Cochabamba, jueves 13 de diciembre de 2018

Rodríguez y Tamayo: de la delicadeza de la forma a la ferocidad del fondo

Sobre un mural del pedagogo, poeta y político hecho por el destacado acuarelista local.
| Caio Ruvenal | 05 agos 2018

Ayar Wari

El pintor cochabambino José Rodríguez enseñó, el pasado martes en la biblioteca de Unifranz, su mural interior dedicado al político, poeta y pedagogo Franz Tamayo. Fue un acontecimiento más en la consumada trayectoria del artista, principal cultor de la acuarela en Cochabamba, responsable de la Primera Bienal Internacional de la Acuarela y quien supo entender mejor la relación de nuestra ciudad con la técnica acuosa, forjada desde el momento en que el pintor, situado en el valle, en busca de (re)producir belleza, se encontró rodeado de espejos de agua irradiadores de luz.

Sin embargo, el medio por el que optó Rodríguez para su última obra fue el acrílico. Tal vez por la adaptabilidad de la técnica a interiores, ofreciendo veladuras y empastes, o quizá porque busca hacerse del dominio total del lenguaje pictórico. De todos modos, no deja sus maneras a la hora de ejecutar su producción visible en las transparencias del cielo que acompaña a la figura de Tamayo, o en la fuente de luz que ilumina desde el plano posterior. Otra característica del mural es el contraste cromático entre los fríos azules de las nubes con los cálidos naranjas/amarillos que anuncian al sol. También se aprecia un trazo delicado y continuo que contornea el rostro quieto de su retratado, a su lado el dinamismo de tres cóndores en pleno vuelo y abajo un fragmento de su poema “Habla Olimpo”: “Mi silencio es más que el mar que canta”.

No es posible la comprensión cabal de una obra pictórica sin entender a sus personajes, en el caso que corresponde, Franz Tamayo. Fue un hombre de carácter férreo y tenaz. Su contemporáneo Óscar Cerruto lo calificó como un ser “de personalidad avasallante”; fue duro y crítico, desde el Parlamento y el periodismo, con los líderes políticos de su época (Bautista Saavedra, Hernando Siles). En su libro Creación de la pedagogía nacional (1910), indica que “la vida toda es lucha sin tregua, lucha de intereses, lucha en todo terreno y en todo género”. En otro pasaje señala que “el nuevo oráculo délfico (lugar de consulta al dios Apolo en Delfos, Grecia) que habrá que grabar sobre la portada de nuestras escuelas, no será el de háganse sabios sino el de háganse fuertes”. Esta proclamación de dureza implacable se vio reflejada también en su acción política cuando, siendo Presidente de la Asamblea Legislativa, propuso la Ley Capital que abogaba por el tiranicidio.

En contraposición a esta ideología recalcitrante, el verso de Tamayo es fino en su vocabulario, delicado líricamente y dulce en su entonación melódica. Poemarios como Prometheida o las oceánides (1917) o Epigramas griegos (1945) están inspirados en el helenismo clásico, cargados de figuras retóricas y rima lírica: “Yo fui el orgullo como se es la cumbre,/ Y fue mi juventud el mar que canta./ ¿No surge el astro ya sobre la cumbre?/ ¿Por qué soy como un mar que ya no canto?/ No rías, Mevio, de mirar la cumbre ni escupas sobre el mar que ya no canta./ Si el rayo fue, no en vano fui la cumbre,/ Y mi silencio es más que el mar que canta”.

No obstante, este engalanamiento de su poesía no cubre la tragedia, pesadumbre, desolación y añoranza de su contenido: “En torres de cristal campanas de oro/ Repicaron el alba de tu muerte./ En estuarios de luz dio el sol su lloro./ No ya en violas de tristeza inerte;/ Labró de lazulitas sus terlices/ Y topacios la pena de perderte”.

El aislamiento del poeta, sus idas y venidas de Europa a Bolivia, la muerte a corta edad de sus dos hijas o su retirada de la vida pública y política por 10 años pueden servir de justificativa a la amargura de su obra. Trasladar la literatura de Tamayo a la pintura de Rodríguez es inevitable. Las formas de Rodríguez son pulcras, sus texturas limpias y su línea es delgada y descriptiva, pero el fondo es crítico y alegórico. “Madre Tierra” (2016), obra que le otorgó una mención honorífica en el Primer Concurso Internacional de Acuarela de Gran Formato en México, es una metáfora sobre la ceguera de la civilización reflejada en una población de hormigas; su serie de gigantes reproduce migrantes dirigiéndose a un horizonte desconocido llevándose consigo sus costumbres, tradiciones y memoria.

En el momento que Rodríguez empieza a trazar el rostro de Tamayo, estos se encuentran, dialogan, y llegan a la conclusión de que la sutileza de la forma refuerza el mensaje. Para Rodríguez, es muy importante el concepto de testimonio, cómo entonces testimoniar a una figura como la de Tamayo. Es un retrato de la última época del intelectual: cabello blanco, facciones marcadas y arrugas resaltadas. De manera ingeniosa, el pintor dispone un claro foco de luz en la parte izquierda de la cabeza, aludiendo a su pensamiento, es el triunfo de la idea sobre el hombre.

Franz Tamayo descansa en el cielo apastelado de los cóndores, su quietud, la profundidad de su mirada, su sobriedad es más que el mar que canta.

Periodista - caio.ruvenal.257@gmail.com



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