene una versión actualizada y complementada de los textos que escribimos para el libro Cine boliviano. Historia, directores, películas (2014), fue una iniciativa para la que nos convocó Carlos Mesa y en la que finalmente participé, en gran medida, gracias al empuje de Andrés, a quien algún rato debía agradecerle abiertamente el haberse cargado buena parte del trabajo que se ha volcado sobre este nuevo volumen. Su soporte fue determinante en un momento en que, sin mayor cálculo de daños previo, había vuelto a trabajar en un periódico.

Desde luego, ha sido un honor para mí, que me formé leyendo sus contribuciones historiográficas e intelectuales en torno al cine nacional, trabajar junto a Gumucio, Susz y Mesa en este libro. Y ha sido, como siempre, una experiencia de vida invaluable, que solo puedo agradecer, el volver a trabajar con Andrés Laguna, “Mi socio”. A todos ellos debo reconocer por haberme empujado a este doble reencuentro, con la cinematografía boliviana y con la palabra, que ahora celebro.

Periodista – santi.espinoza@gmail.com



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