Cochabamba, martes 21 de agosto de 2018

Apología de un gusto culposo

Tras su fracaso en formar parte de los círculos culturales por sus gustos musicales, el autor busca defender a uno de sus artistas pop favoritos, a días de su cumpleaños.
| Esteban Améstegui Lavayén | 05 agos 2018

En los últimos años intenté ser parte de los círculos culturales de Cochabamba. Asistí a los eventos del Centro Patiño; fui a distintas tocadas en La Muela, La Tirana y Olé, Na Cunná, Sub Pub, Jazz Stop y Oasis; hice una pasantía en Telartes e incluso trabajé como periodista cultural. Sin embargo, mis gustos musicales nunca me permitieron encajar bien.

No me malinterpreten, tampoco soy un caso perdido. Pasé con facilidad las pruebas básicas: no me gustan Coelho, Arjona ni las sagas juveniles; prefiero las organizaciones horizontales que las verticales; tengo un look desaliñado y me hago al fotógrafo de mes en cuando. Aun así, cuando escuché a Charly García no me pareció que fuese dios (tampoco los Beatles), mi muro de Facebook no tiene frases de Cortázar ni vídeos de Les Luthiers, y lo único que me gusta del Grillo Villegas es la pizza que lleva su nombre.

De todas formas, mi mayor barrera no fueron las cosas que no me gustan, sino las que de verdad disfruto y que no me permitieron ser parte del estereotipo de actor cultural. En sí, los gustos culposos nos definen más que aquellos que buscan idealizarnos o hacernos “más intelectuales”. Nos avergonzamos de ellos y los tratamos de ocultar. Pero, siguen ahí, revelando una faceta más profunda que no nos gusta. Como “actor cultural”, mi gusto culposo es Juanes.

El primer disco que compré fue suyo y desde entonces descubrí una serie de coincidencias que hicieron que me identifique más con él. Por ejemplo, ambos nacimos un 9 de agosto, compartimos el nombre Esteban y tenemos un apellido vasco que comienza con A (Aritzábal – Améstegui). Para complementar el rol que cumple su música en mi vida, cuando su nombre aparece mucho en mis playlists, es un claro síntoma de que estoy enamorado. Por todo esto, ahora me doy la tarea de defender al cantautor colombiano más representativo del pop (¿rock?) latino, a través de un recorrido por su discografía, para concluir con un álbum suyo del cual no me avergüenzo.

Todos conocen a Juanes por el éxito comercial alcanzado con sus discos Un día normal (2002), Mi sangre (2004) y La vida es un ratico… (2007). Los tres álbumes siguen una fórmula sencilla que combina canciones románticas (“Nada valgo sin tu amor”, “Fotografía”, etc.), otras con temáticas sociales (“Odio por amor”, “Bandera de manos”, etc.) y, probablemente su especialidad, temas de despecho (“Mala gente”, “La paga”, “Clase de amor”, etc.).

Estas producciones musicales tienen como protagonista a la balada, con una ligera influencia de ritmos colombianos como el vallenato y la cumbia. Por otra parte, las letras románticas de estos discos son honestas, sencillas y poco empalagosas -si las comparas con las de otros artistas del mismo género-. En cambio, sus canciones de desamor son tajantes y guardan cierto orgullo, algo poco común en un industria musical carente de amor propio.

Los que seguimos su carrera tratamos de olvidar los fracasos de P.A.R.C.E. (2010), Juanes MTV Unplugged (2012) y Loco de amor (2014), en los que vimos a un Juanes alienado pronunciando las tes como gringo, con letras ñoñas y ritmos aburridos. Sin embargo, también celebramos su retorno al pop en el disco Mis planes son amarte (2017), en el que podemos encontrar más de una canción al menos pegajosa (“Fuego”, “Es tarde” y “Hermosa ingrata”). Aun así, su faceta interesante es poco conocida. Hablo de un Juanes más idealista y menos comercial.

El Juanes del que no me avergüenzo

Fíjate bien (2000) es su debut como solista. La grabación se realizó en la capital paisa de Colombia, Medellín. La producción estuvo a cargo de Gustavo Santaolalla -quien colaboró con Charly García y León Gieco, entre muchos otros-. En este álbum, a diferencia de todos los que le siguen, el romance está en un segundo o tercer plano.

Las letras, todas escritas por Juanes, cuestionan los valores de una cultura que todavía sufre una resaca del hedonismo y violencia generada por el narcotráfico (con epicentro en Medellín) y el conflicto entre la guerrilla y los paramilitares. El primer sencillo, que titula igual que el disco, refleja la sensación de abandono y desconfianza del pueblo colombiano tras todo lo ocurrido en la segunda mitad del siglo XX. La musicalidad del álbum está caracterizada por una dualidad entre la guitarra eléctrica y el acordeón, la localidad y globalización que ya comenzaba a dispararse en Latinoamérica. Ambos instrumentos tienen descargas de melancolía y frustración en sus solos.

El Juanes de Fíjate bien es una versión más madura del vocalista de Ekhymosis (su primera banda), un cantautor claro en su mensaje y consolidado en su estilo. Un músico que escribe sobre las vivencias de su pueblo y compone con ritmos de las calles de su ciudad. A pesar de que añoro el regreso de este Juanes, soy consciente que cada vez es menos posible. De todas formas, por más que ahora haga reguetón y salga disfrazado de astronauta en sus videos musicales, seguiré recordando con cariño su debut, respetando sus nuevos proyectos y defendiéndolo.

Periodista - estebanamestegui@gmail.com



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