Cochabamba, jueves 13 de diciembre de 2018

¿Por qué escribir una historia del cine boliviano?

A propósito del libro editado por Plural que será presentado el viernes 10 en la Feria del Libro de La Paz.
| Andrés Laguna Tapia | 05 agos 2018



Durante muchos años escribir sobre cine, en especial, sobre cine boliviano, fue para mí una suerte de militancia. Estaba convencido del carácter transformador del llamado séptimo arte. Tanto desde una perspectiva individual, como de una colectiva. Muchas películas cambiaron mi forma de entender el mundo y de vivir la vida. Quería compartir esa experiencia con el resto. Quería que la mayor cantidad de gente posible me acompañe, disfrute, de esa serie de viajes iniciáticos. Hoy soy consciente de que ese gesto era pueril. Pero era genuino. Llamar al pueblo a que vaya a una sala o que compre un DVD pirata, era hacer un llamado a transformar la sociedad, a hacerse cargo de nuestra existencia. Qué ingenuidad.

De todas formas, sigo creyendo que escribir sobre cine boliviano es preguntarse por lo que el boliviano es, por lo que somos, por lo que soy. Eso no tiene nada que ver con un afán nacionalista, de ninguna manera creo en la superioridad de una nación sobre otra(s), así como no creo que nuestra tradición fílmica sea más relevante o más interesante que cualquier otra. Me importa el cine boliviano porque me es próximo, familiar, cercano. En él encuentro referencias a lo que me resulta constituyente, estando consciente de que eso está entrelazado, entretejido, con las fatalidades históricas, políticas y culturales de un territorio geográfico determinado, de un amplio, complejo y múltiple grupo humano que está sometido a un Estado unitario.

Me interesa el cine de este país porque es el que se produce en la sociedad a la que más pertenezco, con la que más me siento identificado, porque los personajes que protagonizan estas películas se me parecen, se parecen a la gente con la que convivo, porque reconozco sus paisajes, porque su forma de hablar me es familiar, porque (re)conozco los olores que no trascienden a la pantalla. Porque, aunque mi experiencia de lo boliviano no sea plena, total, es fundamental para mi vida. Cuando escribo sobre cine boliviano, escribo sobre mí. Pero, paradójicamente, también es escribir sobre lo otro, sobre eso que también me resulta extranjero y ajeno, aunque el Estado y la ley aseguren lo contrario. El cine boliviano también es una experiencia de lo que no soy, de la otredad más radical e interpelante.

Por el estado de constante crisis en el que vivimos, los bolivianos necesitamos reafirmarnos constantemente. Contribuir a la redacción de una historia sobre nuestro cine es una forma de hacerlo. Pero no debemos olvidar que todo estudio, todo ensayo, todo texto, en el intento de incluir, de agrupar, de delimitar, inherentemente excluye. Desde el primer libro que escribimos con Santiago Espinoza hasta este último que se presenta en estos días, se hizo un ejercicio para visibilizar al cine nacional. Pero, al mismo tiempo, invisibilizamos a otro. Muchas películas, realizadores y fenómenos no están en las páginas que borroneamos. Naturalmente, todo trabajo historiográfico “olvida” elementos que para otros pueden ser muy importantes. Eso no es grave. Debería ser una invitación para que otros rescaten lo que nosotros no pudimos o no quisimos ver. Esta Historia del cine boliviano. 1897-2017 es el resultado del trabajo de los autores, pero ante todo de la iniciativa y de la ardua faena de Carlos D. Mesa. Pero, esencialmente, es una compilación y actualización de textos heterogéneos que son más o menos conocidos por los especialistas en el tema. Ahora un mayor número de lectores tendrá acceso a texto de consulta. Lo que es bueno. Pero lo que me parece que es mucho más importante es que la publicación de este volumen provoque la necesidad de escribir y reescribir otras historias del cine nacional, que se una invitación a seguir pensando en lo que somos.

Docente e investigador – andres.laguna@gmail.com



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