Cochabamba, martes 21 de agosto de 2018

Michael Haneke: siempre mal rollo

El suicidio anda suelto por ahí. Lo practican o lo desean, en el último drama del cineasta austriaco, una mujer harta de engaños y un anciano que suplica la eutanasia.
| Carlos Boyero El País | 22 jul 2018



Ser testigo del áspero universo de ese temible artista (lo es, aunque te resulta desagradable y cargante) llamado Michael Haneke supone una experiencia tan grata como ir al dentista. Lo pasas fatal, anhelas que se acabe el tormento e, inevitablemente, quedará grabado en tu memoria. Pero tendrás que regresar dentro de un tiempo a ese sufrimiento que hurga en tus zonas más delicadas. Y siendo permanentemente un territorio cenagoso, subterráneo o transparentemente sórdido y violento, sádico y masoquista, repleto de enigmas con aura tenebrosa, con elipsis que te provocan miedo y angustia, reflexiones sutiles aunque demoledoras sobre el mundo que nos ha tocado vivir, en ocasiones me perturba duraderamente y en otras solo siento rechazo.

Me impresiona la genética maldad y la crueldad gratuita de esos jóvenes que torturan con arrobo a desconocidos y los asesinan con indiferencia en Funny Games, la tragedia del matrimonio anciano en Amor, la oculta barbarie que practican adultos y niños sobre los más débiles en La cinta blanca, el misterio de esas anónimas y amenazantes cintas de vídeo que recibe el desquiciado protagonista de Caché. Esas flores del mal dan miedo pero también fascinan. Sin embargo, aunque sea identificable la geografía emocional y las eternas obsesiones de Haneke me aburren o me irritan Código desconocido, La pianista y El tiempo del lobo.

La afición al sarcasmo del austriaco oscuro hace que titule su última película Happy End. No hay finales felices en su cine, ni comienzos, ni intermedios. La estrenó en el Festival de Cannes de 2017 y provocó el desencanto incluso de los eternos adictos a su obra. Contaban que con el talento ofuscado, Haneke se repetía a sí mismo. La vi y escuché con cierto tedio y el excesivo cansancio que se acumula en los festivales. Y como tantas veces, la reviso en Madrid, solito en la sala, por la mañana, lo ideal para empezar el día con esperanza, con su mundo tenebroso.

Y me provoca cierta alarma. Los personajes, pertenecientes a una familia de vieja alcurnia en la ciudad de Calais, no atraviesan su mejor momento. Jóvenes, adultos y viejos arrastran traumas, se mienten, se comunican y se espían obsesivamente a través de esas cosas tan abusivas (y marcianas para mí) llamadas smartphones, ordenadores, vídeos y demás prodigios tecnológicos. El suicidio anda suelto por ahí. Lo practican o lo desean una mujer harta de engaños, un anciano que suplica la eutanasia, o que alguien haga el favor de matarle, o que le proporcionen los medios para largarse por sí mismo.

No me siento conmovido por el sentimiento de muerte de gente que no me inspira ninguna simpatía. Pero cómo no sentir piedad cuando ese sentimiento autodestructivo, sufriente y hastiado se instala en una niña. No logro sacar de mi cabeza a esa silenciosa cría. Mérito del inquietante y despiadado Haneke.

Crítico de cine



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