Cochabamba, lunes 22 de octubre de 2018

Michael Haneke, el gélido cirujano de la sociedad

Luego de un tibio recibimiento por parte de la crítica y la audiencia en su estreno en el Festival de Cannes 2017, el último filme del laureado cineasta retorna a las salas de algunos países europeos. Nos servimos de este reestreno de Happy End para hablar de la película en la que el director austriaco, ganador de dos Palmas de Oro, insiste en la incomunicación contemporánea
| Gregorio Belinchón El País | 22 jul 2018



A Michael Haneke (Múnich, 1942) le ha perseguido durante años la tupida sombra de la frialdad, de la distancia emocional que también defendía en su cine Ingmar Bergman. “Es un gran director. Aunque no sé, no veo el paralelismo. Si usted lo cree así...”, responde el austriaco. Es complicado entrevistar al austriaco, ganador de dos Palmas de Oro por La cinta blanca y Amor, y del Oscar por esta última, creador de obras implacables, gélidas, dolorosas. En persona el director ríe, hace bromas, pero no le gusta hablar de sus películas. “En el cine actual se tiende a explicar todo, en pantalla y fuera de ella. Eso me aburre”, asegura ante un grupo de cinco periodistas europeos en el festival de Cannes, donde se presentó Happy End. La esgrima dialéctica la acabará ganando Haneke, aunque por el camino deje algunas migas de información.

Haneke habla inglés y francés, pero se niega a usarlos ante la prensa. “Entiéndame, quiero ser puntilloso con mis palabras, déjenme usar mi alemán materno”. Acabará explicándose también en francés. Hijo de un actor alemán y una actriz austriaca, no vio mucho a su padre durante su infancia y adolescencia, aunque acabó dirigiéndole en una obra teatral. En el libro Haneke por Haneke (Editorial El Mono Libre), de reciente publicación, cuenta que empezó en el teatro por casualidad: “Monté mi primera obra gracias a mi novia de entonces. Era actriz, se quejaba de las indicaciones de su director de escena; le propuse ayudarla a preparar las obras, se negó porque yo solo era un aficionado, e insistí hasta que acabó haciéndome caso”. Durante lustros, Haneke disfrutó mucho compaginando teatro y televisión, y no sintió la necesidad de saltar al cine. “Yo no quería volverme loco buscando financiación. Soy austriaco, y si hago ahora películas grandes es porque la mayor parte del dinero de mis presupuestos entra desde Francia... y porque la Quincena de Realizadores estrenó mi primer largo, El séptimo continente, en 1989. Tuve suerte: buscaban filmes austriacos y yo estaba allí”, rememora ante la prensa. “Pero por favor, no me pregunten más por mi biografía. Cuando yo veo una película no me interesa la vida del director; y en mi caso tal vez el único tema fílmico relacionado con mis experiencias sea el temor y el rechazo con la violencia”.

Haneke miente. Y lo reconoce. En Happy End indaga en otra de sus reflexiones favoritas: su desconfianza ante las formas tecnológicas de comunicación y las redes sociales. Las pantallas han aparecido desde su segundo filme, El vídeo de Benny (1992), como un elemento disruptor. También las grabaciones audiovisuales. “En Happy End los planos en el móvil y en el ordenador atraen la atención porque son importantes para la narración. Pero no me pida comentarlos”. La película arranca con una adolescente grabando con su iPhone a su madre. “La historia de Eve, esa adolescente, ya estaba en el guion de Flashmob, mi proyecto frustrado precedente. Leí en un periódico un artículo sobre una chica que había envenenado a su madre y que contó el proceso en Internet”, recuerda. Cuesta mucho imaginarse a Haneke, con su aspecto de estricto pastor luterano, en Facebook y Twitter. “No tengo redes sociales, pero sé de lo que hablo. Me creé una cuenta para investigar sobre ellas. Por culpa o gracias a Internet creemos tener acceso a todo y saberlo todo. Somos adictos al placer. Al falso placer del consumo, de la comunicación inmediata. Ya nadie encara el dolor, lo negativo. Cierto, es un tema recurrente en mi carrera”.

Happy End retrata a una familia de la alta burguesía en Calais. Siguen con su vida, con sus disquisiciones morales y cuitas financieras en mitad de una acuciante crisis migratoria. “La actualidad es terrible. La película va sobre nosotros, sobre nuestra ceguera, sobre nuestro autismo social. Era imposible para mí hacer un trabajo sobre la inmigración, porque no soy experto en el tema. Pero vivo en el mundo, leo lo que ocurre, aprendo de lo que me rodea. Como artistas, es de eso de lo que debemos hablar”. Aunque ahí se permite una broma: “Llevo 20 años haciendo películas de Claude Chabrol”. Vuelve al francés y a los migrantes: “Son el espejo que confirma mi impresión de que solo pensamos en nosotros mismos. De ahí el título de la película, que aparece en una frase al inicio. En Europa occidental vivimos una existencia absolutamente privilegiada... ¿y ahora queremos explicarles a otros seres humanos que no pueden tener acceso a nuestras comodidades?”.

¿De verdad cree que un artista debe centrarse en lo que le rodea? “Al menos tenerlo en cuenta, lidiar con la responsabilidad de reflejarlo. Tengo un sentimiento algo romántico de cómo debe de manejarse un creador. Otra cosa es si los grandes artistas son buenas personas. En realidad, la mayoría eran gilipollas. Podrían verlo al revés: el arte nace de amargados. El ser humano es un animal débil, por eso admiro a quienes se sacrifican en pos de unos ideales beneficiosos para la sociedad”. Y sonríe. De forma enigmática, pero sonríe.

Periodista de cine



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